¿Y si voto en blanco?

Según la encuestadora IPSOS APOYO,  a diciembre del 2015 el 9% del electorado pensaba votar en blanco o viciado y el 7 % no sabía por quién votar; para febrero de este año, el 8%  votaría en blanco o viciado y el 9 %  no sabía por quién votar, al 13 de marzo el porcentaje de votos en blanco subió al 12 % y el 10 % no precisa aún por quién votará. Como vemos, el porcentaje de votos en blanco se ha ido elevando de 9 a 12% y el de indecisos de 7 a 10%.  A poco menos de un mes de las elecciones los candidatos en carrera no habrían convencido a más o menos el 22 % de la población electoral.

Ante una oferta electoral que no convence, la opción de emitir un voto en blanco o de anularlo, sería una manifestación válida de una decisión política totalmente democrática.

En las elecciones del año 2001, de los 12 millones 264 mil votos que se emitieron en primera vuelta, el 10.3 % fueron votos en blanco y el 3.3% fueron nulos o viciados.  En el año 2006,  en primera vuelta se emitieron 14 millones 632 mil 003 votos, de los cuales 11 % fueron en blanco y el 4.23 % fueron nulos o viciados. Finalmente,  en las elecciones pasadas, siendo el número de  votos emitidos en primera vuelta unos 16 millones 699 mil 734, el 8.85 % fueron en blanco   y 3.44 % fueron nulos o viciados.

Para muchos, un voto blanco resulta ser una “abstención activa”, un voto de protesta, una manifestación de insatisfacción o rechazo. Si entre las opciones que se presentan ninguna te parece adecuada para gobernar, es tu derecho democrático no marcar ningún símbolo o ningún candidato porque es una forma de decir: “ninguno me convence”. De igual manera el voto viciado. Quien se ha desempeñado como personero o miembro de mesa ha sido testigo de lo creativo que se pone el elector cuando quiere dejar claro que vicia su voto porque no pretende elegir a ninguno de los candidatos que contiene la cédula, aunque también sucede que el voto se vicia por desconocimiento de la manera de votar.

Los votos blancos y los nulos o viciados, si bien no se toman en cuentan a efectos de determinar la votación alcanzada por los candidatos a presidente, vicepresidente o congresistas, sí se registran en las actas de escrutinio porque en efecto tienen valor como manifestación de voluntad del electorado. Éstos votos tienen tanto peso que si el número de ellos, sumados o separados, superan los dos tercios del número de votos válidos se podría declarar la nulidad total de las elecciones a nivel nacional o la nulidad en una provincia o distrito según sea el caso.

En países como México por ejemplo, han existido incluso promotores del voto en blanco para, como dice José A. Crespo en su artículo denominado “Horizonte Político: voto duro vs voto nulo,  “generar una fuerte presión ciudadana para orillar a los partidos a aceptar reformas que limiten sus privilegios y fortalezcan políticamente a los ciudadanos. O, en el peor de los casos, hacer patente a los partidos el grado de inconformidad existente, en lugar de hacerles ver que estamos muy contentos y satisfechos con su desempeño y sus privilegios”.  En Colombia, existe la casilla o zona de marcación para el voto en blanco en la cartilla electrónica y también la posibilidad de inscribir a un grupo promotor del voto en blanco que tiene una casilla distinta a la del voto en blanco y suma votos a efectos de declarar la nulidad de una determinada elección.

Pese a que el voto nulo es la válida manifestación de una posición política,  ¿cuántos peruanos nos sentimos obligados a elegir entre catorce candidatos que no nos convencen, cuando podríamos considerar la posibilidad de no votar por ninguno? En los últimos quince años, un promedio del 10 % de la población electoral decidió participar de las elecciones pero no elegir a ninguno. Muchos otros, terminamos, quizá una vez más, votando por el mal menor.

Los electores insatisfechos o aún no convencidos por los candidatos que se presentan, hacen un ejercicio de descarte, empiezan determinando por quién no votarían para pasar a buscar el que consideran la opción menos mala o también votan por aquel que sí puede competir con el que, definitivamente, no quieren que gane. Esto alienta a un tipo de campaña que intenta resaltar lo negativo del candidato contrario y exacerbar el voto rechazo. Es en este momento de la campaña en el que nos encontramos, en el que se acentúa más el voto anti Keiko, anti PPK, anti Alan, anti Barnechea y anti Vero; el momento en que se dejan de lado las propuestas para difundir los trapos sucios de todos.

Lo que me preocupa del uso y abuso de las campañas negativas para atraer el voto del indeciso o generar el voto rechazo, además de ser una mala práctica del marketing político, es que contribuyen al aumento de la insatisfacción del ciudadano ante la clase política, los partidos y la participación misma en las contiendas electorales. Desdibujar a todos perjudica al sistema democrático porque no concentra la atención en las propuestas sino se ocupa de desprestigiar a los políticos y  genera que la población vaya perdiendo poco a poco la esperanza y la confianza en todos.

Frente a ello y ante el desgaste provocado, el ciudadano insatisfecho tendrá en democracia, como lo sostiene Juan Hernández Bravo[1], “la alternativa del voto en blanco como una señal de alerta por rebasar los umbrales tolerables de los déficits democráticos de una determinada sociedad”.



[1] HERNÁNDEZ BRAVO, Juan, “Abstención Activa”, En Román Reyes (Dir): Diccionario Crítico de Ciencias Sociales. Terminología Científico-Social, Tomo 1, Ed. Plaza y Valdés. Madrid-México 2009.

 




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