Tantas veces Misui

Su ingreso a un hospital con la mirada perdida, después de una ingesta de pastillas, convirtió a Misui en la protagonista de una telenovela  llegando a su trágico desenlace,  aquellos dramas de ficción  con las que crecemos las mujeres, de las que por ganar rating, someten a su protagonista femenina a increíbles sufrimientos con matices de dependencia emocional y manipulación psicológica.

Por algo las telenovelas con mayor audiencia son aquellas donde hay una mujer que sufre lo indecible: por amor no correspondido, por depender de la pareja que se hace dueño hasta del aire que respira,  o por tener que aceptar la infidelidad para no quedarse sola, sin “posición social (¿?)” o sin dinero.   Mujeres que idealizan a un hombre –en vez de una vida propia-, aunque este sea drogadicto, alcohólico, vago o mujeriego y,  que para tenerlo o retenerlo, deben ser capaces de todo.

Todo ese “ know how” del sufrimiento femenino lo aplicamos a nuestra realidad golpeada por un Estado indiferente, crisis de valores y pocas oportunidades de desarrollo,  contribuyendo a estigmatizar a nuestro  género y sometiendo incluso a nuestras hijas a esta vorágine de la calificación moral y roles sociales impuestos en razón a nuestro sexo, restándoles autonomía y reduciendo sus aspiraciones a modelos falsos de éxito, de esos que ahora abundan en televisión.

Misui encierra toda esa realidad de las mujeres peruanas, todo ese dolor que hemos sabido asimilar y muchas veces callar por razones equivocadas que lesionan nuestra autoestima, por no considerarnos capaces de ganarle la batalla a la dependencia afectiva y económica, justificadas en frasecitas hechas como “lo hago por mis hijos para que no crezcan sin padre”, “yo no trabajo, no se hacer nada”, “él es buena persona, pero tiene su carácter”, “ no lo denunciaré porque no soy nadie para juzgar ,que lo juzgue Dios”. 

De otro lado, la voluntad de denunciar se desincentiva con la impunidad.  De nada sirven normas de protección sin operadores del derecho que sepan aplicarlas con perspectiva de género. Como diría Carol Smart en “La mujer del discurso jurídico”, muchas veces el Derecho es sexista pues  parte de premisas equivocadas tales como  “las mujeres pueden ser iguales a los hombres”, para equiparar sus derechos; o “diferentes” para fundamentar su protección especial y para criminalizar la violencia de género, siendo el género masculino el parámetro referencial lo cual es una equivocada interpretación del principio de igualdad.

Las evidencias de la incorrecta aplicación de los estándares de protección se encuentra en los 700 casos de feminicidio y 703 tentativas que dan cuenta del asesinato de una mujer cada tres días, según los datos  proporcionados  por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables.  Muchos de estos casos fueron tipificados en un principio como lesiones leves o graves, que no merecieron una prisión preventiva ni medida de protección, donde esencialmente la agresión psicológica pasa desapercibida, lo cual favorece el espiral de conductas repetitivas entre agresores y víctimas.

En anterior columna, señalé la importancia de tomar en serio la salud mental, insisto en ello, pero también es necesario capacitar a nuestros jueces y fiscales que en estos casos no pueden guiar su actuación priorizando la aplicación de reglas procesales frente al derecho a la vida y a la seguridad de la víctima, además de protegerla así ésta no quiera denunciar, eso corresponde a un Estado que dice lucha por nuestros derechos.

Como ciudadana peruana, me hubiera gustado que la Primera Dama y las mujeres políticas de nuestro país hubieran hecho suya la voz de Misui.  Quizás, desde sus cargos y funciones hubieran hecho algo más para que su historia tuviera un final feliz.

 

 Aún están a tiempo.

 

 




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