El factor Anti

Las recientes manifestaciones ciudadanas en contra de la candidatura de Keiko Fujimori, así como las respuestas fuera de lugar de algunos de los militantes fujimoristas hacia estas mismas expresiones sociales han vuelto a poner sobre el tapete el factor del antivoto hacia una determinada candidatura.

El antivoto – en este caso hablamos del antifujimorismo – es un factor que destaca en un escenario de polarización. Y en el Perú, ese escenario es habitual. Se aprecia sobre todo en la parte final de un proceso electoral cuando la posibilidad de que una candidata – en este caso Keiko – pueda llegar a la Presidencia.

El factor anti resurge también para generar seguridad entre quienes lo enarbolan. Ser anti otorga una identidad definida a partir de la cual se plantea una protesta o exigencia. Es una zona de confort en donde ciudadanos de diversos intereses pero con algo en común – el antifujimorismo – se unen en una misma causa.

Pero el anti tiene a su vez dos vertientes. Una, cuando este factor se refiere a una oposición simplemente por oponer, sin más contenido,  una posición basada en un sentimiento de rechazo. Es algo más emotivo que racional. Y otra cuando el anti aparece como un mecanismo para recordar viejos errores o prácticas. Es una posición con argumentos basados en hechos concretos que concluyen la no pertinencia de una candidatura u opción política. Prima lo racional.

En las recientes protestas anti Keiko se han visto un poco de estos dos tipos de antivoto. Es cierto que existe de parte de un sector importante de la sociedad peruana una animadversión hacia la candidatura de cualquier fujimorista. Pero también es cierto que existe desconfianza por todo lo que representó el régimen de su líder histórico, Alberto Fujimori, y además por el grupo que la rodea. Pero sin dudas ambos tipos de antivoto se retroalimentan y se convierten en uno solo en las previas a una elección.

Quizás, Keiko Fujimori ha centrado inútilmente sus esfuerzos en mitigar el primer tipo de antivoto, pero eso en una sociedad aún polarizada como la peruana es casi imposible. En realidad, su estrategia debió estar enfocada en el segundo factor anti, renovando complemente a  su gente, ofreciendo nuevas ideas y sobre todo desmarcarse – sin que se vea forzado – de la influencia de su padre y compañía. Tampoco se desmarcó de las viejas prácticas como aquel clientelismo que enarboló Alberto Fujimori. Hoy, su hija está envuelta en proceso de pedido de exclusión por haber amadrinado la entrega de dinero.

Así, ese antivoto racional parece mantenerse y hasta crece. El deslinde de las viejas prácticas no ha sido suficiente y parecer difícil de desaparecer. Un eventual Gobierno suyo seguirá teniendo ese factor respirándole en la nuca. Será su eterna kriptonita sobre todo mientras tengamos respuestas y declaraciones intolerantes de parte de sus militantes ante la justa protesta ciudadana.




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