Mi constitucionalista y demócrata, un sacerdote.

Fray Augusto Díaz Canchaya fue el director del Colegio Nuestra Señora de la Merced de Lima, centro educativo en  donde recibí mi formación secundaria. Él fue mi  profesor de historia del Perú en tercero de secundaria. De este curso , tal como lo enseñan hoy,   hicimos poco; con él aprendí a los trece años de edad a interpretar la Constitución Política del Perú, en plena dictadura militar.

¿Cómo una sacerdote, director de un colegio religioso, en plena dictadura militar se atrevía  a enseñarles a sus alumnos a interpretar y a estudiar la Constitución Política del Perú?

Simplemente, existen  dos respuestas; la primera es que tenía el coraje para hacerlo, estoy seguro que el plan curricular  no contemplaba ese  estudio, lo cual, a  don Augusto, eso  le importaba un rábano; y lo segundo es que para él era más importante que sus alumnos sepan interpretar una Constitución que leer un libro de historia, que podríamos estudiar en cualquier etapa de nuestras vidas.

La metodología que usaba don Augusto, consistía en que cada alumno eligiera tres artículos de la Constitución. Todos teníamos la obligación de escribir en una hoja tamaño oficio, lo que interpretábamos sobre la lectura de cada artículo constitucional.

Luego cada alumno se ponía de píe, en estricto orden alfabético de la lista, y leía su interpretación. Varias  veces  coincidíamos  en la elección de los artículos. En ese caso se iniciaba un interesante debate de las distintas posiciones sobre un mismo punto.

¿Se imaginan a niños de trece o catorce años debatiendo sobre la interpretación de la Constitución en plena dictadura militar? Hoy  lo hago y me regocijo de ello. Cada intervención del alumnado, correcta o no, era muy rica, ya que nos permitía ampliar nuestros pensamientos hacia algo más social. Dejar los  pensamientos púberes de aquellos años y enfrascarnos en una discusión que en definitiva nos  iba a servir para la vida futura; me doy cuenta que era súper enriquecedor. Además, esta  práctica nos valía para aprender a hacer preguntas. Hoy pocas personas saben preguntar correctamente.

Pero además, don  Augusto, inquieto sacerdote, y totalmente irreverente con el estatus quo del país de ese momento, introdujo la elección libre y universal para la elección del brigadier general del colegio  y de cada aula de primaria y secundaria.

Igualmente, cada jueves antes de salir de clases, existía la hora patriótica, en donde todo el alumnado cantaba el himno nacional, y recibíamos charlas sobre nuestros próceres de la independencia. Durante el primer  mes de clases, la hora patriótica estaba dedicada a la campaña electoral; los alumnos de quinto de secundaria que deseaban postular, tenían diez minutos para exponer ante el alumnado del colegio su plataforma electoral. Luego de las semanas de campaña, el último viernes del primer mes de clases, todos los alumnos votábamos y elegíamos a nuestras autoridades estudiantiles. Era una democracia viva.

Ese fue don Augusto, que goza ahora de la gloria del señor, y esa fue parte de la educación que recibí en mi secundaria. Si me preguntan por el mejor constitucionalista y ejemplo de un demócrata en mi país, pues amigos ya tienen mi respuesta. Hasta pronto querido Augusto.




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