Hacia un país predecible

“En el Perú, uno nunca sabe dónde va a terminar un pedido, una solicitud o un trámite. No hay seguridad en los canales formales”. Un empresario chileno me describía así su impresión del sistema estatal peruano. Para él, un emprendedor que decidió venir al Perú hace algunos años, simplemente los canales formales no garantizaban el mínimo de predictibilidad. No se refería a que un pedido tuviera necesariamente un final feliz, sino que tuviera una respuesta concreta, rápida y definida.

Me comentó además que en Chile por ejemplo, cualquier ciudadano sabía exactamente cuál era el camino que seguía un pedido, reclamo o solicitud dentro del sistema público. “No tenemos que estar preguntando a cada rato para saber qué pasa con nuestro pedido. En el Perú en cambio, hay que estar detrás de todo, acompañar el trámite porque si no se podría perder en el camino” añadió el empresario.

En nuestro país, la predictibilidad en nuestro sistema estatal es casi nula desde siempre. Salvo honrosas excepciones, el ciudadano no sabe que esperar de un proceso o trámite. Y eso, tal vez es una de las razones por las cuales muchos no reclaman, no denuncian y no preguntan. Prefieren que la vida pase sin problemas, sin dolores de cabeza, sin sorpresas. La falta de predictibilidad de nuestro sistema ahuyenta a cualquiera.

Y si como ciudadanos vemos que al más alto nivel no hay un mínimo de predictibilidad, es peor. Decisiones judiciales que se alargan por años. Congresistas sancionados judicialmente que no son desaforados inmediatamente. Comisiones investigadoras que muchas veces no llegan a nada después de un largo proceso de trabajo. Proyectos de ley que guardan el sueño eterno. Y así, siguen los ejemplos. Si hubiera un mínimo de predictibilidad en el sistema, tal vez podríamos planificar mejor, elaborar mejores metas, proyectarnos con metas concretas. Seríamos un país más proactivo.

Esa falta de predictibilidad también responde a la existencia de lo que algunos entendidos llaman “instituciones informales”, es decir formas y pautas de organización que sin ser reconocidos por la ley, tienen una presencia dentro del sistema. Así tenemos al narcotráfico y a los grupos de corrupción enquistados en el país por ejemplo. Son estas “instituciones informales” las que obstaculizan cualquier campaña o medida de nuestras autoridades. La predictibilidad positiva para el bien común no tiene espacio en este nivel. 

Por ello, nos quedamos cortos difundiendo mensajes que hacen hincapié en la responsabilidad del ciudadano para reclamar o advertir algún problema. Ello no será suficiente si el sistema no funciona. Si mi proactividad para sentar una denuncia por ejemplo colisiona con una burocracia que se resiste a cambiar, entonces todo seguirá igual. El cambio depende de todos.




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