La tolerancia en política

La noche del 30 de diciembre en mi Facebook, hice un comentario respecto a la gestión de la hasta hace dos días alcaldesa Susana Villarán. No suelo dar opiniones sobre personas y menos alguna de carácter político, sin embargo, luego de oír las declaraciones de la alcaldesa sobre que ya no pretendería ejercer algún cargo político de elección popular, solté una sonrisa y, al unísono, me atrapó el justo deseo como ciudadano de escribir, en mi muro, que mi ciudad no había mejorado en cuatro años y que el problema no lo generan los que postulan, sino los que eligen al candidato.

Al parecer mi opinión sobre la alcaldesa generó en algunas personas cierta picazón y, con ello, algunos comentarios contra mi persona que me hicieron reflexionar sobre la tolerancia en la política.

Ser tolerante en política y en la vida en general es una condición necesaria desde todo punto de vista. El político intolerante a las críticas simplemente debe alejarse de dicho arte. En repetidas oportunidades, he dicho que no es aconsejable ser impulsivo en política. Las pasiones se deben ejercer para diseñar planes y aplicarlos en beneficio de las mayorías y no para ir contra la integridad física ni psicológica de los demás. Las mejores decisiones se toman ni amando ni odiando.

Los que hemos tenido el privilegio de ver de cerca el comportamiento de los políticos históricos del país en los últimos 30 años, hemos apreciado que los debates ideológicos y programáticos se combaten con ideas y no con insultos.

Recuerdo cuando en mi época de estudiante secundario (1978) esperaba con ansias que un constituyente saliera del Palacio Legislativo a la Plaza Bolívar para regalar pases de ingreso a la galería del hemiciclo del Congreso; grupos de simpatizantes de los partidos que esperaban al igual que yo un pase de ingreso, se gritaban e insultaban defendiendo, según ellos, sus respectivas ideologías.

Años después, cuando me desempeñaba como ujier del Senado, aprecié que los líderes de los partidos no aplicaban el grito ni la ofensa en los debates, y me pregunté: ¿por qué los simpatizantes de los partidos se insultan y hasta se agarran a golpes, y los líderes de los partidos no lo hacen? En ese instante entendí lo que es la verdadera política, aquella que no precisa de los insultos para fijar una posición y que por el contrario crea la frase justa para desarmar al rival como el pintor usa el pincel para dibujar lo que siente.

Este recuerdo que muy pocas veces lo he contado, lo relato hoy con la ilusión que la nueva clase política que está emergiendo y que con seguridad dirigirá los destinos de nuestro país en algunos años la aplique. Enriquecer la política es guardar las formas, las reglas, es mantener una posición sólida y educada para que quien observe aprenda el debate de las ideas y no el debate de intolerancia y del insulto. Este nuevo año que marca el inicio de los nuevos gobiernos regionales y municipales, debe ser el inicio de una nueva era en la política peruana: sin odios, sin resentimientos, mirando al futuro y no al revanchismo político de baja estofa.




Viernes 09 de Enero de 2015

Me animé y comencé una travesía por el mundo de la radio por Internet. De pasar de preguntado a preguntón...