Repensando a Oropeza

Por Luis Zaldívar

La captura del presunto narcotraficante Gerald Oropeza esta semana ha sido percibida para la mayoría como una cortina de humo de parte del gobierno para tapar los escándalos que domingo a domingo siguen apareciendo en torno a la pareja presidencial. Sin embargo, el sector político que se siente más afín al humalismo que a los otros partidos, en donde se incluye buena parte de la izquierda y los antipolíticos e indignados de todo pelaje, han caído en el juego de levantar la figura de un flaco y derrotado Oropeza, quien se ha limitado a declarar su inocencia a la prensa mientras el pueblo rápidamente da vuelta a la página; finalmente, es una constante que los prófugos dejan de ser noticia a penas los capturan.

Más allá de lo ridículo del argumento que por tener familia aprista el joven Oropeza esté vinculado a algún tipo de red criminal junto con dirigentes del APRA, lo que los promotores del humo no parecen entender que el escándalo montado alrededor del personaje se va percibiendo en la población más como un objeto de chiste por la extravagancia de un “Tony Montana peruano” que como un ataque político; en la población su inscripción en el APRA es secundaria al lado de los carros y las fiestas de lujo que el involucrado solía promover. Puedo asegurar desde este espacio que Oropeza no sería noticia si no hubiese sido por la vida estrafalaria que en verdad lo hace ver más como un amateur que como un pez gordo del narcotráfico.

 Pensar que una mayoría de peruanos van a comenzar a relacionar a los apristas como narcotraficantes gracias al caso Oropeza no es más que pensamiento ilusorio; de hecho, para una buena parte de peruanos gente como él son más cercanos a sus vidas diarias que los políticos, empresarios o periodistas que han inflado el caso como si se tratara de un Pablo Escobar peruano. Lo más seguro es que en cuanto pasen las elecciones el Tony Montana peruano pase a arresto domiciliario y tenga un largo juicio alejado de las cámaras de televisión. Al final, el joven Oropeza está pagando los platos rotos de su inmadurez y ganas de llamar la atención, algo que alguien con su apellido no puede darse el lujo.   




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