¿Amor, Amor, Amor o reducir la desigualdad? (Segunda parte)

No nos queda más que hablar de desigualdad. Reasumiendo los debates en la Universidad de Turín, lo que más se ha acrecentado es estos años es la desigualdad. ¿Y qué es desigualdad?

Utilizando las palabras de uno de los sociólogos contemporáneos más admirados como Goran Therborn, la desigualdad es “una violación de la dignidad humana. Puede adoptar múltiples formas y tiene múltiples consecuencias: muerte prematura, mala salud, humillación, subyugación, discriminación, exclusión del conocimiento o de la vida social, pobreza, inseguridad. La desigualdad, por tanto, no es exclusivamente una cuestión de dinero. Es un orden sociocultural que reduce nuestra capacidad para funcionar como seres humanos, nuestra salud, nuestra autoestima y nuestros recursos para actuar y participar en el mundo”. La desigualdad es la negación de uno mismo.

Es obvio que existen desigualdades esenciales: hay quienes trabajan más y por ende producen más; quienes tienen más dinero y quienes tienen poco; incluso hay personas más inteligentes y otras menos inteligentes. Pero hay un punto central sobre el cual nos falta mucho para entender el asunto en su total complejidad. Vale decir, que la desigualdad se construye socialmente. Desde otro enfoque, el simple crecimiento económico no resuelve algún problema, más bien lo empeora. En otros términos, como ha evidenciado Thomas Pikkety, la distribución del rédito es extramente crucial. Por ejemplo, pasear por San isidro o por San Juan de Lurigancho no es lo mismo.  ¿No es verdad? En un mismo día podemos encontrarnos en dos mundos totalmente distintos, pero con el mismo nombre: Perú. 

Para explicar la desigualdad se pueden utilizar diferentes lentes o varios enfoques.

Una de las razones de la desigualdad es el hecho de que el valor de la riqueza ha cambiado profundamente hoy en día. Me refiero a la  financiarización de la economía y al mal actuar redistributivo.

Otra razón es el rédito de trabajo. Aquí  aludo al hecho de que se ha aumentado la renta sin haber aumentado la capacidad de los que obtienen cifras exorbitantes. El gerente de una empresa tiene una remuneración lejos de ser proporcionada a la de sus trabajadores. El futbolista top gana demasiado en comparación a sus compañeros de equipo. Así  como la actriz de fama y la actriz menor. O los políticos.

Se podría sustentar que esto es un simple mecanismo del mercado. Dirían que estas personas producen ganancias y que es justo, por ende,  darles  una cierta cuota de estos surplus remunerativos. Pero la razón verdadera es que se trata de “posiciones”, donde la accesibilidad no es abierta a todos. O sea, de posiciones monopolísticas. Es importante al respecto aprender de nuevo a utilizar la palabra “monopolio”.

Cuando digo que ciertas posiciones no están abiertas sino cerradas por falta de accesibilidad quiero decir que no hay oportunidades para la negociación. Incluso para las negociaciones entre los pueblos indígenas y la minería.  Es decir que gran parte de estas desigualdades, que determinan una posición, son construidas socialmente:  si tienes una determinada educación entonces puedes acceder a puestos más o menos prometedores; si has nacido allá solo puedes tener estas ambiciones; si naciste en otro sitio, entonces te toca estar en esta posición. Si eres mujer solo puedes optar estos roles. Si eres de piel oscura, indio o serrano, entonces solo puedes tomar un cierto camino. Como consecuencia también, la movilidad social se ve como una simple utopía. Es crudo, pero es la verdad.

Una parte de la desigualdad se debe también al mercado laboral: es cada vez más frecuente la desaparición de puestos que garanticen un sueldo entero, no solo en términos de horario y de tiempo (una semana, un mes, un año) sino también en términos de continuidad, como explica la socióloga Chiara Saraceno. Si le agregamos el fenómeno de la informalidad o de la delincuencia, sería para meternos las manos a los cabellos en este preciso instante.

Otro factor, menos enfocado, está representado por la “homogamia matrimonial”. O sea, el sentirse atraídos por personas similares, tanto en términos étnicos o de posición social o aspiraciones vitales.

Me explico mejor. Es verdad que en todos los países ha aumentado la ocupación femenina, porque también ha aumentado el nivel de su educación, pero la desigualdad de las mujeres no solo se debe a sus padres - la riqueza de los padres hoy en día determina, en parte, la riqueza de sus hijos – sino también a sus propias características. Desde este punto de vista, las mujeres connotan situaciones similares a la de los hombres. Eso quiere decir que subsiste un fortalecimiento de la desigualdad familiar debido  a los matrimonios homogamos (en términos antropológicos) que son la peculiaridad de nuestras sociedades.

Remarcando la conceptualización generalizada de lo que conlleva la desigualdad, recuerdo que hace unos meses en un festival de economía llevado a cabo en Trento, ciudad italiana a 100 km de Verona, el premio Nobel de economía Joseph Stiglizt abría una de sus charlas sugiriendo a los jóvenes que la decisión más importante que tenían que tomar en toda sus vidas, es la decisión de elegirse a los mejor padres, que estos sean hábiles, buenos y sobre todo ricos. Y si los jóvenes se equivocan en esta decisión todo va estar torcido.

¿Ironía o Verdad? ¿Qué nos quería decir Stiglitz con esas palabras? Obviamente se refería al hecho de que para vivir bien en la vida es importante tener unos padres adinerados porque es la única alternativa para tener éxito en la vida.

En esas charlas constructivas, seminarios y discusiones en la Universidad de Turín,  que desencadenaron en mí un cierto pesimismo para con mi país - un pesimista no es más que un optimista bien informado, dicen por allí - el augurio al que arribamos es que, a diferencia de las tendencias dominantes, lograremos colocar la desigualdad al centro de los debates, demostrando con fervor y determinación que la economía, antes que todo, es una ciencia social y moral, con el objetivo principal de mejorar la calidad de vida de las personas, para que a cada uno se le dé las oportunidades de elegir y realizar su propio futuro.




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