Punto de Encuentro

China: cuatro décadas de reforma y apertura

El mundo no cambió en 1989, con la caída del muro de Berlín, el mundo cambió una década antes, un poco más de una década. El mundo cambio a fines de diciembre de 1978, cuando en la III Sesión Plenario del XI Congreso del Partido Comunista, se decidió “enderezar todo lo torcido” –en palabras del propio Deng. Allí inició la reforma y la apertura de China, hace ya cuatro décadas. ¿Fue la reforma una revolución? Deng, en sus Obras Escogidas, sugiere que sí, se lo dijo a Helmuth Khol, ex canciller de lo que fue entonces la República Federal de Alemania.
No hay, acaso, otro experimento político y económico que se le iguale. ¿Por qué hacemos semejante aseveración? Por los números, que a pesar de todo no mienten. En cuarenta años el Producto Bruto Interno (PBI) de China era apenas de 154 mil millones actuales, es decir, mucho menor al del Perú de ahora. Cuatro décadas después, el PBI es de más de 11 billones de dólares y representa el 4% a nivel mundial. En 1978, el PIB per cápita era de solo 165 dólares; hoy esa cifra aumentó a 8 mil dólares. ¿Qué significa la cifra anterior? Que la riqueza se ha distribuido con mayor eficiencia. 
Podríamos seguir adelante con los números pero quizá hay uno que nadie duda: más de 500 millones de personas salieron de la pobreza. Xi Jinping, un príncipe y primer mandatario, ha dicho que la pobreza desaparecerá en el 2020. Por eso se dice que en China hubo un milagro. Pero, ¿cómo ocurrió ese milagro? Nadie duda que se debe a eso que los chinos llaman el “socialismo con características propias”, que no es otra cosa que capitalismo, mercados y planificación estatal. Deng dijo en 1985 que la reforma era el “camino imprescindible” para el “desarrollo de las fuerzas productivas”. ¿Qué quería decir Deng? Es evidente, ¿no?
No obstante, la gran historia del milagro chino dice que esta no habría sido posible sin la mano de Deng. En efecto, “el pequeño gran timonel” tiene un lugar enorme en la historia de China, como Mao, quien es en realidad el verdadero unificador de la nación. Defenestrado varias veces por el sector ortodoxo, no habría milagro económico ni social sin la capacidad de Deng, a cuyo hijo los guardias rojos lo arrojaron desde un segundo piso. De allí su lugar en la historia, un hombre que a pesar de los exilios regresó triunfante. Pero en la “petit historia” también hay hombres poco conocidos como el de Rong Yiren, el “capitalista rojo”.
Pero ¿cuál es el papel de China en la gobernanza mundial? Inevitablemente ello nos remite a la discusión sobre democracia y la libertad de expresión en ese inmenso “pueblo continente”. ¿Es China una dictadura como algunos apresurados suelen decir? No. Una dictadura necesita de un dictador. China no es Corea del Norte, donde como en una monarquía, el poder se sucede de padre a hijo. En China es un Partido quien ejerce el control político, un partido donde la meritocracia funciona a pesar de sus propias divergencias y desencuentros internos y donde coexisten sus legítimas “alas” en más de 80 millones de militantes. Pero es finalmente un Partido y no una persona. 
Todo lo anterior, como decíamos, sirve para ubicar a China en esa gobernanza global. Joshua Ramo y Stephan Helper han denominado a la gobernanza china, cada uno con sus apreciaciones, como el Consenso de Pekin, donde en contra posición del liberal Consenso de Washington,  se pide comercio, materias primas a cambio de unos términos de intercambio que benefician a los socios, nada más. Acabo de leer un gran libro de John Micklethwait y Adrian Wooldridge, sobre la gobernanza global y ambos señalan que se está gestando una nueva configuración del Estado, una cuarta revolución. “Los chinos han producido un modelo de gobierno que desafía a occidente”, indican los autores. En Europa, en las crisis económicas sucesivas, han resurgidos las facciones de toda índole, poniendo en jaque el libre comercio y a los valores de occidente. Azaña, decía que allí donde el estado desaparece, emergen las tribus. China es todo lo contrario a la sentencia de Azaña porque el estado tiene una omnipresencia en los más de 1400 millones de habitantes. ¿Puede un país enorme entregarse al mercado?
Pero en suma, después de cuatro décadas de reforma y apertura ¿cuál es el resultado? Quizá al final del día, haya que reconocer que sin capitalismo la modernización de China no habría sido posible. No recuerdo bien si fue Deng quien se atrevió a decir que el “mercado era un patrimonio de la humanidad”, en todo caso ha sido el mercado un amigo para la revolución.