Punto de Encuentro

El presidente en su laberinto

Aunque muchos hayan quedado deslumbrados con la propuesta de adelanto de elecciones generales planteada por el Presidente en su discurso de 28 de julio, es necesario advertir que la idea –además de no ser original- insiste una vez más en lo único que el mandatario ha hecho muy bien desde que asumió el cargo en marzo de 2018: exacerbar la confrontación política y utilizar una sesgada lectura de la “voluntad popular” para mantener en permanente tensión al sistema político y generar, con ello, un clima de zozobra e incertidumbre que mantiene en vilo y paralizado al país. Y es que, más allá de los cuestionamientos formales a la propuesta y a su conocimiento y aprobación (o no) por el Consejo de Ministros; lo cierto es que la estrategia presidencial siempre apostó por una suerte de pressing desgastante contra el actor político que es una buena piñata, cuando de desahogar la molestia ciudadana se trata: el Congreso de la República.

Sólo así es posible entender que, luego de transcurridos dieciséis meses de gestión, lejos de avanzarse en una real consolidación de la institucionalidad del sistema y la tan preconizada mejora de la representación política, se haya apostado deliberadamente por agudizar los enfrentamientos y dirigir los ojos de la opinión pública a un Legislativo que, sin ninguna duda, arrastra serios problemas referidos a su conformación y funcionamiento; pero recordando que tampoco es el culpable de todos los problemas nacionales, y menos pensando que su cierre será la solución de ellos.

En lo personal, el proceder del Ejecutivo nos parece poco menos que ilógico. A pesar de sostener hasta el cansancio que podía disolver el Congreso luego de que no se respetara la “esencia” de sus iniciativas legislativas, simplemente no lo hizo, y –por si fuera poco- lejos de activar inmediatamente la sucesión constitucional consagrada en el Art. 115 del Texto Fundamental de 1993 (con la renuncia del Presidente y su Vicepresidenta), opta por el camino de someterse a las tribunas y trasladar la decisión al Congreso para que éste resuelva si se quedan o se van (supuestamente todos), siempre bajo la atenta mirada de un “pueblo” cortoplacista, poco reflexivo, de análisis principalmente coyuntural y fácil de impresionar con planteamientos efectistas.

Como bien resaltara el profesor Joseph Campos en un comentario de Facebook esta semana, es bueno recordar que el pueblo no solo no es infalible, sino se presenta sumamente volátil e irresponsable en sus afectos y decisiones, más aún cuando es habilidosamente “coordinado” por los autoproclamados representantes de la “sociedad civil”, que –por cierto-no han sido capaces de ganar ni una sola elección en su vida. ¿Acaso no fue el “pueblo” quien eligió, endiosó y justificó a Fujimori en abril de 1992 cuando cerró el Congreso, y luego lo bajó del pedestal y lo condenó? ¿Acaso no ha sido el “pueblo” quien se dejó seducir por muchos Presidentes y autoridades locales –creyente en promesas antitécnicas o discursos cargados de “igualitarismo”-, y que ahora se encuentran presos o fugados por estar involucrados en gravísimos actos de corrupción?

Por tal razón, es indispensable tener presente que todo “pueblo” –en tanto sujeto político y humano que es- no solo es proclive a equivocarse, sino que, en muchas ocasiones, lo hace de forma absolutamente grave; por lo que a todos aquellos propugnadores de la frase “vox populi, vox Dei”, habría que recordarles muchos de los gruesos y reiterados errores cometidos en nombre por una voluntad popular exacerbada, en este y otros sistemas políticos, por lo que sí “la voz del pueblo es la voz de Dios” a veces, de verdad, nos provoca ser “ateos”.

Si bien la propuesta de adelanto de elecciones generales se encuentra en lo “constitucionalmente posible” –siempre que la reforma constitucional proceda-, cabría preguntarse si realmente existe un nivel de conflictividad social y política que amerite llegar a tan drástica decisión, más aún cuando el país viene arrastrando desde hace varios años un peligroso estancamiento económico que se trata de justificar en factores externos o de mercado, olvidando convenientemente la incertidumbre que toda confrontación política –y con más razón la que es permanentemente azuzada- genera en el sistema en su conjunto.

Así las cosas, nos queda claro que el Presidente Vizcarra se encuentra inmerso en un laberinto que él mismo ha generado por su mala comprensión de la problemática del sistema político peruano, la misma que –más allá de un Congreso progresivamente poco “representativo”- supone la ausencia de actores institucionalizados (partidos políticos) capaces de convertirse en verdaderos canales de una participación ciudadana seria y responsable. Frente a ello, en lugar de optar por una política persuasiva y de negociación que fortalezca a todos los actores políticos –lo cual resulta de suma importancia y necesidad en sistemas político divididos como el nuestro-, nuestro Presidente ha preferido la siempre atractiva –y convenientemente distractiva, por cierto- estrategia del “pecheo”, olvidando que el desgaste que genera tal perspectiva es absolutamente contraproducente para el sistema político en su conjunto.