Punto de Encuentro

Sobre la muerte de un viejo y sabio poeta del Perú, Enrique Verástegui.

En el medio poético peruano, tan cortesano como se podría esperar de una sociedad que en algún momento fue capital de un virreinato, decir que fulano o mengano son grandes poetas es la pauta habitual. De hecho, este vicio se prodiga con tanta facilidad como, al mismo tiempo, se maximiza el impacto del desdén y el descrédito premeditado en atención de quien no les parece o de quienes pueden poner en tela de juicio su zona de confort, es decir, el “ninguneo”.

Desde otra perspectiva, el impacto que los acuerdos de la sociedad “artística” tiene en la sociedad en general es mínimo, por no decir. nulo. Así, no importa el encumbramiento al que se llegue en estos predios esnobs dado que para la gente e incluso para las autoridades y el gobierno, aun los más grandes artistas pasan desapercibidos.

Sucedió así, trágicamente, con innumerables artistas y poetas notables, abandonados, despreciados y desesperados pese a ser celebrados por toda la “gente”.

Enrique Verástegui (1950-2018), gran poeta al que el calificativo no le queda impostado u holgado como a tantos otros, padeció todos los extremos que este medio pudo ofrecerle en vida.

Encomiado desde muy joven como un genio, tras la publicación de En los Extramuros del Mundo, su fama y engreimiento creció tanto como su poesía asomó en cumbres a las que muy pocos han ascendido en estos predios –Giordano Bruno, poema que ha circulado mucho en las redes sociales en estos últimos días, es una señera prueba de la altura que su poesía alcanzó, desde luego, tan solo, en sus mejores momentos–.

Sin embargo, y sin ahondar en las causas y móviles de su caída, cuando empezó a publicar “cualquier tipo” de poemas, estos fueron zaheridos furiosamente por cuanto “crítico” tuvo a bien detenerse en estos pasajes menores del opus verasteguiano. Cierto es que dichas críticas estuvieron más o menos fundadas. Cierto es que aun en estas caídas esta poesía era muy superior a la que podían ofrecer sus críticos.

Al mismo tiempo, todo el tributo que no le era entregado en el país, le era ofrecido en el extranjero por los más osados poetas de cada momento. Inclusive su vasta obra maestra aun no goza de una edición peruana pese a haberse materializado en México hace años. Nos referimos al volumen, anteriormente denominado Ética, que incluye la tetralogía conformada por Monte de Goce (o del pecado), Taki Onkoy (o de la redención) ¸ Angelus Novus (o de la virtud) y Albus (o de la gnosis).

Con Verástegui, fuerza es decirlo, sucedió algo similar a lo que padeció Holderlin, otro monarca de la palabra tocado por una fuerza metafísica casi angélica. Durante décadas, ambos vivieron acaso sorprendidos, acaso indiferentes, ante la pérdida de las nobles facultades rapsódicas que demostraron durante su juventud. Un velo como una niebla les cubrió durante muchos años y su pasado eSPLENDOR fue objeto de secretos fulgores esporádicos.

El tiempo pasó y el genio casi adolescente fue becado, viajó, maduró, retornó al Perú, envejeció y dejó detrás un vasto corpus literario en el que, al modo de Pound o de Dante, con quien solía compararse, estaban presentes todas –o casi todas– las formas que el conocimiento podía asumir en la mente humana. De hecho, esta impresión es tremenda puesto que su sola mención destroza la típica imagen del poeta bohemio y desharrapado, incapaz de abarcar nada que sea distinto al verso y las licencias de la noche.

En nuestra tradición poética solo se han apartado de esta imagen, los burócratas de escaso talento, pero afectos al poder; los vividores de talento igual de escaso, pero de muy buen autobombo y relaciones públicas; y, los salvajes que han podido otear, tanto en la filosofía como en la poesía, formas espectacularmente plenas de conocimiento. De estos salvajes dignísimos, hay dos que siempre han de mencionarse, quizás, los dos poetas más inteligentes del siglo pasado, Juan Ojeda y el autor al que van dedicadas todas estas líneas, Enrique Verástegui.

No incidiremos en la aproximación de sus propuestas tan arriesgadas sino en el elogio que para nuestra tradición poética representan dos autores que parecían ser capaces de tratar de igual a igual con cualquiera de los grandes escritores que ha brindado este mundo, circunstancia harto difícil entre los escritores peruanos en general.

De hecho, la integridad de sus respectivas obras enrostra a todos los escritores que no se han atrevido a llevar a cabo la realización de propuestas totales.  Dado el cliché de que solo los novelistas pueden aspirar a ser escritores totales en nuestro tiempo, nos hace muy bien considerar que varias de las más grandes obras totales de la literatura fueron expresadas en el marco de la poesía, aunque ya hayan pasado varios siglos desde la última de ellas excepto si consideramos los Cantos poundianos. En ese sentido, que, en pleno siglo XX, un peruano se haya atrevido a ser un escritor total desde la poesía es un motivo de orgullo para todos los que nos dedicamos a las letras en este país. Que ese escritor total haya sido negro y provinciano es, también, una suma de motivos merecedora de un enaltecimiento permanente.

Remarco, por otro lado, lo de ser un “escritor total” no solo por lo expuesto sino, también, porque los usuarios de las redes sociales deben recordar que cada comentario del poeta en cuestión, en dicho espacio, terminaba, según su humor o el tenor de la interacción, en dos frases típicas: “Enrique Verástegui, lector” y “Enrique Verástegui, escritor total”, dos construcciones verbales que ahora, sin duda, invadirán de nostalgia a aquellos que así las recuerden.

Podrá escribirse mucho más sobre este gran poeta. Rememorar, por ejemplo,  el impacto de la primera lectura que se tuvo de su obra paseando en las calles pasada la medianoche antes de cumplir 18 años; indicar que su teoría poética omnicomprensiva debería finalizar en la obtención de visiones y que pese a haberse orientado al lugar supremo de la poesía no lo alcanzó y cual  profeta se quedó en los linderos de la tierra prometida, advirtiendo el sendero del porvenir; que cobraba honorarios por escribir textos sobre libros que se le ofrecían o por asistir a recitales; que muchas veces no recibía lo que le correspondía; que perdió su casa de Cañete y que nunca el Estado tuvo siquiera el mínimo gesto de procurarle otra; que nunca sus obras completas fueron editadas por algún fondo de primer orden como correspondería si fuésemos un país más culto y si gozáramos de una clase política humanista e inteligente; que se decía merecedor del Premio Nobel y si se llegáramos a comparar su obra con la de Mario Vargas Llosa, por ejemplo, se vería que si este intentó ser Flaubert o un par de Faulkner, en tanto que E.V. intentó ser un par de Dante y de Holderlin. Que cada uno juzgue la altura de su singular elección. Y aunque en la eternidad parece no haber jerarquías, el silencio del mismo Nobel y de tantos otros acusa una mezquindad total hacia el último de los grandes poetas salvajes de la lengua española.

Finalmente, a nivel personal, debo indicar que, junto a Víctor Escalante y Francisco León, acompañé a Enrique Verástegui a su último recital. Lo hallamos revitalizado y lúcido en el departamento que habitaba en la avenida Brasil. Se entendía perfectamente todo lo que conversaba y estuvo muy feliz de departir con nosotros, pero, sobre todo, con su amigo Víctor Escalante. Nos contó que quería publicar un libro de teoría política de más de mil páginas y cualquier otro libro que le procurase un ingreso sustancial, merecido desde todo punto de vista. Inclusive, le propusimos realizar una edición peruana de Splendor, circunstancia que aceptó de muy buena gana, entre otras cosas. Además, nos dio la impresión de estar en presencia de un monje beatífico.

Ahora que escribo, pienso en este último encuentro y entiendo que había en su semblante una especie de resignación y de ataraxia, una suerte de luz que ya no era la de este mundo, aunque no pudimos descifrarla en su debido momento.

Aquellos que hemos leído su obra y admirado no pocos de sus versos luminosos, sabemos que el valor y el lugar de este poeta, no solo en nuestra tradición nacional sino en el escenario de la poesía latinoamericana, serán muy difíciles de superar y es necesario decirlo así para que sea más propio este homenaje póstumo a un autor que mereció un reconocimiento mucho mayor que el obtenido durante su existencia. Que la muerte y la eternidad suplan lo que la vida no le procuró.

 

P.S.

Enlace de la última lectura del poeta E.V. :

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=2100548733350056&id=100001848504749