La curul vacía

En la equivocada creencia que todos los problemas se resuelven con leyes, y cuanto más drásticas en el papel, mejor, el Congreso discute ahora acerca de una norma por la que se le quita directamente un escaño al partido al que pertenezca un parlamentario condenado por lavado de activos, terrorismo o narcotráfico.

Todas ellas figuras repudiables, sin duda, pero la de lavado de activos utilizada hoy como cajón de sastre para meter en él a quien se quiere perseguir con cualquier pretexto y abandonando la tesis básica que a dicha figura debe de preexistirle otro delito.

Se dice que así los partidos tendrán más cuidado en presentar candidatos y con ello se mejorarán los filtros para no ceder tan rápido a la tentación del dinero que envuelve la postulación de uno de estos indeseables que entran a la política para sumar a su red de contactos aquellos que se consiguen con el poder político directo.

Tiene dos problemas. El primero, que a causa de ello radica en el voto preferencial, en la falta de financiación pública de los partidos políticos y, antes aún, en la carencia de principios y programas y también adolecen de formación de sus cuadros en las organizaciones que tienen juanillo para participar en las elecciones. O sea, la medicina no remedia la enfermedad, sólo castiga.

Si la participación en un proceso electoral es el resultado de una militancia, entonces se hace más difícil a estos amigos de la plata fácil el entregar años de su vida para ir escalando posiciones en la organización e ir comprometiéndose con el pueblo al que se supone van a representar. Ellos siempre la quieren fácil y por ello es que los partidos deben de poder colocar en los lugares de avanzada a sus cuadros independientemente de los recursos económicos que manejen.

Las lógicas de la acumulación económica y del acometimiento político son y deben de ser diferentes. Por ello no debe de mezclarse en el momento de hacer las listas. Alejar ese peligro es algo que sí se puede hacer si los partidos tienen la autoridad que sus militantes aceptan en el Estatuto sin tanta injerencia de órganos estatales que pretenden construir “casitas de chocolate” maravillosas y normalmente manejadas por burocracias de personas que o no han participado en la vida política o no han comprendido su dinámica.

El segundo problema es uno “constitucional”. Tanto en la Constitución de 1979, cuanto en el texto perpetrado por Fujimori en 1993, se establece cuál es el número de representantes que debe de haber en el país. No puede haber menos de eso. No, además, con la infrarrepresentación que hoy día padecemos. 


Una modificación de esa naturaleza sólo se puede lograr con la mayoría calificada que el texto básico señala. Una ley no es suficiente. Además, sería bueno que esa norma se debata en dos legislaturas diversas para dar lugar a la opinión pública que participe más decididamente.

Si un legislador engaña a su partido (difícilmente alguien va a decir “soy narcotraficante”, denme un número”, o “tengo dinero obtenido como producto de este delito”) a quien tiene que retirarse es al aprovechador, porque el pueblo que voto por el partido, asumiendo que respaldaba ciertas ideas o principios, tampoco tiene que estar al tanto, en caso de presentarse, de los enjuagues entre la dirigencia y el mafioso que busca poder político.

El ingreso del suplente, del que sigue en la lista, es lo que la Constitución dispone. Creo que es lo correcto.

Lo demás es seguir haciendo aspavientos y tratando de tomar el rábano por las hojas, dejando para después las escuelas de formación que deben de ser para ahora, los controles de lecturas y clubes de debates que deben de darse en cada partido para que sus cuadros se formen, las necesarias visitas y contactos que se debe de obligar a seguir a quienes quieren representar a un pueblo. De todas estas tareas el partido debe de hacerse supervisor.

Entonces podremos decir que el Perú cambiará. Lo contrario, además como está planteado, porque además no puede ser de otra manera (que primero se condene al facineroso) es puro fuego artificial. El juicio durará más que el período parlamentario.

¿Quieren hacerse los severos? En cambio de ello y mejor, para que el Perú cambie, ¿por qué no tomar en serio la tarea de promover la formación de partidos sólidos?

Dejémonos de demagogias facilistas. El Perú debe de cambiar de verdad y no sólo con la retórica populista.

 




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