Punto de Encuentro

Políticos y no aventureros.

En las últimas décadas los Partidos Políticos han sufrido dos grandes episodios de ataque desde el poder: el primero el Velascato, una dictadura militar que, bajo la tesis del ex aprista Carlos Delgado de la “eliminación de los intermediarios” pretendía con la fuerza y su SINAMOS desaparecer del escenario a las organizaciones partidarias que apostaban por representar e intermediar intereses para acceder al poder desde la vía de las elecciones. Fueron 12 años en total en los que se les apartó de dicha posibilidad y en gran medida en ese tiempo alentando una campaña acerca de la presunta ineficiencia y compromisos poco claros con la oligarquía de parte de la clase política, en ese entonces representada por el APRA, las izquierdas, Acción Popular y el PPC. Curiosamente –si bien es cierto con los militares se realizaron grandes transformaciones como la agraria- en términos económicos la realidad nacional más bien nos indicaba que la administración de Velasco y la cúpula castrense que lo acompañó fue muy mala y dejó endeudado el país, siendo la semilla que explicaría en gran medida la crisis de la década de los 80s.

Tan solo 12 años después de re-abierto el ciclo democrático, el Presidente Alberto Fujimori cierra el Parlamento con el autogolpe del 5 de abril de 1992, concentra autoritariamente el poder en un plan reeleccionista similar al de Leguía del primer tercio del siglo XX e impulsa un programa de privatización de empresas estatales, apertura de la economía y finalización de la lucha contra subersiva. Por cierto, estas tres cuestiones eran perfectamente posibles en democracia. Fujimori –como Velasco- atacó brutalmente a los Partidos, difundiendo infamias –en su mayoría- y rumores vulgares en los medios de comunicación que tenía bajo su dominio, gracias a los sobornos que repartía Montesinos. Fueron años satanizando de corruptos e inmorales a los movimientos denominados “tradicionales” -y a algunos nuevos actores de la política peruana también- con sendas portadas denigrantes en "diarios chicha" y programas de TV. El final del régimen –curiosamente- se da al conocer la inmensa corrupción a través de los “VladiVideos”, que daban cuenta de que quienes ejercían el poder en ese entonces no eran autoridades políticas sino miembros de una mafia organizada. 

Sin embargo en el período democrático que vivimos en estos momentos y que va desde el 2001 hasta la actualidad hemos presenciado un ataque ya no desde el poder institucional del Ejecutivo sino protagonizado por gran parte de los medios de comunicación que de un modo u otro por su afán de buscar portadas y ventas –y en algunos casos por intereses políticos de los grupos empresariales a los que responden, como en el caso del “Club de la construcción”- se han dedicado a una crítica permanente y poco constructiva de los partidos organizados y populares, alentando un sentimiento en la población por “lo nuevo” y “lo novedoso”, gestando en ese proceso una simpatía abierta e irresponsable por impresentables como Kenji Fujimori o aventureros como Julio Guzman, sin ideología, sin programa y sin Partido. 

Lo que han conseguido los antipartido de todo color y tiempo con sus ofensivas autoritarias y con sus diferentes campañas mediáticas de demolición de las últimas décadas es que el interés por la cosa pública no solo se encuentre disminuido, sino que además sea abiertamente rechazado por un grueso importante de la población considerándose al ejercicio práctico de la política una actividad deshonesta y destructiva del prestigio personal. Es por esta razón que tenemos en nuestro Parlamento 20016-2021 a gente que miente en su hoja de vida, sujetos que reciben financiamiento de actividades fuentes del lavado de activos a acusados con procesos penales en curso, a gestores de intereses disfrazados de congresistas, a mercaderes que van a vender sus votos a cambio de obras y puestos públicos para sus entornos; en general aventureros lumpen en busca de fortuna personal o protección política. Tal como están las cosas en buena parte el apostolado que debiera ser la política está atrayendo mayoritariamente a los pillos, a lo peor de la sociedad.  Una refundación republicana es indispensable. 

Hay que decir que en gran medida el fracaso de la promesa democrática de la lucha contra la corrupción-traído abajo por Odebtecht- ha acelerado esto y le ha dado gasolina a la crítica; siendo los culpables claros de esto Toledo, los Humala, Susana Villarán y Kuczynski. Lo que no se dan cuenta es que si no se cambia el rumbo claramente, entonces el descontento y la cólera popular pueden empoderar a un falso justiciero, a un aventurero demagogo y poco afecto a la democracia, como fue Hugo Chávez en Venezuela. 

El país requiere con urgencia más políticos formados y menos aventureros y mercaderes de la función pública. Así se retome el crecimiento económico, éste sólo no será suficiente, hace falta buena política. Fortalecer los Partidos es ineludible en este proceso. Para ello deberíamos emprender algunas reformas claves como la implementación del Senado, la eliminación del voto preferencial, la instauración del voto voluntario, la restricción de financiamiento privado a los partidos políticos, la equidad en el uso de los espacio en los medios televisivos, etc.

No es casualidad que el periodo en donde el país más creció fuera el del 2006-2011, conducido por Alan García y el APRA, un auténtico Partido. Comparen el ruido y crisis política durante las administraciones de Perú Posible, Partido Nacionalista y PPK; eran pues asociaciones de tecnócratas sobre-dimensionados, tránsfugas y aventureros en busca de copar el aparato del Estado para impulsar licitaciones putrefactas.