¿Amor, Amor, Amor o reducir la desigualdad? (Parte I)

Recuerdo hace muchos años de haber cursado las asignaturas de Economía Política, Finanza ética y Microcrédito para completar la carrera de Desarrollo y Cooperación Internacional en la Universidad de Turín, en Italia. La Facultad era la de Ciencias Políticas.  Una Facultad que imponía necesariamente seriedad, dinamismo, rigurosidad e independencia para poder comprender las mallas que se iban tejiendo y que iban a determinar las futuras coyunturas internacionales, ya que los primeros años del decenio del 2000 se vislumbraron determinantes para el nuevo orden mundial: George Bush gana las elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América,  la New Economy entra en crisis, se difunde masivamente el uso de internet en los hogares. En Génova muere un joven, baleado por un policía, mientras manifestaba contra el G8. El 11 de septiembre del 2001 las torres gemelas se derrumban por obra de un grupo poco conocido en ese entonces entre la opinión publica llamado Al-Qaeda (“La Base” en español). Se introduce en Europa la moneda única “Euro”. Se conocen enfermedades nuevas como la SARS y la encefalopatía espongiforme bovina, más conocida como Vaca loca. El océano indiano desencadena uno tsunami que lleva a la muerte más de 200.000 personas. Y después de 27 años de pontificado muere también Juan Pablo II. La desigualdad entre ricos y pobres y entre los países continua a crecer como nunca antes. Los Estados Unidos invaden Iraq sustentando la existencia de armas nucleares que nunca serán encontradas; y otros acontecimientos que reflejan la magnitud inminente de los cambios a nivel internacional.      

En esas lecciones se respiraba en el aire un cierto determinismo académico para poder analizar desde diferentes enfoques el mundo cambiante y del cual éramos los autores y las victimas a la vez. Desde los diferentes departamentos académicos surgían ideas nuevas, se abrían charlas donde los invitados eran prestigiosos catedráticos,  asociaciones de la sociedad civil, renombrados analistas, todos provenientes del mundo entero,  todos procedentes de los cuatro puntos cardinales.

Era en curso un desplazamiento intelectual que requería una grande capacidad organizativa digna de las grandes casas de estudio. Efectivamente, la Facultad de Ciencias Políticas de Turín tiene la fama de haber creado hombres pensantes como Luigi Einaudi,  Norberto Bobbio, Claudio Magris, Gianni Vattimo. Intelectuales que aportaron nuevas ideas como Antonio Gramsci y Togliatti, entre otros, se formaron en sus aulas. 

En esos días, en los departamentos de Economía y de Estudios Políticos se comenzaba a notar quienes  con mucho fervor planteaban la necesidad de un cambio paradigmático del modelo capitalista, consecuencia también de las ideas y los análisis de economistas de fama internacional como Amartya Sen, Joseph Stiglizt, Anthony Atkinson y Paul Krugman , entre otros. Algunos reportajes causaron interés en la opinión pública mundial, como los de Michael Moore. Sociólogos y filósofos como Zygmunt Bauman,  entrelazando sus enfoques multidisciplinarios, llegaron al centro del debate.  Lingüistas como Noam Chosky, fundador de la gramática transformacional, tocaron popularidad al verse sus libros colocados en las repisas de los grandes centros comerciales.

Todo ello llevó a un atento replanteamiento del modelo actuante en los círculos académicos, políticos y del asociacionismo civil. Son años donde comienzan a circular las ideas del movimiento No Global. Surgirán años después las protestas del movimiento de los Indignados en España, las protestas afuera de la bolsa de Wall Street y de la de Honk Kong. Las calles de Brasil se llenaran de gente durante el mundial de futbol y recientemente, en estos días, las masas contra la reforma laboral Francesa paralizaran al País transalpino.

Y nosotros los peruanos, frente todo ello ¿qué?

Pues. Nosotros (a parte la paréntesis contra la famosa Ley Pulpin) como idiotas pendientes del programa “Amor, Amor, Amor”,  o detrás de los ampays de Magaly Medina a las borracheras de Reimond Manco, por no decir de las mentiras del loco Vargas a Tilsa Lozano en el programa de Beto Ortiz, el Valor de la Verdad. O sea, en otras palabras, nosotros comportándonos como una manada de burros y leyendo el Trome.

Ahora. Para entendernos mejor. Lo que se buscaba con suma concientización era  un replanteamiento de aquel modelo que tanto invocamos nosotros los peruanos, que tanto sostenemos ya seamos de uno u otro partido. O sea, de aquel modelo que nosotros, País en Sub desarrollo, aun miramos como si fuera nuestra salvación para el pleno crecimiento y desarrollo. Como si fuera nuestra única musa, como Beatriz para Dante, como Isabel Freyre para el poeta y militar Garcilaso de la Vega, como Milena Jesenka para Franz Kafka.   Aquel modelo donde el único objetivo principal es el de aumentar las importaciones y exportaciones, el de firmar cuantos más tratados de libre comercio, el de seguir políticas conservadoras, ultra liberistas. O sea, donde el único objetivo principal de nuestra agenda sea la búsqueda del simple y obsoleto crecimiento económico. No importa tanto si alguien por ahí se queda afuera del juego de la globalización, lo importante es enriquecernos: crear riqueza.

Ese modelo, en los intensos debates de esos días, era lo que todos comenzaban a rechazar y sobre lo que habría que dudar. No es que jamás antes no se habían invocado estructuralmente y sistemáticamente nuevos rumbos (las teorías de la dependencia son un ejemplo), solo que ahora la situación mundial requería el valor ético y moral para proyectar y desarrollar en la práctica los años de los nuevos estudios frente al mundo cambiante en el cual vivimos. Porque también, más se va adelante, más se hace difícil regresar atrás o salvar lo salvable que, de humano y en términos de valores, nos queda.

Fue así que en los cursos de Economía Política, Finanza Ética y Microcrédito, además de Sociología, que la desigualdad se presentaba un factor al cual prestar la debida importancia, ya que las simples métricas puramente económicas difícilmente la reconocen. Por ejemplo, el PIB no nos dice el grado de machismo, no nos habla sobre el empoderamiento de la mujer, no nos dice si hay gente que muere de hambre, no nos dice el nivel de educación, de sentido cívico, no nos dice el grado de felicidad de nuestra Gente. O sea, no nos dice nada que sea extramente importante, sobre todo para un País en vía de desarrollo. Y esto, los actores de las decisiones políticas parecen que no lo han entendido. ¿Miopía? ¿Ignorancia? ¿Falta de actualización o de estudios? ¿De responsabilidad al creer que no se puede hacer nada, que todo lo rige el mercado por medio de una mano invisible como lo planteaba Adam Smith siglos atrás? A estos señores, les recuerdo que estamos en el 2016, en la era de la economía del conocimiento. El colmo de los colmos.

Sí. Es el colmo de los colmos. Y nosotros los peruanos, repito, como imbéciles siguiendo paradigmas, hasta promoviéndolos, que más de una vez han demostrado sus fallos por medio de sus innumerables crisis. Porque crisis del capitalismo se han invocado infinitas. Punteemos hacia eso pues. Miremos hacia el Abismo. Ya estamos atrás, ahora involucionemos más. Como elegir alguien que roba pero que hace obras. Como si nosotros no tuviéramos suficientes problemas para conformarnos con lo que dicen los “grandes” del primer mundo. Como si no nos diéramos cuenta que las etapas del crecimiento de Walter Rostow se quedaron olvidadas por la fuerza del mundo entero y de los países del Sur del Mundo; como si no supiéramos que las políticas de los años 80’ trajeron el desmantelamiento del Estado Social capaz de garantizar lo mínimo para poder vivir un vida digna; como si nos hubiéramos olvidado que la corrupción hoy en día pasa más por el sector privado que por el sector público, donde la capacidad de invertir fuertes sumas para la compra de políticos u obras de cierta magnitud es mil veces superior. Como si no supiéramos que el único interés del Estado es su pueblo, la ciudadanía, mientras que la de un empresario es su rentabilidad de ganancia: cambiar los acueductos de una entera ciudad requiere al menos 40/50 años; y el empresario no tiene tanto tiempo, mira al corto plazo y sobre todo al peso de su billetera.

Esos largos seminarios, donde el ruido de las ideas comenzaban a desplazar viejas concepciones, poco modernas y más bien tradicionales, subrayaban el fenómeno de la desigualdad como uno de los males, causas y consecuencias del deterioro de nuestras sociedades. Es por eso que una mirada multidisciplinaria era el enfoque más pertinente para poder entender las mallas que se iban tejiendo a nivel local, nacional e internacional, plenamente enmarcadas dentro de la globalización.  

Es por eso que la desigualdad resulta ser hoy en día el enemigo público número uno. Requiere atacarla en el plano analítico y normativo; y la visión que quiere trasladar la atención hacia la distribución de los recursos entre las personas, lleva consigo una visión implícita, que se ha revelado empíricamente infundada, segundo la cual una repartición desequilibrada hacia los más ricos aumenta los ahorros totales y por ende la acumulación. Nada de más obsoleto y equivocado.

Es por eso, de todas formas, que sería un error caer en la trampa de no discutir sobre desigualdad, priorizando el simple crecimiento económico y la acumulación de dinero […].

 

 [La continuación del presente artículo saldrá publicada próximamente]




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