¿Poca política y mucha administración?

Durante el porfirato en México, instigado y asesorado por esos “científicos” surgidos del positivismo, (léase los tecnócratas del ayer) se hizo famosa aquella frase cuya sola invocación genera miedo en algunos y alegría a otros porque después de todo don Porfirio Díaz era un autócrata. “Poca política y mucha administración” es una frase que halaga la actuación de los tecnócratas y la subordinación de la política a los primeros.

Es obvio que ni PPK es Porfirio, ni el Perú es una dictadura como la mexicana en tiempos del mandón militaroide, pero el gusto por los “científicos” o “tecnócratas” nos deleita todavía como una vieja herencia. En todo caso, si en el Perú existe una dictadura esa sería la de los tecnócratas.

Desde principios de los noventas, durante las reformas económicas del fujimorato, nos vendieron aquella idea de que la tecnocracia suplía a los partidos. No solo eso. En aquella narrativa se decía que los tecnócratas solucionaban los tremendos yerros que cometían los políticos.

No obstante, una primera apreciación cae de madura. Para desarrollar las reformas, Alberto Fujimori tomó una decisión política. Sin aquella decisión, ni la tecnocracia ni Alberto Fujimori serían lo que hoy son. De alguna manera, la terapia económica hizo efecto. Nadie puede dudar que mantener a raya de forma disciplinada las vigas macroeconómicas del déficit fiscal, la inflación y la deuda pública nos ha salvado de las crisis que hoy agobian Brasil, Argentina y Venezuela. Pero como vale repetir: sin decisión política la tecnocracia habría quedado en un rincón.

Envalentonados por el éxito de las reformas económicas, la tecnocracia se consagró en una capa fina cuyas decisiones no eran discutibles. En realidad tenían algo de razón (por el éxito de las reformas en la economía) pero no la tenían toda completa. Reducir la administración de un gobierno a meras decisiones económicas resta a la democracia de su más valioso instrumento: la política. Gobernar un país no es gestionar una empresa. En un país surgen conflictos y en una empresa solo se acatan órdenes. ¡Imagínese un país como el Perú de montes y cordilleras!

De tal manera que hoy quizá tengamos una República tecnócrata que fue construida con una narrativa efectiva y poderosa. Repetimos, no podemos decir que la tecnocracia no vale un peso, pero de allí a que ocupe el lugar de la política es decir mucho. Lo que pasa es que hoy tenemos políticos malos y – por el contrario- tecnócratas que entienden muy bien su oficio, tanto que incluso que se atreven a ser de políticos.

Ahora bien, ¿son malos los tecnócratas que hay en el Perú? Bueno, eso según el cristal por donde se le mire. Por ejemplo, los tecnócratas de izquierda, los de Susana Villarán, naufragaron en las aguas de las peroratas y las buenas intenciones. ¿Y los liberales o neoliberales como les dicen por allí? Bueno, si algún reconocimiento se les hace es que sin las reformas de los noventa el Perú no tendría solo un quinto de pobreza.

Cuando Bedoya, el Tucán decía que los técnicos se alquilan tenía mucho de razón. Quizá al Tucán le faltó decir que el que decide si se alquilan o no, al principio como al final, es el político. Por ahora, en el gobierno de PPK, no se sabe si los que gobiernan son los tecnócratas o los políticos, o si ambos se han repartido la torta del gobierno. Por ahora solo basta decir que en 14 meses el gobierno de lujo (llámese los tecnócratas de derecha) prometieron la revolución social y solo existen chistes malos. Al final, un rey de los tecnócratas como PPK está dejando mal a su gremio.

 




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