Punto de Encuentro

¿Qué celebra el Perú en 28 de julio?

Celebramos la Proclamación de la Independencia. Lo hemos recitado por ciento noventa y nueve años consecutivos. Pero, ¿acaso la independencia no se concreta sino en 1824? Por otra parte, tampoco son ciento noventa y nueve años de institucionalidad republicana los que forman parte del festejo, ya que la consagración del vigente ordenamiento político nacional se produjo, recién, el 12 de noviembre de 1823 con la promulgación de la primera Constitución, aquella autosuspendida en vísperas.

Perú celebra una proclama. México así lo hizo, también, pero en 2010, al rememorar doscientos años del Grito de Dolores. Aguda distinción es que los hijos del Anahuac no dudasen en señalar la primera proclamación como su día insigne; la primera proclamación, no la intermedia, no la última.

Queda claro: no celebramos la fecha de partida republicana. ¿Rendimos homenaje, entonces, al origen de nuestro propio tropel independentista?

Debate sin fin es considerar, o no, como origen de trama independentista a la gesta de los esposos Condorcanqui Noguera y Bastidas Puyucahua (1780 -1781), de convencido propósito separatista de la corona española, al final de su trágico empeño, pero de manifiesta vocación dinástica como Inca Rey del Perú, “desde Santa Fe de Bogotá hasta la Patagonia… Distribuidor de la Divina Piedad”. Enhiesto, Condorcanqui, proclamando la abolición de las esclavitudes (1780), no tuvo -siquiera- curiosidad republicana; dato comprensible cuando su difundida rebelión estallara a solo cuatro años de la Declaración de Independencia de las ex colonias norteamericanas de Gran Bretaña (1776, recién concretada la victoria en 1883), pero, adelantado en siete años a la rúbrica de la primera “Carta Magna” americana (1787) y con ventaja en nueve años de la precipitación revolucionaria en la Francia de Luis XVI. Lo dicho: debate sin fin. Prosigamos.

Sin desconocer que el denominado “proceso” de independencia americana fue un fenómeno de innumerables, cambiantes y vertiginosas fases que muestran apabullantes tensiones y reculantes intenciones, en un vaivén de definiciones coyunturales, podemos asegurar que otros países americanos sí reconocen un punto exacto de arranque.

En esto, Perú hace la diferencia, una peculiar diferencia. Con respecto a la mayoría de sus hermanas repúblicas, este país andino no celebra el origen de su movimiento emancipador destacando eventos coetáneos en la vecindad sudamericana tras la instauración de alguna Junta de Gobierno propia (Tacna y otras provincias, 1811 en adelante), como sí sucedieran tales acciones en otroras dependencias virreinales de Nueva Granada o del Río de la Plata que dieron paso a la postrera formación de los futuros Estados, no, no lo hace. Incluso, algunas de dichas ex dependencias marcan su onomástico patrio con la fundación de efímeras, pero inspiradoras primeras repúblicas (intentos de institucionalidad descuajada curiosamente repelidos, en gran medida, por el Perú virreinal). Así lo conmemoran Venezuela (los "Estados Unidos"), Colombia (la "Patria Boba") o Chile (la "Patria Vieja"), todas estas en 1810, y tantos más.

¿Celebramos el punto final del proceso revolucionario? Tampoco. La culminación de la hazaña separatista sabemos que se logra luego de darse cita aquí -sí, aquí- corrientes libertadoras sureña y norteña para concretar la presea de la tan resistida plaza limeña. Pero, la gloria estuvo en Ayacucho (diciembre, 1824). Por lo tanto, no corresponde la agitación del pendón bicolor peruano con la proeza bolivariana.

¿Qué sucede, entonces? ¿Es que la proclamación de independencia del Perú tiene peso liviano? Todo lo contrario, sin Perú, muy probablemente, los demás pabellones en periodo formativo no hubieran resistido. Sin Perú, los cimientos frescos de Colombia, Chile o las Provincias Unidas no hubieran conservado calma y, quizás, se hablaría de porosidad criolla y no de espesura republicana.

Aquí, en el Perú, estuvo el mayor poder delegado desde España. Si desde la península se hubiera concebido una letal reconquista, la tan española Lima quedaba, sin lugar a dudas, como centro de operaciones y, tal vez, a gusto.

Grata o ingrata explicación de lo planteado podría ser la siguiente: al recordar la mentada proclamación del 28 de Julio, se hace justicia a la trascendencia política, histórica y geográfica de la ciudad en donde se produjo el hecho. Celebramos Lima, sí, y se abandonan otros hitos. ¿Justicia o injusticia histórica? ¿O es que, Lima representaba -hoyo y remolino- el punto neurálgico de todo lo anterior y posterior? Botones de muestra son las proclamaciones de independencia de Huaura (20 de noviembre, 1820) y de Trujillo (29 de diciembre, 1820) con maniobras hechas por el mismo Ejército Libertador que dejaban despejado el camino a los patriotas en todo el norte peruano. ¿No eran Huaura o Trujillo suficientes como para modificar el almanaque?

Sin prejuicio, acordemos que convencer (a cualquier costo, ¡qué más da!) a la señorial Lima de participar en un fenómeno que reclamaba ya, para 1821, un epílogo digno de su sello y magnitud, no fue tarea sencilla de conseguir. Hubo que persuadir a prelados (que siempre están, Bartolomé María de las Heras, Arzobispo de Lima, ejemplo de esto), a notables (nobleza criolla como Manuel y Lorenzo de la Puente, marqueses de Villafuerte y Corpa y a destacados profesionales como Manuel Pérez de Tudela) o a autoridades principales del cabildo capitalino (empezando por Isidro de Cortázar y Abarca, conde de San Isidro y Alcalde de Lima, a regidores, y a otros funcionarios de diverso escalafón), es decir, a aquellos cuyos mejores representantes, por cada familia, le otorgaron a Lima tipicidad por casi trescientos años. Blasones y renombres estamparon su firma en el Acta de Independencia. Tratar con tales dones de sólida ralea hispana y de estrenado patriotismo no fue nada fácil, ni aconsejable, seguramente, pero así se tuvo que hacer.

Lima se había mantenido firme en su hispanidad hasta el último cuarto de hora. Sin embargo, desde hacía una década, germinaba lo inevitable. Al igual que en provincias rugían rebeliones, en Lima, no solo hubo, en fechas similares, un sin número de conspiraciones (fernandinos, oratorianos, carolinos, abogados, copetudos) o un fino trabajo de espionaje y contraespionaje, en el que resaltan las amorosas labores de ´tapadas limeñas´, de mujeres condecoradas con la Orden del Sol (Rosa Campuzano, “La Protectora”, entre ellas) o de José de la Riva Agüero, tan cercano al Santo de la Espada, que, tuvieron repercusión directa en la todavía Cuidad de Los Reyes, sino que, además, todos estos atrevimientos fueron, poco a poco, perfilando a los súbditos en reacomodo hacia la ciudadanía.

Justo es decirlo porque las provincias y la propia Lima demostraron rebelde inquietud en todo momento. La independencia no fue regalada y, al final, se hizo querida por todos. Pero Lima -creemos- era el punto determinante de todo y para todo, en ese momento. Al bicentenario, Lima llega con rasgos, sino idénticos, parecidos, muy parecidos. Sucede que, a veces, Lima se moderniza a pesar suyo y a pesar de los demás: raro estigma. Las provincias peruanas bien lo saben y han visto demasiadas veces el reverso de la silueta limeña, su espalda. Pero, todo se le ha perdonado, a esta cautivadora ciudad.

Todo lo hecho en aquellos años de insurgencia fue meritorio y el Perú decide reafirmarlo cada año. Sin embargo, la trascendencia de Lima sería, al fin de cuentas, lo que hace flamear banderas rojiblancas, desde hace ciento noventa y nueve años, en balcones y azoteas y en los cuatro puntos cardinales de nuestro mapa. ¿Lima, estigma permanente del Perú? Conjetura no menos complicada que la presentada aquí. Creemos que, desde el primer momento, la Proclamación de Independencia peruana nos sugiere un desafío vigente: Lima aún es el tópos principal del territorio, pero es una de las ciento noventa y seis provincias peruanas, no es más, ni debe dejar de serlo.