Reformas electorales

El Congreso ha iniciado a las carreras una discusión sobre distintas reformas en el sistema de elecciones. Es evidente que cada proceso que termina deja lecciones e indica,  sobre todo en un país que todavía no recupera plenamente las costumbres democráticas horizontes que han de buscarse para que se consolide una mejor relación entre electores y elegidos y para que las autoridades que provienen de las elecciones representen mejor al país y lo hagan más gobernable.

El país debe de recuperarse de la desinstitucionalización que inoculara la dictadura con la repetición a machamartillo de sus descalificaciones sobre el sistema, la que fue acogida sin análisis por muchos sectores que comulgaron con el brulote de endilgar los males a los “políticos tradicionales” sin reparar o queriendo ocultar que no ha habido nada más “tradicional” en el Perú que los golpes de Estado y los gobiernos de caudillos “salvadores” cuyo producto fue siempre el retroceso del país. Como decía Martín Adán cuando le tocaba presenciar estos golpes de Estado, “el país ha vuelto a la normalidad”.

Lo que no está bien es que las discusiones sobre las reformas electorales se lleven a cabo faltando muy poco tiempo para que se convoque al proceso general siguiente. Ello porque en esta circunstancia cada uno de los partidos y de los actores políticos que tienen cargo decisorio (congresistas, ministros, personas que están en la cúpula de los partidos, periodistas o grupos de interés cualquiera) estarán más pensando en lo que le conviene a él mismo o a su partido o lo que queda de él, o su grupo de amigos o de socios reunidos para alcanzar el poder o influir en él, sin referencia alguna a un programa o a un sistema ideológico que le de norte a su proceder conjunto.

Vale decir, pocos, si acaso, actuarán con un criterio estadista y el resultado no podrá ser otro que un conjunto de retazos sin orden ni concierto que no puede dar una esperanza de calidad a la marcha política del país.

Es por eso que debe tratar de mantenerse el sistema aprobado por la Constitución (me refiero a la equilibrada Carta de 1979, obviamente) preparada pensando en cómo integrar la unidad nacional con los reclamos puntuales de los diversos puntos del país  a través de las dos cámaras y dando a los partidos la posibilidad de designar sus listas entre las cuáles debe de escoger el electorado, eliminando así la feria de propaganda, promesas incumplibles, dinero inexplicable y otras taras que trajo consigo el voto preferencial.

Revisen cada propuesta y verán como detrás de cada una se le “ve el fustán” a cada uno de los proponentes o de los grupos que las presentan. No encontrarán creo ninguna, ni como excepción de propuestas pensando en hacer más sólido el sistema político, sino como se facilita la reelección de quienes tiene la iniciativa, o se asegura una mejor presencia de su grupo, o se impulsa el sistema económico que auspicia cada uno de los opinólogos que desde los diarios pontifican acerca de lo que califican como mejor lo que, ¡oh maravilla! siempre coincide con sus intereses.

Es por ello que lo que sí debe de establecerse en la propia Constitución, cuando se anule este texto de Fujimori (cuya repetición es una vergüenza para el país) y se reforma la de 1979, que las reformas al sistema electoral, sea a nivel de leyes o de cualquier norma jurídica de mayor jerarquía, sólo puede producirse dentro de la primera mitad del gobierno y cuando todavía falte un tiempo igual para cambiar de mando.

De esta forma nadie podrá estar seguro de lo que vendrá y podrá mirarse el país con mayor y mejor perspectiva y legislarse en consecuencia, aunque al final esa norma que es buena para la República resulte no ser tan beneficiosa para quienes la aprueben.

El Perú debe de cambiar y debe dejar de lado ese cálculo tan poco propicio cuando se trata de fijar normas para las siguientes elecciones.   




Sabado 28 de Febrero de 2015

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