Punto de Encuentro

La verdadera transición

 

Algunos estudiosos locales de las ciencias sociales y alguno extranjero también -Levitsky- han opinado con desmedido entusiasmo acerca del espectro electoral "paniaguista", en referencia a aquel sector que reivindica el periodo de tiempo que gobernó Valentín Paniagua y los valores y reformas que representó. El ya fallecido ex Presidente en cuestión fue electo Presidente del Congreso al desplomarse el fujimorismo  por las evidencias fílmicas de corrupción y al quedar descabezado el Ejecutivo asumió constitucionalmente la primera magistratura del Estado. Hoy algunos proyectos políticos que buscan inscribirse reivindican también al paniaguismo. Recuerdo que cuando le pregunté hace algunos años a Mirko Lauer cual había sido el mejor Gobierno que recordaba me respondió que fue la administración de Paniagua. Ha quedado pues flotando la idea de este periodo como una gran transición hacia la Democracia y la consolidación de los valores republicanos en el Perú. Una mirada crítica nos demuestra que hemos vivido un proceso más importante y fundamental para el país en el 78-79 y que más bien ha sido sobre dimensionada la gestión que sucedió a Fujimori y precedió a Alejandro Toledo.

Creo que la cercanía en el tiempo y las afinidades ideológicas de muchos de los convocados en el año 2000 ha cargado de más atributos de los que tuvo a esta transición y más bien ha dejado intencionalmente en la congeladora las impresionantes reformas y valores que se desprenden del proceso de la Constituyente de 1978, encabezado por Haya de la Torre. Paniagua fue sin duda un demócrata y un hombre honesto, pero al comparar su ejercicio gubernamental con los conceptos de la verdadera transición, la hayista, vemos que hay una abismal diferencia.

Primero porque VPC sólo estuvo al frente del Estado escasos nueve meses en los que lo único que se hizo fue convocar a las elecciones de 2001 y no impulsó ninguna idea fundamental ni ninguna reforma estructural. A diferencia de la Constituyente del 78 que buscaba una transición que sobreviniera bajo un nuevo marco constitucional, que de alguna forma dejara preparado al país para entrar al siglo XXI, 20 años antes.

En segundo lugar porque el paniaguismo quiso construir el futuro partiendo de la exclusión del Fujimorismo de la vida política de los siguientes años, en un error grave puesto que aquello les ha dado cohesión y ha permitido años después a Keiko Fujimori organizar su corriente con algún ingrediente de victimización en su narrativa. El entorno de izquierda oligárquica que rodeó al Gobierno de transición del 2000 fue el que empujó entusiastamente esto. Todo aquello muy distinto a lo que ocurrió 22 años antes, en donde existió una auténtica transición basada fundamentalmente en la concertación, el diálogo y la participación de todos. En esa línea la Asamblea Constituyente del 78, que diera a luz a la Carta Magna del 79 reunió a todas las tendencias políticas de aquel entonces -excepto al Belaundismo que prefirió la táctica al interés general de la patria- , es decir el aprismo, el social-cristianismo,  las izquierdas de todo pelaje y agrupaciones menores como los moribundos seguidores de Manuel A. Odría y los representantes del régimen militar, que apenas eran 2 o 3, pero que estuvieron presentes. Esto es clave puesto que un nuevo impulso republicano requiere amplitud y no revanchismo pasional.

En tercer lugar porque los procesos sociales eran distintos y los que había que enfrentar eran muy complejos en el 78; en el mismo hablábamos no sólo de 12 años de dictadura militar que acuñó conceptos y un programa más elaborado que todo lo que pudiera significar el Fujimorato y además porque venía de cambiar la configuración de la propiedad en una reforma agraria mal llevada, pero reforma al fin y al cabo. El reto de la Contituyente del 78 era el de institucionalizar las reformas sin volver al pasado y en un marco que le agregue libertades públicas para el futuro. El reto del paniaguismo fue la de llevar a cabo una elección en el 2001, una enorme diferencia.

Desde lo estrictamente legal el legado de la Constituyente del 78 fue el de introducir el Tribunal de Garantías para salvaguardar los derechos reconocidos en la Carta Magna, cosa novedosisima en el Perú. La transición paniaguista es más bien recordada por su polémica flexibilidad en la excarcelación de acusados por terrorismo. Una cosa es respetar el debido proceso para todos los ciudadanos y otra actuar con ingenuidad. El marco normativo fue muy endeble para estos temas y nos dio como resultado hoy que gente de la primera línea de Sendero Luminoso como Martha Huatay salga luego de 25 años, cuando lo lógico era que cumpla cadena perpetua.

Un tema adicional es que asistimos en El 78 a la conjunción de experiencia y juventud en la Constituyente, figuras icónicas de la politica como Haya de la Torre, Bedoya Reyes, Jorge Del Prado, Luis Alberto Sánchez compartían escaños con jóvenes valores como Alan García, Javier Díez Canseco, entre otros. En cambio la transición paniaguista nos legó una etapa que -salvo el Gobierno del APRA de 2006-2011- bien puede catalogarse como "La Republica tecnocrática", en donde los técnicos y los aventureros son más escuchados y valorados por los medios que los cuadros políticos formados.

Finalmente debemos precisar que la transición auténtica que planteó un nuevo Estado, más social, contó con un claro apoyo de masas, puesto que el movimiento popular estaba activo y presente en la Asamblea a través del aprismo y -hay que decirlo - también de las distintas izquierdas marxistas presentes. Esa es una deuda del paniaguismo, la cual es una transición electoral, fría, sin pueblo participando y que no optó por ninguna medida popular. Por ello es importante distinguir entre esta transición, que fue necesaria pero a la vez endeble y el movimiento popular de resistencia a Fujimori que encarnaron Alejandro Toledo -al que luego traicionó con sus corruptelas- y los partidos políticos democráticos, con una clara, decidida y protagónica participación del aprismo desde la institucionalidad partidaria, también a través del Foro Democrático y desde  el mundo sindical con la labor combativa de la CTP.

La verdadera transición es esta y no debe ser invisibilidad por las pasiones y las anteojeras ideológicas de algunos. El 2019 cumpliría 40 años y no tendría nada que envidiarle a famosas y grandes transiciones históricas a nivel mundial como la española. Sobre esos valores debemos articular la propuesta de una segunda etapa republicana.