Punto de Encuentro

La subvaloración del diálogo

Jimena Guevara

Resulta innecesario explicar lo vivido los últimos 10 días en el Perú cuando seguramente todos, o al menos quienes se dan el tiempo de leer una columna, saben lo sucedido en el país: Un presidente vacado, la renuncia de otro y la juramentación última de uno más. Tampoco les sería noticia nueva si digo que durante 9 días seguidos han habido marchas en diferentes partes del país y Lima, con un fenómeno nuevo de descentralización, y mucho menos es novedoso si aludo a la triste defunción de dos jóvenes a causa de estas protestas.

Sin embargo, me queda la duda de si aquellos que hicieron el llamado a las protestas pudieron avizorar que estas terminarían con heridos y posibles fallecidos. Mi conjetura es que sí. Principalmente porque la represión en las manifestaciones no se inventaron ayer ni son de hoy. Casos cercanos son las marchas contra el indulto a Fujimori a finales del 2017 o cuando en enero del 2015 los jóvenes lograron derogar la Ley Pulpín tras más de 5 marchas que tuvieron gases lacrimógenos de por medio. Estos dos casos y la infinidad existentes en la historia demuestran que toda protesta puede incluir cierta cuota de represión. Incluso uno lo sabe cuando asiste a una. Lo curioso es que en los casos particulares que menciono no recuerdo a personajes políticos con el protagonismo de los últimos días. ¿Será coincidencia que estemos a 5 meses de elecciones? No lo creo. De forma incambiable, si las intenciones fueron recolectar votos y afianzar el electorado o apoyar la democracia genuinamente es una información reservada para su encuentro personal con la almohada. Uno desde afuera no puede asegurar si fue así o no, pero puede mencionarlo para que se tome en cuenta. Aunque si no la vieron venir, creo, deberían revisar la historia o considerar dedicarse a un rubro donde los conflictos de interés no involucren vidas de por medio.

Si bien la protesta es un derecho el cual toda persona puede ejercer, es lógico pensar que la polarización de la ciudadanía es un riesgo, y para algunos beneficioso. Por eso, para próximas ocasiones considero sería apropiado, e íntegro, hacer un llamado al diálogo.

Hemos sido testigos de cómo algunos generalizaban y terruqueaban innecesariamente a los manifestantes, a la par que cientos de jóvenes tomaron el activismo digital para censurar cuentas de opinólogos o presencialmente armar plantones en domicilios de periodistas de perspectivas disidentes. Ambos bandos, sin darse cuenta o a conciencia viva, aumentaron la lejanía entre un frente y el otro, cuando con una crisis sanitaria y económica lo último a necesitar es un país fragmentado. Además, que la posible polarización asfalta el camino a un enemigo en común de todos: los populismos y/o radicalismos.

Justamente por ello el diálogo sirve y debe ser considerado para conciliar las posiciones diversas o contrarias. Es necesario invitar a escuchar al otro desde la humildad sin caer en el fundamentalismo de ser dueño o dueña de la verdad. El diálogo no debe verse como una postura tibia o una salida “terruca”. El diálogo con el que no nos gusta debe ser visto como un valor democrático y su principal vía de solución. Lo otro es violencia autoritaria o un solipsismo inútil.