Punto de Encuentro

Percepciones extremas o guerra de ligerezas

La ausencia de una multiplicidad de partidos y políticos serios y responsables y la propaganda mediática y anti-política han provocado -entre otras cosas- que las posiciones frente a los temas de actualidad y ante la protesta social no tengan un justo medio, que sólo proliferen los análisis  contaminados por la suspicacia o incluso por el encono pasional respecto al que piensa diferente. Mientras, otro sector nada pequeño es apático y mira con desdén los hechos, ni tiene una opinión formada de lo que pasa en su patria y no le interesa tenerla; sigue más bien modas y cuestiones que le son muy de su interés y satisfacción personal. Esto explica en parte la emergencia de "liderazgos" como Julio Guzmán o Kenji. Los sentidos comunes que hoy son más activos son los extremistas anti todo versus los conservadores, que cada vez extreman posiciones; es en parte por eso que el Fujimorismo y el comunismo parlamentario tuvieron una buena votación en 2016. Se ha perdido en buena medida la mirada más concertadora y de cambio responsable y se ha dado paso a que los extremos busquen aniquilarse sistemáticamente. Esto es un obstáculo para construir una segunda y necesaria etapa republicana y para acercarnos a la modernidad. Las radicalidades están planteadas sobre las fronteras equivocadas, todas alejadas de los intereses auténticamente populares.

Así tenemos como en el caso de las protestas del magisterio, las de los productores de arroz y café y en las protestas estudiantiles sólo estén en la mesa dos percepciones: o los que protestan son terroristas o quien advierte excesos es un fascista ultramontano que odia al pueblo. Lo cierto es que ninguna de estas miradas es acertada. La falta de pedagogía política en el marco de una sociedad además despolitizada llevan a la guerra de ligerezas, al pleito baladí. Todo esto agravado por los tiempos de "postverdad" en los que vivimos.

Muchos de estos sectores sociales mencionados tienen en la mayor parte de los puntos de sus plataformas de lucha cuestiones justas y racionales y en efecto algunos fueron engañados por el Gobierno de Humala y posteriormente por Kuczynski y están ostensiblemente fastidiados y son muy poco afectos a la credulidad. No son terroristas ni delincuentes. Sin embargo -y porque los activistas políticos democráticos hemos abandonado en buena medida el trabajo de base social- en el marco de sus problemas y justos reclamos toman posiciones protagónicas y/o diligénciales algunos pocos extremistas comunistas y hasta ex senderistas, emerretistas o miembros del MOVADEF que más que solucionar los problemas buscan agudizar el conflicto, llevar contradicción y tensión a la sociedad para ganar espacios como parte de su plan. Poner en evidencia y en voz alta esto no es ser de derechas ni anti-popular sino es tener claro que la realidad no se modifica por las preferencias o antipatías personales. La realidad reposa en los hechos y frente a la aceptación cabal de estos, sin anteojeras, hay que actuar en el corto y largo plazo.

De modo inmediato a nivel normativo, ilegalizar al MOVADEF y similares y procesar a sus agentes, que la policía actúe en el caso de aquellos que se infiltran como agentes del odio en los espacios de la sociedad civil. Y en lo fundamental que es lo que se tiene que hacer a largo plazo, los Partidos democráticos debemos volcar nuestro activismo y organización en el espacio rural, en el magisterio y en la política universitaria. Sólo así podremos ser el canal que encausará las justas demandas de estos millones de peruanos postergados en los últimos años por el desastre humalista y su continuación PPK.

Es la acción y la difusión del sentido común auténticamente democrático, en sus variantes democrática social, socialista democrática, social cristiana, populista democrática, liberal, etc. Lo que hará que le ganemos terreno a esta absurda y beligerante disputa entre dos percepciones autoritarias de interpretar y de proponer las cosas en el Perú. Ello es construir nación, es construir república y no jugar a incendiar la pradera sólo para quemar vivos a los adversarios.