Punto de Encuentro

El Apra entre dos orillas ochenta años de aprismo

Precisiones a la segunda edición (parte 1)

HUGO GARCÍA SALVATTECCI

A Alejandro,

Mi amadísimo nieto

Introducción

En las últimas décadas del siglo XX se fueron sucediendo una serie de hechos que modificaron, desde sus cimientos, todas las teorías políticas que imperaba en la última centuria. Entre ellos se pueden destacar:

La caída estrepitosa del sistema económico imperante en los países que se autode­nominaban socialistas y que propició la desaparición del sistema político diseñado por Marx e instaurado por Lenin y Stalin, básicamente en la Europa oriental.

Los vertiginosos cambios que se vienen dando en el campo de la filosofía, de la ciencia y de la técnica y que han llevado, con razón, a desconfiar de las ideologías tradicionales.

La internacionalización, o como ahora se dice la globalización de la economía que se ha impuesto con toda la fuerza de lo irreversible, y que ha dejado atrás todas las teorías sobre el imperialismo.

La hegemonía, prácticamente solitaria, de una potencia mundial que quiere imponer a todo el mundo, cuando no sus intereses, sus criterios de verdad y su modelo de vida. El carácter prepotente de dicha hegemonía ha quedado patentizado en lo sucedido en Iraq y el peligro que dicha experiencia pueda repetirse en Irán, o en otros países.

La revolución en los sistemas de comunicación que, como lo había vislumbrado Jaspers, permite que por primera vez en la Humanidad se pueda hablar de una Historia auténticamente universal.

El incremento, a nivel mundial, de los índices de desempleo y de pobreza que el Papa Juan Pablo II las ha denominado las grandes lacras de la época contemporánea.

La desconfianza frente a los Partidos Políticos tradicionales y el desencanto frente al sistema democrático, cuya crisis se hace sentir a nivel mundial.

A ello habría que añadirle, en el Perú, los profundos cambios estructurales y económicos realizados por el Presidente Fujimori, orientados a la economía del mercado, pero descuidando su función social.  Fujimori dejó la sensación de orden y de buen gobierno que todavía valoriza un importante sector de nuestra población. Lamentablemente, todos estos aspectos positivos de la década Fujimori, estuvieron unidos a una reorganización del país que terminó poniéndolo a disposición de una auténtica mafia, lo que no tiene parangón en toda nuestra historia. Hay muchas personas que consideran que éste ha sido uno de los mayores dramas que ha tenido que afrontar el Perú, más todavía si se tiene en cuenta que muchos vieron en Fujimori la gran esperanza de redención nacional.

La mafia, sólo aparentemente, estuvo dirigida por el célebre Vladimiro Montesinos, a quien el primero en denunciarlo, desde la década de los setenta, fue mi hermano materno el Mayor José Antonio Fernández Salvattecci, que falleció víctima de una extraña enfermedad, aparentemente inducida, en 1999.

Una mafia institucionalizada terminó apoderándose de todos los Poderes del Estado y de todas las instituciones públicas, para saquear al país. Pero también se propuso apoderarse de la conciencia de los peruanos a través de los más sofisticados mecanismos psico-sociales, y contando con la complicidad de la mayor parte de los periódicos, de las revistas, estaciones radiales y canales de televisión.

Montesinos y Fujimori están, desde hace muchos años, presos, pero el sistema inmoral que se implantó continúa plenamente vigente. El modelo de hacer política que se implantó en 1990, no ha desaparecido con Fujimori y Montesinos, sigue rigiendo en el Perú. Muchas veces lo más pernicioso de una dictadura no está en las personas que históricamente la encarnaron, sino en los segundos que suelen cometer mayores atrocidades teniendo como escudos a los que dan su nombre y su rostro, para luego traicionarlos y continuar con el gobierno siguiente. El caso peruano es ejemplo de ello. 

El objetivo de la mafia, desde hace treinta años (en mucho de ellos ya no se encuentran ni Fujimori ni Montesinos), es hacer desaparecer a los Partidos Políticos, desprestigiar la política y las ideologías, inmovilizar a las personalidades nacionales que pueden generar una corriente de opinión adversa, a través de la calumnia y de la mentira, secundado por una prensa servil que se ha convertido en una de nuestras mayores vergüenzas nacionales.

Este nuevo quehacer político está unido a un creciente empobreci­miento de las grandes mayorías nacionales, a la pérdida completa del estado de derecho, a la desastrosa experiencia de haber abortado el proceso de regionalización con la departamentalización, y a la pérdida del mínimo respeto que se merecen las personas y las institucio­nes.

Esta situación demuestra que un ciclo de nuestra historia política se ha cerrado irremediablemente. Uno de los aspectos más graves de lo que podríamos denominar “la política de los anti-políticos” es el haber implantado un modelo del quehacer político que trata a toda costa de mantenerse, usando y luego traicionando a los gobernantes de turno. Sus seguidores son los que más abundan en el panorama político actual.

Unido a ello hay un “modelo de cultura cívica”, basada en la delación, en el chantaje, en la intriga y en la falta completa de moral y de escrúpulos, que se ha apoderado de nuestra conciencia colectiva.

Pero, en contraposición, hay un modelo económico, implantado durante el gobierno de Fujimori, que, a grandes rasgos continuó durante el gobierno de Alejandro Toledo y del segundo gobierno de Alan García, que logró en cuatro años duplicar nuestras exportaciones.

A pesar de ello, nunca como hasta ahora, en el Perú se había dado una brecha tan grande entre los pocos que tienen mucho y los muchos que no tienen nada. Esta situación ha llegado al límite de la tolerancia, lo que explica la esperanza frente a los “nuevos rostros”, que sólo son expresión del desencanto y de la desesperanza.

La simple constatación de este hecho debe obligar a revisar todas las tesis e ideologías denominadas “tradicionales”, para descubrir lo que está de acuerdo a los nuevos signos de los tiempos, y lo que no lo está, partiendo que lo que el país exige es orden interno, desarrollo económico y una mayor justicia social.

Con estas reflexiones me propongo rendir homenaje a la obra y a la mística que generaron Víctor Raúl Haya de la Torre, y los grandes hombres que lo acompañaron, y de los que yo personalmente tanto aprendí, como sería el caso de mi Maestro Luis Alberto Sánchez, de Ramiro Prialé, de Luis Heysen, de Luis Rodríguez Vildósola, de Enrique Delgado Valenzuela y, sobre todo de mi madre y de mis tías. Lo hago al conmemorarse los ochenta años de la fundación del Apra.

Los Partidos Políticos deben reestructurarse

Constatamos, de modo general, que las ideologías y las posiciones políticas, válidas hasta 1990, no tienen nada que ver con nuestra actual realidad histórica. Los Partidos Políticos deben repensar su ideología y adecuarla a los signos de los tiempos. Por utilizar el título de una obra de Luís Alberto Sánchez, debemos estar dispuesto hacer un “balance y liquidación” de toda la etapa política que ha concluido.

Un movimiento, como el Apra, que nació y se desarrolló bajo la impronta de la dialéctica hegeliana, no puede ser ajeno a los balances y liquidaciones que realiza la misma Historia. Tampoco puede perderse en el aparente laberinto de la permanencia y del cambio. Sabe perfectamente que el cambio es la condición y el requisito de una auténtica permanencia, aunque no necesariamente de las instituciones humanas que siempre tienen un carácter histórico y, por ende, finito, pero si del espíritu que animó a los grandes hombres.

Como dijera el mismo Haya, la vida es movimiento, superación constante, o por usar una frase de Unamuno, tan cara a José Carlos Mariátegui, agonía; mientras que la muerte es congelamiento y, por ende, inmovilidad.

Haya de la Torre fue el primero en darnos ejemplo de la permeabilidad que debe tenerse frente a una realidad cada vez más cambiante. Al percatarse de los trascendentales cambios que se sucedieron a consecuencia de la segunda guerra mundial, Víctor Raúl revisó y reformuló todas sus tesis primigenias en "Treinta Años de Aprismo", que en la práctica fue un auténtico balance con su respectiva liquidación, de toda una etapa del Aprismo. Del mismo modo, frente al fenómeno velasquista, repensó muchas de sus ideas primigenias como lo demuestran sus innumerables discursos.

Posteriormente, cuando algunos desaprensivos compañeros, sólo por errados y mezquinos cálculos electorales, trataron de oponer "El Antiimperialismo y el Apra" a "Treinta Años de Aprismo", cometieron la máxima deslealtad con Haya de la Torre y con el Apra, pues por consecuen­cia lógica, los denunciaron de haber traicionado sus ideales primige­nios.

Luis Alberto Sánchez, en su aparente obra póstuma (digo aparente, pues tengo algunas dudas sobre su plena autenticidad), recordaba:

"Apenas muerto el fundador del Aprismo, surgieron equívocas interpreta­ciones dirigidas a negociar su herencia ideológica. Se intentó condenar o exaltar arbitrariamente tal o cual parte de su magisterio político y de su obra escrita, como si se tratara de personalidades y acciones diferentes y hasta opuestas".

Y más adelante añadía:

"Es decir acusaban al autor de haber traicionado su ideario inicial por no repetirlo al pie de la letra treinta años después, cuando había logrado una mayor solvencia en su pensa­miento y una experiencia vital de gran amplitud. Tal interpreta­ción aparte de absurda es necia".

Lo dicho por Sánchez significa que en la liquidación que tenemos que hacer juega un papel importantísimo la falsificación o caricatura que se ha hecho del pensamiento de Haya de la Torre al interior mismo del APRA.

No hubo ninguna traición, ni ningún retroceso por parte de Haya de la Torre. Sólo lealtad y consecuencia. Si hubo algo en exceso, fue la valentía y la inteligencia. Valentía para saber consolidar y rectificar lo que debía rectificarse, aunque ello produjese "escándalo" en personajes sin escrúpulos, para los que en política todo es válido siempre y cuando quede asegurado el cargo político al que se quiere postular. Inteli­gencia para saber descubrir los auténticos signos de los tiempos que nos revelan la realidad que, al decir de Engels, "se descubre y no se inventa".

El papel de la Historia

¡La Historia!, gran maestra, fue convertida en entelequia falaz con la que se quiso justificar todo lo injustificable, olvidando que sus lecciones son del pasado y no "camisas de fuerza" del futuro. Jamás los profetas políticos han acertado, y esa sí es una lección de la Historia. La auténtica Historia interpre­ta el pasado, no describe el futuro. El pretender hacerlo es irrogarse funciones de Dios, que es quien regula todo el acontecer humano por su divina Providencia.

Todo lo que pertenece al ámbito divino es misterio, y aquí es válido aplicar el gran apotegma de Wittgenstein: "de lo que se puede hablar hay que hablar claramen­te, y de lo que no se puede hablar mejor es callarse". Y la Historia, en su dimensión futura, al regularse por la Providencia y no por políticos "mesiánicos" que al ser polvo en polvo se convertirán, está dentro de lo que no se puede hablar, por lo que mejor es callarse.

Pero una cosa es dogmatizar sobre el futuro, apoyándose en el fetiche del siglo diecinueve denominado Historia, y otra cosa el tener los ojos abiertos y los oídos en permanente alerta para avizorar los signos de los tiempos que nos permitan que, como seres inteligentes, creados a imagen de Dios, planifiquemos realista­mente la dimensión material de lo humano, en búsqueda del bien común. Dicha búsqueda es lo único que puede justificar moralmente una organización social.

Para discernir si una decisión política - que regula exclusivamente la esfera económica de la sociedad y no la totalidad de lo humano - es acertada o no, se requiere analizar sus consecuencias para descubrir si genera o no el bien común, esto es, el bienestar no de algunos sino de todos. Si algo enriquece a unos pocos y empobrece a las mayorías, o si algo termina empobreciendo a todos, es algo malo. Y no se trate de justificar ello con un supuesto mandato imperativo de la historia. En todo caso, para utilizar una frase bíblica, "son voces de espíritus que no provienen de Dios".

Sin caer en el mal llamado maquiavelismo que el fin justifica los medios - precisamente porque es un atentado permanente contra el único fin de la política que es el individuo, el ser humano integralmente tomado - hay que reconocer, en toda su simpleza, que todo lo que empobrece, que todo lo que retarda o impide el desarrollo económico, que todo aquello que no genera bienestar sino lo contrario, es malo, y no hay ideología que lo pueda justificar. Además de atentar contra el mandato divino de "crecer".

Pero ésta es sólo una cara de la moneda. No basta hablar de crecimiento económico, pues todo lo social, como lo señala el Magisterio de la Iglesia, está subordinado al bien común. Todos los seres humanos, al ser hijos de Dios, son herederos de los bienes con los que Dios ha regalado a la naturaleza. Y es aquí donde se impone la exigencia cristiana de la solidaridad que, al transfor­mar toda la política, la humaniza.

Partiendo de esta reflexión, básicamente moral, es que vamos a intentar el balance de nuestra posición ideológica, bajo la perspectiva de nuestra propia y actual realidad.

La primera obligación es ver los signos de los tiempos, pues el pretender desconocerlos sólo conduce al fracaso. Para lograrlo existen dos criterios:

Reconocer que todo lo que genera pobreza e impide el desarrollo es malo, hay que rechazar­lo aunque, a fuerza de haberlo escuchado y repetido tanto, haya infectado nuestras mismas neuronas cerebrales.

Por un imperativo humano y cristiano, tenemos que luchar para que la riqueza generada contribuya al bienestar común. Sin caer en posturas socialistas, que por su naturaleza son siempre utópicas, debemos reconocer como mandato humano y cristiano y hasta como postulado económico, que no puede ser estable una sociedad en la que unos pocos tengan en exceso y las grandes mayorías no tengan con qué satisfacer sus necesidades primordia­les.

Importancia de la doctrina social de la Iglesia

Hace algunos años escribí un pequeño libro titulado "El Aprismo y la Doctrina Social de la Iglesia" (1988), el que fuera presentado por los grandes maestros que tuviera en las dos etapas de mi vida, Monseñor Emilio Ballebuona, Arzobispo de Huancayo, y Luis Alberto Sánchez.

En dicha obra traté de demostrar que no había oposición sino grandes coincidencias entre la doctrina social de la Iglesia y lo que siempre propició el Aprismo en su auténtica línea ortodoxa, dejando a un lado transitorias tentacio­nes por la ingenuidad utópica.

Lamentablemente, fueron pocas las veces en las que se analizaron dichas coincidencias en estos ochenta años que nos separan de la creación del Apra. Cabe resaltar, sin embargo, la obra publicada por Luis Alberto Sánchez, en 1933, "Aprismo y Religión" que fuera ácidamente criticada en un folleto titulado "¿Aprista o Católico? (Una réplica)" en la que no se señala el nombre del autor, aunque en el ejemplar que poseo y que le perteneciera al Maestro Luis Alberto Sánchez, éste de puño y letra se lo atribuyera al Padre Rubén Vargas Ugarte. Este opúsculo a su vez recibió una réplica anónima, en 1934, titulada "Catolicismo y Aprismo", que fue objeto de otra crítica más apasionada aún en un folleto titulado expresamente "Aprismo = Anticatolicismo", en cuyo ejemplar Sánchez sólo anotó que fue financiado por José de la Riva-Agüero.

Todo ello pertenece al pasado. Hoy día lo importante es reconocer que la fuente más rica y fecunda para encontrar una salida moderna y humana a nuestros problemas políticos y sociales está en “la doctrina social” de la Iglesia. En ella nos apoyaremos constantemente.

El retorno al ideal libertario

A sugerencia de Haya de la Torre y bajo el paternal asesoramiento de mi gran maestro Luis Alberto Sánchez, me dediqué durante muchos años al estudio del pensamiento libertario en general, y de modo especial al estudio del gran reformador del Perú Don Manuel González Prada. Dicha investigación me llevó a la fuente misma de su pensamiento, al viejo pero siempre joven Proudhon.

Fruto de estas investigaciones, efectuadas durante tres décadas, fueron mis tesis universitarias "Análisis crítico del pensamiento religioso de González Prada" (1969) y "El Anarquismo de González Prada" (1970), recopiladas luego en mi libro "El Pensamiento de González Prada" (1972) cuya nueva edición reestructura­da se publicó con el nombre de "Visión de un Apóstol" (1990). Fruto de ello fueron también mis obras sobre el Anarquis­mo: "El Anarquismo y el Marxismo en el Perú" (1972), "Anarquía: ciencia y revolución" (1984) y "Anarquía: filosofía y derecho" (1986). También, por supuesto, "Sorel y Mariátegui" (1978) y "Haya de la Torre o el Marxismo Indoamericano" (1980).  Al publicar los dos tomos dedicados específicamente a la doctrina libertaria prometí un tercero: "Anarquismo y Socialismo", aunque algo tardíamente, en esta obra, me ocupo detenidamente sobre el asunto.

Por ironía del destino, la historia nuevamen­te replantea la famosa, antigua pero también tergiversada polémica de Marx con Proudhon. Ya quedó atrás la prepotencia triunfalista de los marxistas que les hacía decir que ellos habían sido los únicos que habían logrado efectuar una "revolución irreversible", para quedar demostrado, del modo más descarnadamente brutal, que las objeciones proudhonianas al socialismo eran ciertas, por lo que éste se reduce tan sólo a ser un grito de protesta en contra del hambre, la desocupación y la miseria generalizada.

Aunque parezca paradójico, este balance nos conduce nuevamente al viejo luchador francés, cuyo pensamiento fue uno de los que ejerció mayor influencia en el joven Víctor Raúl. El pensamiento libertario no debería ser desconocido a ningún aprista.