Todos queremos ser naturales: Lecciones de un debate público

El reciente debate sobre la Unión Civil fue un éxito en muchos aspectos, principalmente porque por primera vez en mucho tiempo se discutieron en la arena pública conceptos más complejos que la típica acusación sobre corrupción o golpes políticos revestidos de pomposo discurso ideológico. Uno de esos conceptos fue que muchos comenzaron a discutir qué es lo que se considera “natural” en las relaciones sexuales, haciéndose preguntas que son válidas y tema de controversia en las facultades de ciencias sociales en todo el mundo. Lo maravilloso de esa pregunta es que cuanto más nos la preguntamos, nos damos cuenta que ninguna de nuestras acciones puede ser considerada “natural” aisladamente de nuestro contexto, somos seres sociales, y no existen nuestros genes independientemente de nuestra cultura.

El ejemplo más fácil y que viene al tema es el de la homosexualidad. ¿Es natural? Si se dice que no, ¿el sexo anal entre heterosexuales es natural? ¿Y por qué el órgano que causa más placer al hombre es la próstata? Si sí es natural, ¿entonces porque  existen órganos reproductivos tan distinguidos? Estas preguntas incomodan tanto a homofóbicos como a fundamentalistas del género, quienes gustan decir que hay personas “genéticamente homosexuales”, cuando en verdad –y lo dice alguien totalmente a favor de los derechos LGTB- las hormonas pueden dictar tendencias, pero el comportamiento (ni los sentimientos) están normados por las categorías sexuales que nos hemos autoimpuesto. Molesta también comparar a la homosexualidad con la pedofilia, pero sí es innegable que hasta hace menos de un siglo una chica de 14 años podía tranquilamente contraer matrimonio. No hay nada más natural que el ser humano cambiando sus preferencias con el tiempo.

El debate tiene connotaciones aún más profundas, porque al darnos cuenta la categoría hombre y la categoría mujer no definen adecuadamente el comportamiento del hombre en la historia, entonces nos damos cuenta, como lo hizo Kant en el siglo XVIII, que los conceptos intentan atrapar la realidad, pero nunca llegan a captarla totalmente. Lo mismo pasa con todos los conceptos y categorías de la humanidad, creadas para poder organizar en un contexto definido, pero finalmente inaplicables en las barreras del tiempo y el espacio. Por eso en el debate de la Unión Civil no debería discutirse en base a lo que suponemos es natural, sino a que principios ideológicos nos aferramos más: los conservadores dirán la familia, los liberales diremos igualdad. Allí está el verdadero debate.




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