El fracaso de lo perfecto

Hace 2,500 años, Aristóteles señaló en su libro “la Política”, que no siempre la ley más perfecta es la mejor ley. Él explicó que ello era debido a que no se puede imaginar una norma sin confrontarla con la realidad a la que quiere regir y con la idiosincrasia de las personas a las que se pretende normar.

El enrevesado proceso electoral actual es el total fracaso del reglamentarismo imaginado por personas que nunca estuvieron en contacto con un partido y que creen que sus lecturas sobre otras latitudes son transplantables a cualquier sociedad.

En las leyes, decretos, resoluciones del JNE, directivas de órganos de este y mil etcéteras hasta el infinito más pequeño, se consignan obligaciones que no tienen nada que ver con lo que debe de importar en un proceso electoral y que han convertido a las elecciones en aquello que Felipe Tena Ramírez criticaba del amparo mexicano: la conversión del mismo en “dédalo donde sale mejor librada la habilidad que la justicia”.

Claro, con todos esos recovecos que se crean por parte de esos “expertos” no faltan armas para aplicarse discrecionalmente y para conducir los procesos de acuerdo a lo que quieran o les interese a los que resuelven, o al miedo que le tengan a la opinión publicada, (que es distinto de la opinión pública).

Las sanciones que se proponen a los que caen en la maraña son tremendas. Con ello, los procesos se convierten en papeleos y alegatos sin fin. Los debates se dan entre “expertos” y no entre candidatos.

Hoy habría que darle la razón al gran Roberto Ramírez del Villar cuando señalaba: “la mejor ley de partidos políticos, es la que no existe”. 

Habrá que acabar con este festival de naderías amenazantes en una próxima ley.




Miercoles 02 de Diciembre de 2015

La campaña electoral que se alienta desde los medios parece ser la de las anécdotas, la de las acusaciones...