Los maestros de mi vida cultural

En el devenir de la vida uno va creciendo, avanzando, aprendiendo. Son muchas las maneras, a través de las lecturas, los sentidos, la observación. Sin embargo debo de resaltar que mi relación con la cultura fue un aprendizaje vivencial. Y es necesario reconocer a aquellas personas que nos sirven de inspiración. Que vivir con ellas se convierte en una suerte de ilustración permanente que involucra lo cognitivo y lo emocional. Hoy quiero hablar de ellos: Mis maestros culturales.

Luciano Revoredo.

Luciano me cautivó desde el principio hablándome de Lima. Me dijo que Lima era mujer y que había que relacionarse con ella como tal. Las mujeres sus amigas, los hombres sus amantes. Así redescubrí mi capital y sus costumbres. Las callecitas, el Cordano, la Plaza San Martín, una tiendecita que arreglaba las plumas fuente en la Calle Plateros de San Pedro, el Bolívar, Desamparados. Nunca antes, y lo confieso, había mirado Lima con sus ojos. Me deslumbré. Es por eso que quiero tanto a nuestra capital y soy y seré una defensora de la limeñidad.

Gracias a Luciano me acerqué y conocí a Nicomedes,  al Rímac, a Acho, a la Perricholi, a la fiesta de Amancaes. También fue mi maestro de la única y mejor bebida espirituosa. Aprendí sobre el Pisco, sus productores, lo vi asombrada concretar el sueño loco de llenar la Pileta de la Plaza de Armas, de Pisco.

Con Luciano aprendí que la marinera limeña es un baile de pareja, de a dos, de enamoramiento y fugas. Nuestras fugas son eternas.

Lucho Repetto.

Lucho me conmovió desde que lo conocí por su amor al patrimonio inmaterial. Me enseñó que los artesanos lo son todo. Con él recorrí los museos, vi el Perú desde la visión Yine machiguenga, ashaninka, tejiendo olvidos. Lucho me conminó a protegerlos. Pero no sólo a ellos. La promesa incluía las huacas, la tradición oral, los usos, las costumbres. Por primera vez junto a él miré el cementerio Presbítero Maestro con otros ojos Sigo aprendiendo.  

Con él entendí que el Perú es diverso y único. Por eso amo cada día más a mi país. Todo eso lo descubrí hurgando sus cajones, ayudándolo en la curaduría de alguna exposición, viajando a Trujillo cada enero, respirando su peruanidad en el Museo de Riva Agüero. Trabajar con él el Instituto Nacional de Cultura me dio no sólo visión, sino compromiso. Con Lucho aprendí que hay que hacer más que decir. Y gracias a él son 15 años que voy haciendo. 

Javier Luna

Javier me impresionó desde el primer momento. Escucharlo hablar es como estar en una película. Siempre me pasa lo mismo. Lo escucho y sin cerrar los ojos, todos sus personajes aparecen. Puedo ver a través de él, sentada junto a mí a Chabuca Granda cantándome Zeñó Manue, veo a Mocha Graña armando una jarana y ser partícipe de ella, junto a Javier he abrazado , y de manera real, a Victoria Santa Cruz.

Javier me ha enseñado que para hablar de la cultura primero hay que consumirla, interiorizarla, hacerla cotidiana. Aprendí tanto en los años que tuve la suerte de trabajar junto a él, en el Museo de la Nación y luego en el devenir de nuestra amistad.

 Siempre generoso, siempre entregado. Cierro los ojos y lo veo suspirar por nuestro Perú. Con Javier aprendí que la tradición se vive. Que la cultura viva existe.

Gracias por ser mis maestros hasta hoy. Gracias por enseñarme a ser coherente. Gracias por comprometerme. Gracias por entregarme tanto y hacer que sea una enamorada más del Perú. 

@fatimasaldonid




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