Punto de Encuentro

Los animales en la ciudad: A propósito del día de Lima

Dr. Pierre Foy Valencia

Abogado y académico

A inicios de la cuarentena pandémica (2020) proliferaban noticias sobre cómo los animales iban recuperando espacios ecosistémicos, sean naturales y culturales –por ejemplo, en las ciudades- frente a la auto reclusión de los animales humanos. Fue como una llamada de atención o anuncio que ahí estaban los animales y no sólo como objeto de utilización o multi usos.

En particular, el asunto de los animales en las ciudades ha atraído mucha literatura especializada e interdisciplinaria de hace buen tiempo, generando preocupaciones demográficas, sanitarias, urbanísticas, lúdicas, literarias, deportivas, entre otras.

La presencia de los animales en la ciudad de Lima, ha quedado atestiguada en muchas de las tradiciones de Ricardo Palma, mencionamos aleatoriamente “El mejor amigo … un perro”. Lástima no haber ubicado un estudio acerca del reputado tradicionalista respecto los animales, equivalente al que hiciera Coloma Porcari sobre las más de 130 especie vegetales en la obra del escritor limense. Cabe traer a colación que, en perspectiva animalística, prácticamente todos los escudos de las capitales en América -siguiendo tradiciones europeas e hispanas- tienen emblemas alusivos a seres animales.

La actual presencia animal en la vida de nuestra ciudad –prácticamente camino hacia una megalópolis- ampliada a todos los conos y zonas de expansión, es impresionantemente avasalladora, lo cual desencadena múltiples valoraciones, sean a favor, en contra o infinidad de matices.

Para el SERFOR, “las especies animales que habitan en las grandes metrópolis como la limeña se les denomina `fauna urbana`”, pudiendo ser naturales (o nativas) y exóticas, independientemente de los animales domésticos, que a su vez pueden ser para la producción o de compañía.            

En este escenario, hay que ir dejando de lado ciertos esquemas de ciudad hoy inaplicables, pues en el caso de Lima Metropolitana, resulta ser un continuum urbano – rural, en muchos aspectos, por lo que dicha dualidad opositora deviene en una odiosa distinción que tendría que ir desapareciendo. 

Y esto ¿qué tiene que ver con los animales?. Pues mucho. Resulta que hay espacios que representan continuum urbanos rurales (1), con importantes ecosistemas y significativa fauna silvestre (vg. zorros, avifauna diversa). Es el caso de las diversas lomas de Lima, los Pantanos de Villa y de Ventanilla, las aves costeras (muchas veces invadiendo los mercados de las ciudades o a expensas de los cables), por citar algunas. Inclusive en muchos sitios urbanos advertimos ardillas en los árboles y cables. Cabe resaltar los animales en cautiverio como el Parque de las Leyendas o el Parque Zoológico Huachipa, muchos centros recreacionales o para fines de zooterapia (vg. equinoterapia) en donde igualmente encontramos diversidad animal. Sin dejar de tener en cuenta los lamentables e inexcusables espectáculos taurinos y de pelea de gallos (2)

Sin embargo, la fauna más clásica para la ciudad, sería aquella de los animales de compañía y callejeros, cargando con la huella humana y sus contrariedades de afectos, compasiones, maltratos, abusos e indiferencias. Los animales de compañía suelen seguir la suerte de sus “dueños” o responsables, como la displicencia y descuido. Se sostiene que más del 90% de perros que deambulan en las calles limeñas tienen dueño, a lo que se suman los cálculos que en Lima habrían más de cuatro millones de perros abandonados. Por ejemplo, estudios de la Universidad Cayetano Heredia han elaborado estimativas de la población de perros callejeros en el distrito de Los Olivos o sino sobre los parámetros demográficos en la población de canes y gatos domésticos en asentamientos humanos del distrito de Ventanilla (Callao-Perú). Estos temas son importantes para asuntos de salud pública y también para considerar aplicabilidad de los mandatos legales sobre el bienestar y protección animal.

Todo el fenómeno del –para algunos controvertidos- proceso del mascotismo, viene dejando una huella indeleble e irreversible en el paisaje de la ciudad y de los hogares limeños. Ciertamente, junto con el de los animales callejeros y sus cuadros dramáticos, a veces atenuado por personas muy sensibles que los apoyan o resguardan provisional o permanentemente, pese a sus limitaciones económicas e infraestructurales, que son inversamente proporcional a su capacidad biofila y compasiva.

Hemos visto casos de egoísmo humano, como el de imputar competencia desleal a las clínicas municipales de parte de las clínicas veterinarias privadas. O cuando se discrimina a los perros y gatos vagos o sin ser vagos, pertenecer a personas carenciadas, como si se tratara de seres zoo-socialmente inferiores a los de sus mascotas mimadas. Seguramente hay imperativos pragmáticos de seguridad sanitaria. Sin embargo, la compasión hacia los animales, como propugnaba el filósofo Mosterín, es una actitud humana digna de tener en cuenta.   

Por último, los animales de producción en la amplia ciudad, igualmente constituye un escenario complejo, desde animales de producción en serie (tipo granjas), hasta pequeños negocios en chacras, en que no se internalizan valores básicos del bienestar animal, incluyendo los de sacrificio indoloro. Sacrificio muchas veces denominado -pareciera que con sarcasmo- como “beneficio”.

Sin duda la culinaria limeña y ciertas actividades de supuestas diversión, que se valen de los animales, deberían adecuarse a los signos bienestaristas de los tiempos actuales.

(1). Se podría decir que hay distritos como Surco y Ate que cuentan con los “tres tiempos” u olas a las que se referían hace más de 40 años los esposos Tofler (La tercera ola).

(2). Matthieu Ricard En defensa de los animales. Asimismo “En defensa del altruismo”.