Punto de Encuentro

Thymos y Eros. Notas acerca de la discordia y felicidad en nuestra cultura

En una charla un tanto accidentada a cerca del etnocacerismo intenté salirme un poco del comentario o reflexión politológica, con el objetivo de ensayar una lectura filosófica de porqué en la historia de nuestro país a veces el descontento y la rabia toman la forma de proyectos políticos de Estado. Más allá de las anécdotas que supone creer en  la radicalidad de sus líderes, hay que reconocer que el refrito de la familia Humala ha hecho historia, y ha canalizado en sus bases y simpatizantes la enorme ira y rencor que aún late en nuestra cultura. No obstante, ser a mi parecer un lavado de cara de aquellas tendencias radicales que ven en la violencia una partera de la historia, como lo fueron Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru) lo cierto es que pone en la mesa de debate como en el subsuelo de nuestra precaria institucionalidad democrática a veces emergen formas decisionistas de poder que intentan darle un sentido político al enorme espíritu de venganza que late en nuestras subjetividades.

Para los efectos de esta idea diré que es muy útil considerar que nuestra construcción política es heredera del legado del contractualismo europeo. En ese sentido, en determinado momento de la historia se concibió superar el caos en que se había convertido la Edad Media, luego de las guerras de las cruzadas, y con el relajamiento de las concepciones religiosas, que dieron vida a la reforma y a las guerras de religión, con un prototipo de orden social y político que superara el desorden en que se había convertido Europa. Sabemos que el contractualismo en las figuras de Hobbes, John Locke y Rousseau con sus matices parió la idea de que se debía dejar atrás la violencia y sus diversas formas para dar a luz a un hombre civilizado que en base a la entrega de su libertad al Estado pudiera desarrollar sus máximas potencialidades. Ahí donde la ira cundía, pues era propio de la edad media, y de la antigüedad entender que el hombre emocional y agresivo era el tipo de sujeto natural que prevalecía en estas épocas, se expuso como alternativa para canalizar esta ira masificada la construcción de una subjetividad, o psicología como refiere Foucault que viera en el autocontrol y en las políticas de amistad la forma perfecta para vaciar a la sociedad de la discordia y la venganza.

Aunque el punto de vista de estos ingenieros fue revertir esta violencia en base a un proceso de domesticación que moralizara al hombre y que sublimara dicha violencia en actividades que reprodujeran la vida social, lo cierto es que la violencia ingresó en la mente y dio forma a lo que conocemos como interioridad, o razón y los sentidos. El resultado fue que se construyó un ciudadano que en las primeras fases de la Modernidad halló en la política y en sus diversas formas ideológicas como el liberalismo, el anarquismo, el marxismo, y el conservadurismo los canales institucionales para desarrollarse con pasión autosuficiente. El proyecto del contrato no era sólo imponer por la fuerza una forma de gobierno sino moldear un tipo de ciudadano ya sea por el sometimiento de las disciplinas de vida o la educación nacional que legitimara y diera ordenamiento a la sociedad. En este sentido, el vaciamiento de la violencia del seno de la naciente sociedad racional consiguió dar forma a un sujeto que halló en la moral de la amistad, y del Eros un ámbito privado para sus realizaciones sensoriales., mientras en lo público y en el naciente mercado coordinara del modo más racional y público sus intereses.

Como sabemos, los términos de este contrato se agotaron. A medida que los poderes privados del capital erosionaron los valores de la democracia, la modernidad fabricadora de subjetividades racionales se rebelo como un gigantesco aparato de dominación, una jaula de hierro burocrática y tecnificadora de la vida que atento en contra de la existencia de sus gobernados. El contrato de civilizar al hombre había trocado en dominio, guerra y racionalización instrumental de todos los dominios de la vida, entumeciendo la misma savia de la risa y del sentir con libertad. La pasión de los comienzos de la modernidad se transfiguro en adicción, cinismo y relajamiento delictivo de los valores sociales y comunitarios; un hombre atrapado en la certidumbre de lo plano y programado, orgulloso de su juicio pero inhabilitado para vivir con romanticismo su propio mundo de la vida personal.

Aunque la vida fue más plástica y los términos del contrato social se volvieron un régimen de excepción que no ahogó la vida social, se puede decir que desde Mayo del 68 en adelante todos los afanes de rebeldía y de desobediencia que despiertan en contra de la dominación han sido escandalosamente incorporados como cultura del consumo y del mercado de servicios, neutralizando en el conformismo y el desenfreno hedonista toda capacidad crítica y política de vivir con autonomía y autenticidad vital. Hoy esta modernidad que desracionaliza a las personas y los divide entre el trabajo estandarizado y el solazamiento embriagador, fabrica los valores autodestructivos que necesita para su imperio del mercado, por lo tanto, la falsa apariencia de un mundo inundado de goce y de vitalidad plena es movilizada para despolitizar a los cuerpos y sentidos que forman parte del plusvalor que devora la maquinaria. En este contexto la modernidad y su conservadurismo político ha impuesto un régimen de existencia que niega la misma vida y la felicidad que promete, derruyendo las condiciones estructurales para todo bienestar perdurable y ahogando en el espectáculo de la imagen y de un esteticismo de osamentas y discursos toda posibilidad de que los hombres puedan realizarse con honestidad y sentido pleno. El capital persigue a la vida hasta los rincones más íntimos de nuestra existencia, pues ha hecho de nuestro propio afán, a pesar de todo, de decirle sí  a la vida un macabro negocio de estupefacientes y mercancías sensitivas donde la irracionalidad y la violencia es la condición indispensable para penetrar la vida de toda ecuación empresarial.

Regresando a nuestra vecindad hay ciertas características que hacen presumir que esta sociedad del espectáculo, que narra muy bien Vargas Llosa  en su libro de “la Civilización del espectáculo” produce un efecto distinto que el proceso histórico occidental. Mientras en las sociedades de bienestar y en las orgullosas culturas anglosajonas esta mentalidad de la frivolidad y de la vida anarquista es un resultado del agotamiento de la Modernidad racionalista y mecanicista de la que tanto se enorgullecen los europeos, y por tanto, es una consecuencia lógica de su proceso social, en las sociedades del mundo periférico esta cultura narcisista y de los valores postmodernos sirve como el desahogo de los destrozos y descomposiciones vitales que nuestras específicas experiencias de modernización del saqueo generan en nuestras culturas. Con esto quiero sostener que nuestro mundo postmoderno es ya de por sí un reforzador y encubridor hedonista de nuestra propia mediocridad civilizatoria para ser sociedades autónomas, y por lo tanto, el mecanismo de desmantelamiento exacto para atrofiar nuestros desarrollo nacionales y quitarnos el derecho a sobrevivir como culturas más allá del mito de la modernidad.

En el Perú este aceleramiento de la cultura postmoderna en las industrias del entretenimiento y del mercado de servicios no sólo contiene en la ahistoricidad del delito y el goce el desarrollo pleno de nuestra cultura sino que refuerza el traumático resentimiento estructural y las políticas de odio y discriminación que nos han caracterizado como historia nacional. En este sentido, el argumento es que la dichosa cultura de la amistad y del Eros privado que nos permite sentir concretamente como humanos se halla peligrosamente amenazada por una estructura de valores estéticos profundamente discriminatorios y elitistas que obstaculizan un mundo hambriento de amor y de reconocimiento cultural. Al contenerse Eros la sociedad es recapturada en todas sus dimensiones por una violencia cínica, donde la ira y la trasgresión hacia el otro es la forma institucionalizada de vivir con sabiduría y satisfacción. Ahí donde la ira es parte del tejido sociocultural, la decepción de no ver alcanzada la felicidad sino es violentando la mismas bases afectivas de los relaciones sociales que nos circundan, hace que estos proyectos de ira, o totalitarismos retornen con mayor fuerza como salidas de purificación a una realidad inmoral y gobernada por los más fuertes.

Nuestro contrato social peruano es de por si sólo un diseño que no tiene la legitimidad de las culturas a las que gobierna. En ese sentido, es un régimen de excepción que sólo garantiza el adoctrinamiento individualista de los dominados a los que controla, manteniendo irresuelta la histórica discordia cultural y desunión que nos caracteriza. Pero hoy tal vez el problema es que no poseemos o no podamos poseer un contrato social reconciliado con nuestras subjetividades populares, sino que ya el odio silencioso y la inconformidad de cada uno de nosotros se han vuelto las fórmulas para sobrevivir con ventaja, a pesar que esto nos niega y a la larga no garantiza ninguna felicidad personal y pública. No sólo requerimos un nuevo Estado, sino una nueva fe, algo que movilice ese deseo de redimirnos y amar que en la seriedad de la autodefensa no queremos reconocer. Pero esto es parte de nuevos hombres, y de nuevos sentimientos….