Punto de Encuentro

La izquierda conservadora.

Ronald Jesús Torres Bringas

Cuanto más el irreversible mecanismo de la historia transforma implacablemente las condiciones materiales de la civilización, y con ello, trastoca los múltiples sistemas de significación de la cotidianidad, tanto más los espectros de la izquierda se entercan en no cambiar sus esquemas de interpretación del mundo, y por tanto, son incapaces de reconocer en su justa medida la preeminencia de fenómenos sociales que escapan a su raquítica sensibilidad. En su intento de fortalecer las bases sociales que soportan la represión del sistema, tanto más envenenan de discursos harto envejecidos, que convierten la impetuosa acción política de sus categorías más jóvenes, en acciones irracionales, incapaces de transgredir concretamente la inmensidad de la maquinaria social. La retórica rebelde, el casete odiosamente repetido, los mismos íconos maquillados una y otra vez, no hacen sino cansar el ánimo de los explotados que dicen defender, porque no reconocen que las prácticas sociales que define el actual patrón de poder se divorcian de los estamentos clásicos de la lucha política y se centran en la búsqueda obsesiva de espacios culturales, que den sentido a sus experiencias individuales.

La izquierda radical al no entender que existen mutaciones aceleradas en el seno de las relaciones sociales, no llega a desarrollar una estrategia efectiva de representación de las clases disminuidas, porque no conocen a cabalidad la estructura de mentalidades que rigen los desenvolvimientos cotidianos de las categorías populares. El hecho de desconocer las motivaciones semánticas que constituyen el mundo simbólico hace que todas las tácticas doctrinarias y proselitistas, que ensayan con el propósito de generar conciencia colectiva, colisionen terriblemente contra el cuerpo de conocimientos ideológicos de la realidad social. Insisto, la razón de su repliegue político hacia algunos sectores de resistencia de las clases populares, el hecho de que sus iniciativas políticas no encuentren profusión en la sociedad, no es ocasionada por los efectos de una ofensiva autoritaria en contra de las ideologías que orientaban la acción socialista. Es en el fondo la intransigencia de no aceptar los contenidos subjetivos de la cultura popular, la terquedad de no adaptar el esquema de reivindicaciones sociales a las nuevas necesidades que surgen en escena, lo que ha determinado el fracaso de los movimientos de izquierda en la actualidad del mundo contemporáneo.

La obligación de reestructurar los contenidos normativos de la ideología socialista, encuentra  a la izquierda en una situación de empecinamiento dogmático; enfermedad del pensamiento que evita que los intelectuales de izquierda abandonen las trincheras doctrinarias, desde las cuales siguen interpretando erróneamente la realidad peruana, y enfermedad que convence al hombre de izquierda que la única lectura correcta de la totalidad social es la marxista, y que los otros discursos que surgen son distorsiones academicistas, estupideces estéticas que distraen la atención de los problemas esenciales. El culto a los ídolos proféticos de la ideología contestataria vuelven en ignorantes resentidos a los espíritus libres, pues, no son capaces de intentar una superación dialéctica de los referentes de conocimiento de la herencia marxista, porque hacer esto sería profanar la verdad absoluta de un genio, que vio, curiosamente en el fanatismo a su discurso, la posible petrificación de las fuerzas históricas que habían despertado sus enseñanzas. La parálisis de un discurso que se resiste a variar la lógica de su diagnóstico, porque argumenta que ya todo esta dicho de antemano, solamente puede desnudar la ineptitud de los sectores de vanguardia para instituirse en una real alternativa de desarrollo a la infamia del capital.

Pero ensayemos una explicación estructural del porqué de este rezago histórico con respecto a las verdaderas fuerzas sociales que hoy modelan la realidad social. Mi discurso intentará desarrollar una comprensión económico-cultural de la evolución de la izquierda peruana, transitará por un somero análisis de la regresión cultural que significó la avanzada senderista, para luego terminar en una reflexión sobre las posibilidades del discurso revolucionario en la actualidad del mundo globalizado. Mi intención no es atacar las bases objetivas que hacen real y necesaria la existencia  del hombre de izquierda, sino tratar de elaborar una comprensión de los motivos inconscientes que han hecho de la izquierda peruana un estorbo ideológico para el asentamiento de auténticas relaciones de modernidad.

La génesis de las relaciones modernas que componen nuestra realidad peruana, no han sido producto de una expresión natural de las potencialidades sociales de nuestra particular cultura civilizatoria. La manifestación de los procesos sociales que constituyen nuestra accidentada identidad, han sido resultado de los avances y retrocesos del proceso de modernización, atravesado por conflictos y negociaciones, que han desatado una situación en la cual los perfiles de la formación precapitalista no se corresponden con una cultura que es modelada incesantemente por las ideologías del consumo y la publicidad. Esta condición socio histórica ha sido el producto de un proyecto inconcluso de modernidad, en el cual el falso desarrollo que se ha conquistado ha obstruido el verdadero desarrollo de las clases que soportan las diversas formas en que se presenta la división del trabajo.

 Claro está, en determinadas  condiciones no ha bloqueado la creatividad de las economías populares; es más les ha otorgado una superestructura de saberes, que vinculados estrechamente a sus matrices culturales originales, han conseguido elaborar toda una mentalidad empresarial, proclive a mutar extraordinariamente según las circunstancias del capital periférico. Sin embargo, esta base de una burguesía incipiente ha sido el resultado de un dramático reacomodamiento de las fuerzas populares, a lo largo del ciclo de desactivación del patrón de crecimiento industrial. Despojados del marco institucional que estimulaba su incorporación al sistema productivo como asalariados, el hombre del mundo popular ha sido obligado a abandonar las formas clásicas de enfrentamiento político que se sostenían en los gremios sindicales, y desplazar sus orientaciones de valor hacia la consecución de una estrategia de producción artesanal y manufacturera que le permita conseguir un lugar en el mercado de bienes y servicios.

Esta decisión de deshacerse de los saberes revolucionarios de la modernidad temprana no ha variado la lógica de producción de sentido de las clases sociales. De algún modo increíble, los residuos de la cultura tradicional no han sido disueltos con la adopción de formas de convivencia social moderna, sino que se ha originado un hegemonía ideológica en la cual el saber tradicional cumple el rol de reinterpretar el bombardeo audiovisual, y en la cual la cosmología occidental crea las reglas generales del estado de derecho, pero no licua en su totalidad las profundidades ontológicas de la existencia peruana. La tradición que no pereció asfixiada por los portentosos sistemas industriales, se ha redefinido como estrategia de producción, pero sigue irónicamente marginada del destino hedonístico de la producción cultural. El costo de tener que vincularse desesperadamente al mercado ha significado renunciar a una forma de plantear la modernización desde las clases populares, y ha significado desbaratar los edificios democráticos de la sabiduría popular, que no se expresan jamás en los laboratorios de la cholificación peruana.

Desde que se conoce la existencia de la izquierda, el éxito de su ideología se ha subordinado a la existencia de contradicciones sociales en los cimientos del capitalismo periférico. La creación de embrionarios emporios urbano-industriales ha significado la aparición de menudos contingentes de trabajadores, que exigían a medida que aumentaban las olas migratorias, mejores condiciones salariales, y por consiguiente, un espacio de desenvolvimiento cotidiano para sus quehaceres individuales. La formación de una lenta clase empresarial no se gestó espontáneamente, sino que fue el resultado de las diversas formas en que el capital extranjero se asentó en nuestros territorios. Según esto, la presión que podía gestionar la oligarquía se reducía a archipiélagos de modernidad, ya que la lógica del conflicto social no se hallaba en las relaciones sociales urbanas, sino en los inmensos enclaves agrícolas y en las estancadas economías de subsistencia feudal que soportaba la sierra peruana. Es decir, el antagonismo social era sublimado, porque las fuerzas de vanguardia no eran lo suficientemente conscientes de las brechas ideológicas que laceraban el campo y la ciudad.

Un mundo con enormes fragmentaciones culturales y con una heterogeneidad estructural que impedía la gestación de una identidad nacional, solamente podía recibir un impulso transformador proveniente de las influencias externas. Lo que trato de argumentar es que la madurez de las contradicciones sociales fue aceleradamente estimulada por los cambios drásticos de reestructuración del capital a nivel de los centros hegemónicos, y no por la incidencia de convulsiones internas en el aparato de dominación señorial y oligarca que soportaba el país; mi razonamiento es que este hubiera permanecido intacto sino hubiera sido violentamente sacudido por las transformaciones macro sociales que imprimió el capitalismo, con el propósito liberar al grueso de la mano de obra de las relaciones estamentales, y con el objetivo de organizar a las sociedades en la dirección de los intereses trasnacionales. Si en un primer momento el desarrollo capitalista dependía de la tímida presencia de un mercado internacional, que se restringía a algunas potencias industriales, en un segundo momento el desarrollo capitalista necesitaba más mercados para la expansión de sus productos, y por lo tanto, necesitaba acondicionar la producción de conocimientos y los estilos de vida a las necesidades de  la acumulación capitalista.

Sin embargo, el fenómeno de reestructuración del capital no produjo una situación de quiebre natural del marco societal de las condiciones pre-capitalistas de producción. En un determinado momento de excitación ideológica – que era imprescindible para revolucionar las estructuras sociales- los sectores movilizados de la sociedad, se reapropiaron de los significados ideológicos de la modernización y trataron de dirigir las energías sociales desatadas, en el sentido de la construcción de una autonomía económica y del logro del desarrollo sustentable, sin participación de la inversión extranjera. Esto trajo consigo que el Estado fuera ocupado por los líderes de los florecientes sectores de izquierda, quienes legitimados por el despertar de la conciencia social, encontraron las condiciones políticas ideales para orientar las energías de la sociedad en la dirección de un populismo que revolucionara los cimientos sociales, y consiguiera alcanzar el tan ansiado sistema socialista. El exceso de historicidad no permitió que se reconocieran los objetivos políticos que animaron la desactivación de las relaciones de poder estamentarias, y por tanto, los sectores de vanguardia enceguecidos por el romanticismo de la planificación, se convirtieron en un muro de contención que interfirió el curso de desarrollo de la formación socio-histórica peruana.

Obsesionados por las ilusiones que despertó una posible transición revolucionara hacia el socialismo, los partidos de izquierda no entendieron que la ficticia adopción de la convicción socialista, no termino por desplazar del inconsciente los esquemas de saberes tradicionales que todavía respiraban intactos en las profundidades del ser social. Al no calcular las consecuencias de su acción política las canteras de los movimientos de izquierda, terminaron por desbaratar las relaciones de legitimidad que había alcanzado el Estado desarrollista, y por lo consiguiente, generaron un retroceso barbarico, con respecto a las configuraciones civilizatorias que habían alcanzado los países mas desarrollados de la región. El irracionalismo de las vestimentas del populismo tardío, que ensayo con sus variantes el gobierno militar, se vio arrinconado por las fuerzas de izquierda; además se vio ante la presencia de una ineficaz administración que no supo hallar la gobernabilidad necesaria para tomar las decisiones económicas precisas que prescribió la teoría desarrollista. La falta de armonía entre un mecanismo macroeconómico que caminaba muy lentamente, y los inquietos lenguajes exhibicionistas de la clase proletaria, que desnudaban los defectos del régimen político, no permitió establecer un pacto político que conociera a cabalidad las posibilidades reales de nuestra creación histórica objetiva.

La enfermedad histórica desvió a la conciencia de las certeras medidas que validaran un orden material, y además, faculto el contexto estructural para que la disposición de las emociones se canalizaran por un estilo de vida desvinculado totalmente de las determinaciones reales de la accidentada formación económica. Es decir, el daño ideológico que significo para las mentalidades populares los excesos violentistas de los movimientos de izquierda, abrió un horizonte cultural que empezó a estimar como sórdido cualquier acción política, y por tanto, genero el contexto valido para la extensión de una racionalidad económica, que pondría en paréntesis perpetuo las crecientes reivindicaciones sociales.

El agotamiento del precario Estado de bienestar que experimento el país, significo también el agotamiento de una forma de concebir la realidad social desde los actores internos. Internacionalizadas las relaciones capitalistas que  hacen posible la supervivencia de las corporaciones trasnacionales, los actores sociales de nuestra específica sociedad se vieron obligados a redefinir estratégicamente su posición dentro de la división internacional del trabajo. Mientras el edificio social que construyo el desarrollismo se vino abajo, se expandió en el seno de las relaciones sociales una lógica instrumental del poder, que extinguió aparatosamente los procesos de socialización protectores que definió tibiamente el Estado de bienestar. Dejados a su suerte, los actores sociales que pudieron recolocarse con inteligencia en las esferas del mercado,- clase media generalmente- desplazaron estrepitosamente a las enormes mayorías, que desde ese momento histórico sobreviven creativamente en los subsuelos de la cultura popular. Pero no todos lograron amoldar sus esquemas de saberes a las nuevas situaciones del patrón actual de poder.

En la medida que el marco institucional fue intervenido por la dictadura militar, su busco desde ahí disciplinar las fuerzas sociales y excluirlas paulatinamente de la dirección de la política económica. Esto trajo consigo que no se completara el ciclo de formación de las economías nacionales, y por tanto, quedo marcadamente fuera del ejercicio de la producción de sentido, las características que estaba adoptando tímidamente la cultura nacional. Al arrancársele a los actores internos la confección de la producción de una intersubjetividad autentica, la cultura diversa que rechazo la totalidad moderna se fue moldeando alrededor de la fragmentación étnica que soporta el país. En otra palabras, la diversidad que no fue superada por el discurso homogeneizante del Estado-nación, se convirtió en el principal obstáculo real para consolidar una cultura democrática, por que la incertidumbre que despertó el proceso brusco de cambio macro sociales, desanimo al individuo a  abandonar sus matrices culturales originales.

En este sentido, las regiones que recibieron los efectos ideológicos del proceso revolucionario, y que paradójicamente fueron excluidos completamente de los centralizados procesos de modernización, percibieron que la expresión de su identidad, a trabes de significativos mercados internos, fue privada injustamente de los parabienes de la modernidad. Al quedar estrangulados su iniciativas económicas, y al quedar asfixiada, mas que eso, la expresión cultural de sus identidades locales, estos actores violentamente excluidos, sintieron que el sector criollo de la elite privada, destruya las condiciones institucionales de su desarrollo y traicionaba culturalmente todo aquel sistema de significación y de valores nacionales que había propagandeado vilmente el discurso revolucionario. Demolidas las bases ideológicas de la tradición e incompletos los rasgos generales de una cultura nacional moderna, estos sectores de la sociedad se percibieron atrapados en un círculo vicioso de frustración social, razón por la cual, la historicidad que generaron los procesos de modernización no encontró más punto de escape que la absurda violencia política. El razonamiento de hacer estallar el complejo hegemónico del Estado liberal, con la explosión desesperada de un ciclo interminable de violencia, no se explica más que por la idea de que el giro económico político que imprimió el cáncer del neoliberalismo, provocó un desgarramiento esquizofrénico en el seno de las relaciones sociales; desgarramiento que explica el hecho  de que el grueso de la población no se adaptara a los bruscos cambios que la metafísica empresarial ocasiona en la sociedad, y por tanto, se siente desprovista de los recursos necesarios para gestionar las crisis subjetivas inherentes al mundo administrado. La existencia de la violencia estructural no se comprende por la eficacia política para constituir una propuesta legítima de cambio social, esto está descartado de raíz.

El esfuerzo neurótico de sustituir la democracia formal – caricatura de un orden que solamente favorece a los grupos de poder económicos- por una propuesta lógicamente inviable, me hace delinear la hipótesis de que la tragedia sociocultural que significó la avanzada terrorista, no busca comportarse como una propuesta alternativa al orden social sino como un intento desquiciado de hacer explosionar las relaciones de poder desde dentro, con la única consecuencia de interrumpir seriamente el curso de la vida social, que desde mucho antes depende de las ficciones conceptuales del aparato de dominación capitalista. En tanto la vida dependa de los complicados procesos de abstracción que definen al capital será  muy difícil dirigir la violencia histórica, con el propósito de hacer estallar la compleja arquitectura conceptual que el mundo administrado propaga en las mentalidades. Si no existe en sustitución de la vida cotidiana que extiende el capital una formidable propuesta de construcción de una nueva ontología de la acción social, será muy difícil aprovechar las descomunales capacidades creativas que la razón histórica despierta.

Entendiéndose que la sociedad ha cambiado en la dirección de las oportunidades que abre le capitalismo, y que por tanto, la vida se identifica velozmente con el sistema de significados que propaga la maquinaria audiovisual, se comprenderá también que la existencia de contradicciones socioculturales de nueva estirpe en el seno de la sociedad, obliga a la evolución acelerada de la izquierda, con el objetivo de interpretar adecuadamente la realidad social, y sobre esa base refundar científicamente la  aventura racional de la transformación de las relaciones sociales. El hecho de persistir en el estudio de los héroes de la izquierda, sin la posibilidad de superarlos dialécticamente, desperdicia las facultades mentales para la creación de un nuevo discurso total desde la óptica de la periferia, que interprete hasta los fenómenos sociales más superficiales desde la visión de la izquierda. No sólo el hombre de izquierda debe arrebatarles el monopolio de la explicación cultural a los actores más desarrollados de  élite intelectual, sino además debe renovar su discurso a las nuevas necesidades, con el propósito de impactar consistentemente en las mentalidades populares, otorgándoles una verdadera posibilidad de desarrollo desde nuestra particularidad civilizatoria. Cuanto más la izquierda desenmascare las  relaciones de poder a nivel macro social y además cotidiano, tanto más hallará el pueblo en el lenguaje de la negación capitalista los recuraos cognoscitivos y los valores ideológicos para sacar adelante a nuestro país. La negación no debe atrincherarse en la nostalgia a las formas sociales pasadas, descartando las posibilidades reales del mundo objetivo, sino debe a partir del conocimiento profundo de las formaciones del saber global, diseñar una alternativa de transmutación radical de las estructuras semánticas, que al final  son las que más persisten en la infamia de la cosificación.