No llores por mí, Ollanta

Las comparaciones resultan odiosas, pecaminosas. Esta herejía textual raya incluso en la blasfemia política. Pero no importa. Contextualizando y dejando de lado el grave pecado narrativo quiero hacer paralelos en la vida de dos mujeres lideresas que gobernaron de una u otra manera opacando políticamente en determinados tiempos a sus respectivos consortes, más allá del bien y del mal, encandilando una, y desilusionando la otra, a dos naciones hermanas. Esposas de dos militares presidentes, jóvenes y bellas, carismáticas y con personalidad arrolladora llegaron a ser muy amadas por la gente. Ciertamente que la equivalencia doctrinaria desestabiliza cualquier análisis, ya que el peronismo argentino es una ideología poderosa constituida en las bases sociales y políticas más prominentes de la Argentina y el nacionalismo humalista fue una circunstancia coyuntural electoral en el Perú, una contracción súbita de aire, un hipo quinquenal, un consomé aguado sin sabor ni aroma, que felizmente ya se evaporó. El humalismo, en realidad fue un partidillo barato, sin brújula ni trasfondo ideológico ni organizacional que gobernó deficitariamente en todos los aspectos. Talento cero. Trágica equiparación y punto final para el aventurerismo político.

Eva, significa vida. La gran jefa espiritual de la Argentina, Evita Perón, se convirtió en la primera dama revolucionando el protocolar oficio hasta ese entonces simbólico y anodino. Dejó la superficialidad del puesto y fue nombrada presidenta del Partido Peronista Femenino y nervio y motor de dicha agrupación. Las clases más populares de la sociedad argentina la adoraban. De origen pobre, dueña de una portentosa inteligencia, histriónica de polendas y casada con el gran Juan Domingo Perón, participó activamente en la campaña electoral en 1946. Impulsó inteligentemente la ley del voto femenino a pesar del machismo del presidente. “Mujeriego y gran ladrón, pero nosotros amamos a Perón” decían sus partidarios. Evita, tras lograr la igualdad política, buscó luego la igualdad jurídica de los cónyuges y la patria potestad compartida y bien que lo logró. Desarrolló una gran cobertura social dirigida a los sectores más vulnerables. Su fundación construyó hospitales, hospicios, colegios, apuntaló el turismo y promocionó derechos de las mujeres. Adoptó una posición activa en las luchas por los derechos sociales y laborales y se constituyó en vínculo directo entre el duro Perón y los sindicatos articulando y unificando brillantemente bloques políticos hasta entonces separados. Mujer genial.

Años después en Perú, contrario sensu, la superconsorte Nadine Heredia, dueña de una bella sonrisa Kolynos, de marcada preferencia por trajes de Oscar de la Renta, prolífica autora de varios evangelios en sus Biblias Agendas aún no traducidas, ensombreció permanentemente a su marido en todas las formas posibles, dejándolo como pieza decorativa. Tarea muy sencilla evidentemente, por la mediocridad y escaso liderazgo del inquilino palaciego. Coincidentemente, también le llamaban “La Jefa”. Intentó introducir el modelo peronista del culto a la personalidad con prensa devota en una dimensión casi narcisista, utilizando la Revista Hola para publicitar su aburguesamiento social, producto de las encuestas que le otorgaban altísimos y celestiales porcentajes a su favor con la finalidad de encumbrarla para una futura elección presidencial. El nombre Nadine paradójicamente significa esperanza. Ilógica contradicción. Ella deja como herencia política un partido fenecido, sin doctrina, sin líderes, escasos militantes, y con una timorata e ilusa inscripción. Las dos lideresas, fueron dueñas de sus partidos, comunicadoras sociales, activistas políticas, adictas a las ropas lujosas y joyas y lograron conquistar psicológicamente las voluntades presidenciales sin dificultad. La gran diferencia fue que una de ellas, pasó a la historia en olor a multitud, idolatrada por su lucha permanente por los derechos de los más pobres sin distracciones dinerarias. La otra, transita por el largo camino de la incertidumbre jurídica y probablemente un futuro sin promesa ni galardón en la historia peruana. Una, fue la artífice de la construcción del gran partido peronista. La otra, la arquitecta de la desaparición de un pobre proyecto político de pocos años de duración. Comparar puede ser un error, pero nos hemos tomado tal atrevimiento para demostrar que en la filosofía política también existe dicha dicotomía.

Mientras el Vaticano y el papa argentino reciben peticiones por doquier para que a Evita Perón la canonicen rápidamente a la categoría de santa, Nadine Heredia igualmente tiene muchas solicitudes para  la elevación a los altares judiciales limeños por el rosario de investigaciones por enriquecimiento ilícito y defraudación tributaria producto de presuntos diezmos y ofrendas con sabor a ron venezolano y caipirinha brasileña, que seguramente producirán tremenda resaca política de consecuencias poco angelicales en el extinto nacionalismo. Sacramento obligatorio: penitencia y confesión.




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