Punto de Encuentro

Pelando la cebolla de la crisis política

Martin Vizcarra tiene la caja de pandora. Esto es evidente. Basta con observar todas las pestes y calamidades que ha liberado sobre el escenario político nacional, sobre la economía en términos micro y macro, sobre la seguridad ciudadana en todos los ámbitos, sobre el manejo de la situación migrante con motivo de la crisis humanitaria en el hermano país de Venezuela, entre otras perlas que nos va dejando esta gestión. Quien escribe estas líneas ya había observado en anteriores comentarios la mediocridad, actitud dictatorial y falta completa de norte político del ahora Presidente accesitario. Sin embargo, a raíz del reciente escándalo político que presuntamente vincularía a altos funcionarios del régimen de Vizcarra con la corruptora Odebrecht, considero pertinente opinar sobre el pésimo papel que viene haciendo Martin Vizcarra, quien termina sorprendiendo con nuevas y creativas maneras de demostrarnos a todos los peruanos que no es más que un fantoche, un chiste de mal gusto en la cena de Navidad que amarga la noche.

Antes de hacer cualquier tipo de análisis de fondo sobre la crisis del gabinete ministerial que remeció el cimiento mismo de la estructura orgánica de Palacio de Gobierno el pasado 13 de febrero, considero adecuado hacer el siguiente apunte. Esta crisis política es como una cebolla, así que hay que ir analizando cada capa para poder entenderla.

Si bien es cierto que buena parte de la labor del Presidente de la Republica es dirigir el manejo político del país, tratando de generar consenso entre las diferentes fuerzas sociales para poder desarrollar su programa de gobierno, también es cierto que el Presidente de la Republica es el encargado de la gestión de los recursos públicos para garantizar la plena satisfacción de los derechos de los peruanos y promover su desarrollo como seres humanos, tarea que la tibia gestión de Vizcarra ha desaprobado con un vergonzoso 05.

En la línea de lo anteriormente expuesto, es evidente para cualquiera que la gestión de Martin Vizcarra no tiene un programa de gobierno que oriente los esfuerzos del Presidente. Pero, ¿Qué es un programa de gobierno? Un programa de gobierno no es la acumulación de propuestas electoreras, diseñado para ganar votos en una elección. Un programa de gobierno es la síntesis pragmática de una determinada forma de entender la realidad peruana, preferiblemente desde un marco ideológico que oriente este programa. Es decir, es un plan elaborado con el propósito de dirigir el país en un determinado rumbo político/económico/social, para lo cual establece metas de corto, mediano y largo plazo. Estas metas deberán ser alcanzadas progresivamente a través del desarrollo de políticas públicas. La labor del Presidente en términos de gestión es, principalmente, que estas políticas públicas se lleven a cabo de manera eficaz y eficiente. Para ello, cuenta con un gabinete de ministros que planean, ejecutan, supervisan y evalúan las políticas públicas de acuerdo a sectores.

Programas de gobierno como el que se ha descrito solamente pueden ser desarrollados utilizando niveles elevados de organización y estructura, como sucede en los partidos políticos de alcance nacional. Una organización de este tipo permite mantener una estructura activa en todo el territorio nacional, que pone en contacto al pueblo con la fuerza política que pretende representar sus intereses en el ejercicio del poder. Así las cosas, el programa será un reflejo de las necesidades y demandas sociales y también será una hoja de ruta para la satisfacción de las mismas.

Vizcarra se jacta abiertamente de no tener bancada en el congreso, de no pertenecer a ningún partido y de que el único respaldo que necesita es el del pueblo, manifestado a través de encuestas de opinión. Es evidente que una persona así no entiende el ejercicio del poder como la consecución de metas progresivas hacia el desarrollo. Esta es la actitud de una persona que está tratando de sobrevivir día a día, sin un panorama claro de lo que se avecina en el futuro. Esta es la actitud de quien se aísla en el poder, escuchando solamente a sus allegados, quienes nunca tienen una palabra dura para con “El Presidente de la Republica”.  Entendiendo que esta es la actitud del Presidente, no extraña, entonces, la crispación política que sucedió frente a los miembros del ahora disuelto congreso. Si el presidente no puede ni si quiera dialogar con sus propios ministros, ¿Qué podía esperarle a un congreso lleno de Heresis, Bartras, Sheputs y Mulders?

Las consecuencias de tener un presidente que se maneja con esta actitud y sin programa pueden verse en la realidad, en el día a día de los peruanos. Por ejemplo, aquellos que fueron avasallados por las fuerzas de la naturaleza en el norte del Perú y en el terremoto de Loreto siguen sin tener acceso a planes estatales que promuevan y proliferen la reconstrucción. Al día de hoy hay personas viviendo en carpas en ambas localidades por la ineptitud de Vizcarra.

Por otra parte, la mega infraestructura que el país necesita para continuar con la onda del crecimiento macroeconómico está completamente paralizada por los escándalos de corrupción que el gobierno aún no sabe cómo manejar. En este panorama, ahora inclusive se han empezado a judicializar obras que llevan años paralizadas, como es el caso del gasoducto del sur. ¿Qué empresa respetable va a querer venir a construir trenes eléctricos, carreteras que integren a los pueblos más alejados, hospitales y colegios adecuadamente implementados cuando el Presidente es un prepotente golpista que no tiene programa? Más aun, sin programa ¿Qué criterio empleara el Presidente para priorizar que obras deben hacerse primero?

Siendo el Perú un país minero, el manejo de las tensiones asociadas a la actividad minera son un reflejo más de lo que vengo exponiendo. Al no tener Vizcarra un norte ideológico con un derrotero programático, no toma postura clara frente al tema de la minería en el Perú. Esto genera incertidumbre tanto en las empresas mineras como en las comunidades aledañas a los yacimientos. El ejemplo más claro de la falta de liderazgo y cobardía del residente accidental de Palacio de Gobierno es el proyecto “Tía María”, en Arequipa. En este, el Presidente ha desautorizado al Concejo de Minería, ha engañado a la población y le planea dejar la papa caliente al siguiente gobierno. Mientras tanto la gente sigue abandonada en las comunidades y las empresas miran a otros países para invertir.

Como el Presidente no tiene la capacidad de llevar a cabo la complejísima tarea de sacar adelante políticas públicas, porque no escucha a nadie que no sea su ayayero y tampoco tiene programa que le oriente, la gestión de Vizcarra se ha limitado a producir tensiones políticas en torno a cualquier polémica, real o no, que pudiera surgir. Es decir, en lugar de gobernar, la gestión de Vizcarra se ha dedicado a pelarse con los otros poderes del Estado para generar la apariencia de que si no se ha avanzado, es porque existe obstruccionismo. Tristemente para los peruanos, con el Congreso disuelto hace ya varios meses, la presente crisis del gabinete ministerial es la prueba más fehaciente de que el problema nunca fue el Congreso. El problema fue la incompetencia e inutilidad de quien detenta el poder de manera caprichosa, obtusa y egoísta.