Demagogia, legitimidad y orden

La demagogia, decían los griegos, es la degeneración del sistema democrático, y lo es porque levanta expectativas respecto a bienes o actitudes que desde el gobierno se promete se cumplirá, para luego defraudar a los electores los que se sienten estafados. Instala la mentira como método para alcanzar el poder o para mantenerse en él por un tiempo más.

La legitimidad es la conciencia que tienen los gobernados acerca del derecho que tiene quien está en el poder de ejercerlo y, por lo mismo de conducir la nación y de ordenar sus acciones y las de la sociedad. En una democracia, la legitimidad alcanza normalmente a quien ha vencido en un proceso electoral limpio, donde luego de un debate igual la ciudadanía se inclina mayoritariamente por ese candidato que hoy gobierna.

Esa decisión que se adopta debe de realizarse de la manera más informada posible. Por eso las campañas electorales, por eso el tiempo que deben de tener los postulantes para poder informar a la población de qué es lo que piensan hacer cuando arriben al poder.

El pueblo al dar su voto confiere legitimidad, pero si se lo ha engañado, esa porción del pueblo pensará que esa persona que lo engañó no tiene el derecho para mantenerse en el poder. Cuando pasa que se vio frustrado normalmente la persona recurre a sus representantes o al partido del gobernante para transmitirle su desazón y recordarle su promesa. Cuando la legitimidad decae el sistema sufre tremendamente. Guglielmo Ferrero un gran politólogo italiano de la entreguerra señalaba que de todas las diferencias la que mejor debía de explicarse es aquella que pone a unos a gobernar y a la mayoría a obedecer. Si esto no se hace, el sistema cae.

Por eso los demagogos no pueden provocar orden porque este, que el ciudadano acepta como consecuencia de la legitimidad conferida con el poder, está atado a la creencia de la buena fe con que el votante cree que el gobernante está procediendo. Por eso deben de imponerlo y la fuerza, si bien es un vector y un componente del poder es al que menos se debe de recurrir. Una sociedad es fuerte cuando se apela a esa legitimidad y el pueblo cree en la autoridad sin tener que soportar la fuerza.

Sin embargo, pudiera haber alguna razón valedera para que quien prometió seriamente llevar adelante una medida desde el gobierno no pueda cumplir con la oferta. Puede, por ejemplo, presentarse un cambio fundamental en las circunstancias entre el tiempo en que esa persona candidateaba y el momento en que debe de adoptar la medida consecuente una vez en el poder.

En esos casos es más que necesario explicarle al país, o a la parte del país donde se hizo la promesa, las razones por las que se dejará de cumplir. El silencio puro o la excusa inconsistente no hará sino poner en la resbaladera de la legitimidad al gobernante y, con él, al sistema mismo.

Eso es lo que ha pasado ahora en Tía María. El Presidente Humala y quienes candidatearon en esa región por el partido de gobierno repitieron en siete idiomas que no harían lo que ahora hacen. ¿Sabían lo que decían? ¿Sabían lo que decían cuando expresaron que el gas costaría 12 soles? Yo creo que llevaron a cabo una expresión demagógica: Digamos esto que en caso que ganemos (en el momento en que la hicieron posiblemente no estaban tan bien en la preferencia popular) ya veremos lo que hacemos

Esa es la actitud que deshace la democracia en cualquier parte del mundo.

El orden y la paz social son consecuencia de la legitimidad y la fuerza debe de utilizarse cuando la resistencia a ese mandato es una majadería inexplicable o una pretensión de una minoría a imponer sus criterios a la mayoría al margen de las instituciones que confirieron el mando al gobernante. Caso contrario se impondrá la fuerza, posiblemente, pero seguirá sufriendo el sistema y nos seguiremos acercando a respuestas violentas.

De allí la responsabilidad para el próximo proceso. Cada ciudadano no sólo debe de escuchar la copla que le sopla quien aspira al poder, sino si eso que les promete es posible y para ello ha de confrontar al candidato con su trayectoria política. ¿cumplió las veces anteriores? ¿se le conoce responsabilidad y coraje en el trabajo que realiza si es que no ha estado en la arena pública? ¿cuáles son los méritos personales que le servirán para traducirlos en activos importantes en su acción como representante?

El Perú debe cambiar y para ello requiere menos demagogia y menos gente que se deje embaucar por los demagogos y, además, conciencia clara que el voto confiere legitimidad y que si el Presidente lleva adelante su programa, tiene el derecho a conducir al país y los demás, si se sienten insatisfechos, esperar el próximo proceso electoral para cambiar al gobernante, con orden, en paz, porque como señaló Norberto Bobbio, otro de los grandes pensadores italianos, quizá la mejor de las virtudes de la democracia es que los cambios de gobierno se realizan en paz y sin derramamientos de sangre. Y eso ya es bastante, como lo hemos visto cada vez que ha sido expulsada del poder una dictadura. 




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