Punto de Encuentro

Doctora Matilde Caplansky

En el «pequeño país frío» de Neruda, en la ciudad de Valdivia, nacía hace justo 80 años una niña de madre nacida en Barcelona, aprista —Alicia Lasanta—, actriz, y de padre chileno —Héctor Ureta—, ingeniero, comunista. En una familia culta, bicultural como otras tantas en tiempos del General Benavides en el Perú y su persecución política. Su infancia chilena será marcada por el divorcio de sus padres, y entonces la niña llega a la templada Lima, teniendo unos 8 años, de la mano de su nana materna. Ocurre que Matilde lleva el nombre de su abuela Astete Chocano, una descendiente del conquistador Miguel de Estete (uno de los 13 de la Isla del Gallo), una anarquista y todo un personaje de novela. Su nieta marcará su tiempo por romper paradigmas: ser la primera mujer psicoanalista en el Perú (1985) y viniendo de la psicología, no de la medicina. Se ha vuelto un ícono de la defensa de los derechos de la mujer. Una maestra, reconocida y querida. ¿Cómo lo logró y qué piensa? He aquí una breve semblanza, entrelazada.

Ser y sentir. «Tengo dos cualidades esenciales: soy muy chambera y muy generosa», se resumió alguna vez. Chambera, estudiosa, sin duda, pero también ese don, el saber leer a los demás, que ha vuelto su profesión, cosa no siempre posible para las mujeres. Ya en su juventud su ojo clínico asombraba a su entorno: «Esta te va a traicionar». «Fulano no te va a pagar». «Mengano es un mentiroso». «Esta pareja no va a durar». Su agudo don lo asume siempre, es como ser una «bruja buena». Tres minutos le basta para detectar si está en presencia de un loco o no. «Nació para psicóloga», dicen sus amigos de toda la vida. Al don, se ha sumado el conocimiento. Precoz, aprendió a leer solita y devoró cuantos libros de la biblioteca familiar había. Hasta hoy, los cuida y precia: «el libro como objeto físico es importante», se le puede acariciar, oler, es doblemente objeto de placer. Así fue descubriendo, desde muy pequeña, la complejidad del ser humano en las novelas para grandes. Sin hermanos y con padres muy ocupados, expresa tener un recuerdo triste de su infancia. Pero a los 9 años, ya en Lima —«un pueblo chiquito» pese a su extensión y «que vive del chisme», no quería estar más triste cuando la dejaban sola en casa. Y optó por «vivir intensamente», mucho antes que Violeta Parra compusiera su canto a la vida. Qué mejor que  prepararse un buen guiso¡! Sin darse cuenta, había leído muchas recetas de cocina y así probando, se fue educando en el gusto y su disfrute. La gastronomía peruana reinventada, la viene promoviendo desde mucho antes que Gastón Acurio. Si bien ha formado a generaciones de psicólogos, también ha educado a varias otras, empleadas domésticas, en el buen comer y el buen vivir. Una escuela del saber vivir.

Amar. Familia, amigos, mascotas. ¿Y quid del 'poliamor', tan en boga? «Eso se llama promiscuidad, en psicoanálisis y psiquiatría». Definir puede matar pero también curar. De acuerdo a su tiempo, se casa temprano y es madre antes de los veinte años.  «La maternidad es la que imprime en el recién nacido la posibilidad de amar o no. Es fundante». Y este lazo «va a influir de manera inconsciente en cada uno de nosotros buscar lo parecido o contrario a la madre». La unión no camina, se separa, sigue formándose siendo estudiante destacada y disciplinada. Vuelve a casarse a los 28 años, con Marcos Caplansky, su compañero argentino de siempre hoy fallecido. «La vida te da y te quita, caprichosamente» —escribió en algún momento—. El azar, la suerte, lo que nadie controla, simplemente toca. «Siento que la vida me ha dado mucho, pero las veces en que me ha quitado ha provocado un abierto desgarro.» A Marcos está dedicado su libro Apego, vínculo y amor en la pareja, reeditado el año pasado. Marcos, es su larga y feliz «historia compartida», esa que construyen las parejas y que, en muchos casos clínicos, se vuelve inercia, «una fosa», por el solo «temor a la soledad». Ahora bien, para ella «no hay que temerle: la soledad es compañía». «Cuando aprendes eso, eres libre». Mensaje para el hombre (o la mujer) que no podía irse.

«La forma más refinada del amor» es así como define la amistad, por su «gratuidad» y su «intensidad». Matilde tiene amigos «de la infancia, la adolescencia, de toda la vida» y los cultiva como «uno de sus tesoros». Todo su cariño pasa inevitablemente por el arte culinario 'hecho en casa'. Ante las pérdidas, recuerda que «las personas son insustituibles», y que «no se puede volver a querer a nadie más de la misma manera». «Porque hay tantas formas de amar como personas en el mundo». El amor fluye también en el cuidado de las mascotas que la acompañan, siempre. «Ellas sí, son sustituibles. Una puede reemplazar a otra, con otro carácter». Deseados, adoptados o herencias, gatos, perros y loros cohabitan a sus anchas, devolviendo multiplicado el cariño recibido. «Yo no concibo vivir la vida sin mis animales». Saca las uñas ante cualquier maltrato animal que tanto dice de quien lo inflige.

Pensar. «Ser psicoanalista» —puro Freud— «es una forma de vida. Una ética. Lo moral y lo ético constituyen las metas de la civilización occidental» que ella, en tanto que extremo-occidental, asume plenamente. Humanista, a esas alturas de su vida, se sigue preguntando «por qué las mujeres siguen siendo maltratadas y asesinadas en el grado que lo son. Tantos años de clínica y aún no tengo una respuesta.» Le preocupa mucho la sociedad peruana: «si bien la especie es proclive al engaño y al fraude, la masa completa del Perú está menos civilizada que la de otros pueblos. Hoy por hoy el tejido social es anómico totalmente.» «No hay hombre más indeciso que el peruano. Puede ser que los hombres griten, pero las mujeres mandamos». Y si globalmente observa que «las mujeres todavía somos esclavas de la sociedad», acusa: «¿Quién lleva adelante el machismo a ultranza? ¿Los hombres? ¿O las madres que críamos a esos hombres? ¿De dónde han salido esos hombres? De nuestras barrigas. ¿Quién les ha enseñado? ¿Quién les enseña ‘Teresita, sírvele a tu hermano’, ‘llévale el desayuno a tu papá, ‘lava su ropa’? La madre enseña eso. Las mujeres somos guardianas fieles y feroces de una tradición antifemenina.» ¡Las madres!... «¿Y qué es el machismo? Es un sentimiento de grandeza, de omnipresencia, omnipotencia, de ser superiores y de creernos chiquitas, tontitas, idiotas, menores e infantiles; alguien a la que le dices cállate cojuda porque tú no sabes ni de lo que hablas.» A ese machista, le contrapone la «mujer fálica» —tal como define a la limeña—, «proactiva, segura», con quien fácilmente puede chocar, pero también lidiar mejor, amansar. En cuanto al acoso, tan sobredimensionado al punto que coquetear se ha vuelto un ejercicio peligroso, recomienda a las mujeres peruanas «volverse sordas o taparse los oídos con cera. Estudiar más, viajar más, ser más sabias, divertirse y gozar de esta estupenda vida. Pero sobretodo, hacer poco o nada de caso a los prejuicios.» Sabia. ¡Feliz Cumpleaños, Mati!