La casa de fina estampa

Claire Viricel

A veces tenemos gratas sorpresas en medio de un desastre sanitario como el que se vive desde hace un año en el Perú por el Covid-19. Es el caso del libro virtual La casa de todos. Rostros de la calle en Plaza de Acho publicado por la Editorial UPC (Universidad de Ciencias Aplicadas) en diciembre pasado, y que viene enriquecer el género del reportaje casi 50 años después del famoso Cuzco: tierra y muerte de Hugo Neira. No solo lo enriquece sino que lo potencia, por habérselo declinado en podcast y otros soportes audiovisuales de nuestro tiempo. Pero lo que por sobre todo fuerza la admiración es la calidad, el lujo, que el lector encuentra en cada uno de los detalles de su concepción y narración. ¿Y de qué trata? Pues de un sujeto social que incomoda muchísimo, los indigentes de la calle, los sin techo del Centro de Lima. ¿Lima la horrible puede vestirse de lujo? Parece que sí, cuando las artes y la solidaridad logran una fusión al estilo Gastón Acurio que merece ser mejor conocida.

Todo parte de una iniciativa de la Sociedad de Beneficiencia de la capital apoyada por la Municipalidad Metropolitana de Lima ante la declaración del estado de Emergencia y la cuarentena rígida que el gobierno decretó en marzo 2020. ¿Pero cómo imponer una cuarentena a los sin techo? Algo es algo. Se levantó un albergue provisional en un lugar protegido que el mismo decreto condenaba al desuso: la Plaza de toros. Socialmente, una herejía. Ideológicamente, una deconstrucción. Como lo observó una periodista de EFE, Carla Samon Ros, el coronavirus «logró lo que no pudieron hacer años de presión animalista». Las arenas del ruedo por primera vez eran pisadas por personas sin traje de luces ni banderillas, ya no para disfrutar del arte de matar sino salvar vidas expuestas a un virus más letal que el estoque del torero. Así 120 personas de los centenares que se acercaron, y de las más de tres mil que cuenta la capital, encontraron una casa que les brindaría cama, ropa, comida y atención médica en un momento inesperado. Pues «amigos no hay en la calle», como contará el recién llegado Manuel Alejandría Huamaní, alias Ventana, ex preso, 62 años y cuatro en la calle. La mayoría tiene enfermedades, de crónicas a graves, y ello significó acceso a un tratamiento.

Esta noticia llamó la atención de la decana de la Facultad de Comunicación de la UPC, Ursula Freundt-Thurne, que tenía un proyecto con la gente de la calle. Lo tuvo que rediseñar ante las contingencias y el levantamiento del pequeño oasis de humanidad para los olvidados de las políticas públicas. Y logró fondos anglosajones para convocar a periodistas de pluma fina —Luis Cáceres y Carlos Fuller— y fotógrafos laureados—Franz Krajnik y José Vidal— para dar cuenta, durante seis meses, de la vida de los residentes de la Plaza de Acho. Fue todo un reto para el equipo periodístico acercarse a esos personajes que no tenían nada en común salvo su condición callejera. Al principio, fue a través del personal médico que empezaron a saber un poco más de ellos y vislumbraron la arquitectura posible de su libro. Se acercaban entre dos a cuatro veces por semana al albergue para familiarizarse con ellos, «entre ángeles y demonios», con la dificultad que significa tener el rostro semicubierto y un atuendo de cosmonauta que despierta sospecha. Porque a la hora de la distancia social impuesta por el gobierno, ellos ensayaban la «cercanía amical social». Y poco a poco fueron descubriendo historias de vida que merecían ser contadas, no solo para su proyecto sino porque saber escuchar es devolverle la dignidad al que la perdió. Así, entrando en confianza los unos con los otros, los cuatro cronistas se entusiasmaron y vieron que podían combinar la crónica en imágenes, recurriendo al blanco y negro para evocar el pasado de ellos, con la crónica en textos. Mejor aún, teniendo una decena de ellos una historia personal tan peculiar que les gustaba contarla, esas crónicas son a su vez crónicas de cronistas de la calle. «Hemos recogido la poesía de la calle», dirá Luis Cáceres. «Me cubrí con el frío y el hielo de la calle» (Alejandría, también exguardaespaldas de Felipe Santiago Salaverry, aprista asesinado por Sendero Luminoso (18/04/1990). En Acho, piensa que «se está deshelando»). Es el resultado de la empatía que sumada a la compasión hizo que todos ganaron. Para los periodistas, no solo fue un trabajo de campo harto emocional que termina en un libro sino que generó cambios en ellos mismos. Por eso es que el libro se llama La Casa de Todos. La mayoría de los albergados tenía entre 10 y 20 años deambulando en la calle y estaban sin contacto alguno con sus familiares. Por decisión propia o por golpe del destino. Y cuando los fotógrafos les preguntaron si alguna vez se les había tomado fotos, dijeron que no, y que les gustaría verse retratados hoy, para ver qué cara tenían. Sus retratos en negro y blanco son de una prodigiosa calidad y dignidad. El lente profesional capturó un poco del alma y carácter de cada uno, en una época en que los selfies solo atrapan la vanidad y la insoportable levedad del ser. Al verse retratados, dignos de la mirada ajena, unos dicen que se encuentran envejecidos, y otros sienten que recobran la vida, que brillan un poco y piden de repente otra, para enviar a sus familiares que parecían no existir, perdiendo la vergüenza. 

Sería una lástima contar demasiado, hay apellidos sorprendentes como el de Juan Fernando Muñoz Montes de Oca: 62 años, treinta en la calle y en silla de ruedas, por poliomielitis. Pero para despertar la curiosidad, vamos a dar la palabra al señor Víctor Soto Neira para quien «es una desgracia vivir en la calle». Él es un expresidiario y la calle su segunda expiación por sus crímenes: «¿Qué le puedo pedir a Dios? Yo le pedí una camita, un pan, nada más, y me lo regaló. ¿Quién soy yo para pedirle? Yo soy una basura hermano. ¿Tú crees que yo me merezco esto? Yo he hecho daño, viejo. Yo he matado gente, hermano. Yo he hecho sufrir a mi familia. ¿Tú qué crees, que yo soy un chistoso?» Y se le quiebra la voz... Se le puede escuchar aquí: https://youtu.be/4kbm4cUfgkw. https://youtu.be/4kbm4cUfgkw

Este libro testimonial y artístico, muy bien escrito, es un bálsamo en medio de tanto desprecio o indiferencia de los poderes públicos por la vida de los que menos tienen y pueden. Nos recuerda que hay instituciones civiles que cumplen honorablemente su función social y profesionales exigentes para consigo mismos y la sociedad. La portada, que es de la diseñadora Helen Terrones Lafosse, es una recreación manual del traje de luces e ilumina cada una de las vidas erráticas contadas. Se puede descargar el pdf del libro aquí: https://repositorioacademico.upc.edu.pe/handle/10757/653738 Es gratuito. Los editores recomiendan su difusión «con el objetivo de que se cultiven reflexiones y ejemplos solidarios». Gracias a la gestión del actual alcalde Jorge Muñoz y al periodismo de calidad se ha materializado un «bien común» en torno al cual las sociedades progresan.

 

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