Punto de Encuentro

Orestes.

Yo tenia 8 años cuando me hice aprista. La noche del 22 de septiembre de 1990 una ráfaga de emociones azotó mi casa en Santa Catalina. Recuerdo, lejanamente, que estaba viendo un programa cómico, de esos noventeros, y el teléfono empezó a sonar varias veces sin cesar. Abajo, los adultos hablaban en voz alta y, de pronto, la televisión interrumpe el programa: "Noticia de último minuto: Coche Bomba asesina a ex minsitro de Trabajo Orestes Rodriguez e hijo" 

Como si fuera un sueño, o mejor dicho una pesadilla, mis recuerdos se cortan allí y luego me vi bajando escaleras desde donde observé los rostros de tristeza y amargura de varias personas que habian llegado a casa, todos hablaban fuerte, discutían quien sabe de qué. Mi mamá me alejó para darme la noticia. Lo último que recuerdo es que yo quería ir a donde todos iban, seguramente a verlo, pero ella no me dejó. 
 

Orestes era mi padrino, el mejor amigo de mi papá, el que me regaló mis primeras muñecas y siempre me compraba "todos los dulces que quisiera" en la tienda de mi abuela. ¿Porqué alguien querría arrancarle la vida? Para mi todo era tan injusto, y hasta ahora lo es. 
 

Algunos años después averigué la verdad de la historia. Fue un sábado al caer la tarde. Orestes con su hijo Oscar y sus sobrinos salían de la cancha del Ministerio de Trabajo de jugar fulbito. A las 7:30 de la noche tres senderistas interceptaron su carro ametrallándolos por ambos flancos. Cuatro proyectiles dieron en la cabeza de Orestes y dos en la cabeza de Oscar, que tenía solo 23 años y acababa de graduarse de médico. 
 

Después de algunos segundos, arrojaron una bomba explosiva por el lado derecho. Se encontró el cuerpo de Orestes con la pierna y la mano destrozadas, abrazando a su hijo. Los dos sobrinos que iban en la parte posterior lograron escapar. Los terroristas huyeron. 
 

Esta semana, los asesinos de mi padrino y de Oscar han vuelto a la cárcel para siempre, no por este crimen sino por otro tan sangriento y deplorable como fue la matanza en Tarata. 
 

Quizá verlos presos no nos devuelva a las miles de personas que asesinó Sendero, quizá faltan otros, pero al menos ver a la cúpula sentenciada responde a las miles de familias a los que nadie les da cámaras, ni tienen reparaciones civiles, ni ayuda de las ONG's para defender sus derechos humanos. 
 

Quizá no pueda tener más recuerdos que los que una niña de 8 años pueda albergar, pero esa ráfaga de sentimientos revive en mi cada vez que pienso en Orestes y en todos los que dejaron su vida por el Perú. Desde aquel día, llevo conmigo su lucha, su ideología de justicia social, su Aprismo. Ese aprismo de las mil historias de lucha, ese aprismo que nunca muere. 
 

#SenderoNuncaMás

 #ElApraNuncaMuere