Conversando con un viejo (parte II)

Centro de Lima (Plaza San Martín II)

Amigos míos, gracias por sus saludos, preguntas y felicitaciones.

Yo era un joven equis, yo era un nerd. No les digo que pienso, pero soy como uno de ustedes; y ante el impacto de mi primera publicación en Facebook, me lancé a buscar la segunda parte de este relato.

Así que me fui donde ese hombre viejo y esta vez lo fui a buscar, y lo encontré sentado en un sillón roto, leyendo y recomendando libros. Era el mismo hombre, y lo pude ver en toda su quietud, esa quietud que tiene mi padre a los 85, él lo tiene a los 65. Lo vi tan calmo, tan seguro de sí mismo.

Cuando lo saludé, me vio y me dijo - ahora vienes sólo, que se te ofrece hijo - y le conté que había escrito lo que había hablado con él en el Facebook y él riéndose me dijo: Alán una vez le dijo a la juventud que no lo escuchen, porque decían que los seducía y los convencían, y yo en un rato de sinceridad le dije – usted ha hecho lo mismo conmigo señor y por eso estoy aquí.

Saben que me dijo: Hijo ese es el poder de un campeón, eso es el poder de un número uno, ese es el poder de un hombre que triunfó en la vida. Pero no te distraigas, siempre alerta y atento. Que se te ofrece hijo, y yo como todo joven curioso le pregunté.

¿Señor es verdad que usted es casi como un hermano de Alan García, verdad que usted lo conoce?, y me dijo – él es 85 días mayor que yo, él se llama Alan Gabriel, yo me llamo Víctor Raúl. Él es hijo de un héroe y yo también - ¿Tú eres periodista, no?- ojalá que yo tenga la oportunidad de ver que tú le hagas la pregunta del caso, del por qué él se llama Alan Gabriel y yo Víctor Raúl, y ojalá que te conteste en ese momento y frente a quién.

Señor, y usted a través de los años que edad tenía cuando se conocieron. “Yo llegué el año 66 a Lima y nos hermanó el número uno de nuestra organización. Él escogió la política y yo me convertí en hippie. Pero nunca lo dejé. Ahora tengo 66 años y nunca dejé de leer todos los días. La lectura a mí me dio grandes satisfacciones. Me permitió entrar a la aristocracia donde pertenecen los mejores del mundo. Esa aristocracia donde solamente se exige una condición para pertenecer a ella: Leer, leer, para entender, para poder hacer. ¿Qué significa eso?, ser capaz”.

Ante tan abrumadora cantidad de información, no sabía qué hacer, me perdí y me fui. El hombre viejo me miró y me dijo - que te ocurre, ¿te cuesta entender?...vuelve cuando tengas más hambre. Yo les prometo que volveré para que ustedes entiendan de lo que se trata.

Alejándome y yéndome me olvidé de lo más esencial. Gracias señor Lito, y me perdí en la calle a tomar un buen pisco en el Queirolo pensando todo aquello de lo que mis oídos fueron testigo.

 




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