Reforma electoral: defecto de origen

“Impulsar esta reforma es un objetivo institucional que debemos apoyar todos, desde donde nos encontremos, por la importancia que tiene para el desarrollo de nuestra patria”, reflexionaba  hace unos días Francisco Távara Córdova, presidente del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), luego de haber sido todos protagonistas de unos comicios muy cuestionados.

Antes que pensar en una reforma electoral que busca limitar la participación ciudadana para crear nuevos partidos, debemos empezar por promover una auténtica reforma política de las organizaciones e instituciones partidarias.  Para  que eso suceda la reingeniería debería comenzar desde adentro y no esperar que foráneos lo hagan con imposiciones legalistas e inaplicables.

Este argumento sostenido por diversos entendidos en materia electoral es perfectamente atendible, pero en la práctica es como pedir peras al olmo. Lamentablemente con instituciones políticas desarticuladas desde sus bases, donde prima lo individual a lo colectivo, cúpulas que se enquistan a perpetuidad  impidiendo la natural renovación, elecciones internas que son una farsa, y un largo etc. nos aseguran la continuidad del actual y caduco sistema político.

Ese paso es fundamental para poder proyectarnos hacia una auténtica reforma electoral con menos y mejores normas que reduzcan el excesivo intervencionismo que promueve la presente legislación. En ese sentido el destacado jurista Raúl Chanamé Orbe afirma que nuestra Ley de Organizaciones Políticas es “aspiracional”, porque no está adecuada a la realidad que tenemos en un país marcado por movimientos independientes y una descontrolada atomización electoral.

Basta ver la reciente participación de una veintena de listas inscritas, con más de la mitad de ellas con escaza representación nacional, un parlamento exhibiendo lo peor de esa mala práctica y multitud de movimientos locales y regionales que en más de un 70 % han terminado desplazando a los partidos tradicionales, para convencernos del nocivo panorama que plantean las elecciones del 2018.

La representación nacional recientemente elegida tampoco nos da mayores esperanzas, porque si bien se ha renovado mayoritariamente, será poco útil para afrontar las exigencias del momento político que atraviesa nuestro país, por tener los mismos defectos de origen que el anterior: invitados a granel y poca identificación con los pilares ideológicos o formativos de los partidos que los sostienen. ¡Estamos advertidos!




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