Castalandia, donde Lima perdió la dignidad

Érase una vez, un país muy interesante llamado Lima donde habitaba un alcalde en su céntrica capital Castalandia. Castalandia, como su nombre sugiere, era una ciudad que parecía estar dividida en muchas castas dado a su desigualdad socio-económica. A su alcalde parecía no importarle eso porque estaba más interesado en hacer obra.

Su burgomaestre, vivía tan obsesionado consigo mismo que a veces creía gobernar un país, tanto así que inclusive una vez, con posibilidades casi nulas de ganar se presento a la presidencia. Dicha campaña se basaba en hablar poco, y cuando lo hacia solo reiteraba que él sería el único que podría ganarle a quien ahora es presidente.

Este alcalde siempre andaba en apuros. A veces se adelantaba en decir que ya estaba en Madrid días antes de dejar Castalandia, o ya que no podía esperar un año más para regresar al sillón municipal pensaba que podía revocar a los demás alcaldes. Para ahorrar tiempo, ya que andaba siempre en apuros, pagaba cantidades mucho mas grandes de las necesarias en sus proyectos —ya que lo fundamental es hacer obra, y para que la obra guste, pagaba millones en publicidad cuando a la municipalidad ya no le quedaban fondos. Además de las obras, le gustaba crear empresas fantasmas que lavan dinero, en las que podía trabajar junto a parientes suyos a los que les gusta vivir en La Paz —otro país interesante cerca de Lima.

Como no era muy social, no le gustaba dar declaraciones a los medios, hablar o escuchar a los ciudadanos. Por ello, olvidaba obras de muchos años que habían terminado inconclusas por sus antecesores, entonces las cancelaba y hacía algo suyo que luego lo pintaba de su color favorito: el amarillo. Ya que no era muy sociable tampoco le gustaba mucho la gente, por eso despedía a miles de trabajadores aleatoriamente de la municipalidad. Coincidentemente, al no gustarle las personas tampoco le gustaba la naturaleza, por eso acababa con las pocas áreas verdes que le quedaban a Castalandia cancelando proyectos que las promovían y cuando habían huaycos para él pasaban desapercibidos.

Como buen castalandiense le gustaba mucho el trafico, por eso tenia una fascinación por construir y cerrar vías, permitiendo operar a todas las empresas de transporte informales que solo generaban caos y accidentes en las pistas y carreteras. En general no le agradaba la formalidad, por eso criticaba cualquier intento por otros para formalizar Castalandia, ya sean vendedores ambulantes, transportistas o la misma municipalidad. Tampoco le gustaba la cultura, cancelaba festivales de arte y cuando veía manifestaciones culturales en las calles no se le ocurriría nada mejor que desaparecerlas con pintura amarilla.

Curiosamente los castalandienses todavía quieren y apoyan a su alcalde, por que la dignidad en la política no importa, y quizás nunca lo hizo. Después de todo, en una ciudad con tanta desigualdad en lo social como en lo económico, no importa malgastar los impuestos así como el dinero de su gente (aun cuando ese dinero desaparece), lo que importa es que se haga obra.

P.D. Una vez, un escritor peruano, Mario Vargas Llosa, a quien también la política le generan muchas ansias, dijo que la literatura siempre parte de una semilla, y esa semilla es la realidad.




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