May apela al público brexitero ante sus sustos en las encuestas

May apela al público brexitero ante sus sustos en las encuestas

 

La memoria humana es un instrumento frágil. Especialmente en el alegre mundo de la demoscopia británica. Los nervios dominan la campaña del Partido Conservador porque un nuevo sondeo de la firma YouGov para «The Times», realizado el martes y el miércoles, sitúa a Corbyn a solo tres puntos de Theresa May (42%-39%). Pero si se revisa la hemeroteca puede constatarse que esa misma compañía y ese mismo diario aseguraban unos días antes de las elecciones de 2014 que el laborista Miliband estaba a solo un punto de Cameron. Gran columpiada, porque el conservador ganó con mayoría absoluta y 6,5 puntos de ventaja.

El conjunto del resto de las encuestas es más benigna para May, con una ventaja de diez puntos. Pero aun así es evidente que su campaña, que arrancó con 22 puntos por delante, no está funcionando bien. Se percibe hasta en el lenguaje corporal. May, de 60 años, luce cada vez más tensa, seria y ojerosa. Corbyn, en cambio, aparece relajado, con sentido del humor y con una inédita prestancia estética (sus asesores le han obligado a jubilar la americana beige y el pantalón negro y luce impecables ternos azul marinos y flamante corbata roja).

La primera ministra está pagando el error de novato del Rasputín de gabinete que la domina, Nick Timothy, un tory de cuello azul (de origen de clase baja), que llevado por su afán reformista colocó un cepo en los pies de la campaña tory atacando al sector que más apoya a los conservadores: los jubilados. Los que castigó con el llamado «impuesto de la demencia», que los obliga a responder con sus casas para pagar la asistencia social a domicilio si son dependientes y no pueden hacer frente a la factura. Error mayúsculo irritar a los mayores, el granero tory (según las encuestas, el 69% de los jóvenes de 18 a 24 están con Corbyn).

May ha resultado además una mala candidata, es muy tímida -y se le nota-, se ríe de manera forzada, no está cómoda con la gente y sus discursos parecen la alocución de un opositor que canta un tema en un examen. Corbyn, por el contrario, parece más auténtico, se aparta del prototipo del líder prefabricado, y hace gala de un fino sentido del humor. Promete todo tipo de aguinaldos sociales, una oferta disparatada que es patente que el país no podrá pagar, pero a los castigados por la resaca de la crisis les gustan sus viejas proclamas socialistas: «Es tiempo de cambio en este país, que tiene que funcionar para los muchos y no para unos pocos». Caña al rico, viene a ser lo que se respira en sus mítines, donde hay más entusiasmo y aplausos que en los de May.

 

Para salir de su agobio, May hizo caso este jueves a su gurú electoral, el australiano Lyton Crosby, y volvió al Brexit, con un ejercicio de optimismo nacionalista, que la llevó a proclamar algo tan improbable como que tras salir de la UE el país «será más global, abierto de miras, más confiado en sí mismo y estaremos más unidos y más seguros».

El Brexit, si el pueblo le da su confianza a ella, «será un éxito, que nos permitirá crear un país todavía mejor para nuestros hijos y nietos». Aunque May hizo en su día una tibia campaña por el Remain, intenta ahora tomar oxígeno revisitando los lemas nacionalista brexiteros de la campaña del referéndum: «Seremos un país que tomará sus decisiones aquí, que controlará sus fronteras, que no tendrá que pagar enormes cantidades de dinero a la UE cada año». Incluso rondó la partitura de UKIP cuando dibujó a los inmigrantes como gente que crean presión en algunas comunidades inglesas, castigan sus servicios sociales y afectan a la calidad de los empleos.

Consecuencias de la pataleta nacionalista

Su esfuerzo por vender el Brexit como la maravilla que viene sonaba a impostura. El Reino Unido es un país que empieza a no ir tan bien. Comienza a acusar una decisión que fue un salto al vacío: dejar el mayor y más próspero bloque comercial del mundo por una pataleta nacionalista, en la que mandó el voto de los más viejos y los menos instruidos (de 18 a 24 años, el 73% voto por la UE y también el 62% de los menores de 45).

Acaban de publicarse los datos de crecimiento del primer trimestre del año en el G7. El Reino Unido, líder del grupo el año pasado, cae ahora a la cola con un 0,2%, frente a un 0,9% de Canadá; 0,6% de Alemania y hasta un 0,4% de la fatigada Francia (España crece al 0,7%). El Brexit ya se paga, por lo que suena muy forzado presentarlo en un mítin como la tierra de la leche y la miel. Resulta además totalmente incongruente que la «premier» diga que es vital para el futuro del país un acuerdo comercial bueno con la UE y que al tiempo proclame que el Brexit es una maravilla, cuando no ha sido más que un portazo a un club de comercio abierto.

May, que ofreció su discurso en un feudo laborista y brexitero del Norte de Inglaterra, volvió a desautorizar a Corbyn en los términos más duros: «No cree en Gran Bretaña. No es adecuado para el trabajo. No tiene lo que hay que tener». La «premier» recordó que solo once días después de las elecciones del 8 de junio comenzarán las negociaciones con los 21, «y él, en lugar de estar trabajando en el mejor acuerdo con la UE, estará en un acuerdo con Nicola Sturgeon y el resto».

Corbyn, que siempre ha sido euroescéptico e hizo una lamentable campaña por la UE en el referéndum, también habló del Brexit. «El Reino Unido está dejando la UE, eso es así, pero permitidme que sea claro: no saldremos sin un acuerdo. La frase ‘Ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo’ es un desastre económico», dijo en alusión a uno de los mantras que repite May para deleite de su facción brexitera.

El veterano socialista recuerda siempre que tras el Brexit se acabará la libre circulación, un guiño a los muchos votantes laboristas del Norte deprimido que votaron Leave. Pero promete garantizar de inmediato que los comunitarios que viven en Gran Bretaña podrán quedarse y también anuncia visas para los trabajadores cualificados que se necesitan. Pero Corbyn no es precisamente un europeísta. Anunció «nuevas y fuertes regulaciones del mercado laboral» para evitar que «empresarios sin escrúpulos» sigan trayendo «grupos de trabajadores a bajo coste que hunden los salarios de aquí». Le Pen habría firmado.

Fuente ABC de España