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Columna

Las Jéssicas y Las Nicoletas

José Abraham Villacorta Olano

Las Jéssicas y Las Nicoletas

De dos nombres propios a una nueva mirada sobre el poder y la corrupción

Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.

Una reflexión sobre el favoritismo político y la transformación de los vínculos personales en privilegios financiados con recursos públicos.

Hay acontecimientos políticos que parecen destinados a desaparecer con la siguiente noticia. Sin embargo, algunos merecen una mirada diferente, porque detrás de un hecho aparentemente aislado puede esconderse un patrón de comportamiento que trasciende a sus protagonistas.

Eso es lo que me ha llevado a reflexionar sobre una expresión que ha llamado mi atención en el debate político español: «las Jéssicas y las Nicoletas».

La diputada Cayetana Álvarez de Toledo ha utilizado estos nombres en el contexto de la controversia política española. Pero, más allá de los nombres propios y de las circunstancias particulares que los rodean, considero que aquí existe una posibilidad de interpretación que merece ser explorada.

¿Y si estos nombres pudieran trascender a las personas para convertirse en una categoría de observación política?

Mi planteamiento es precisamente ese. Propongo utilizar la expresión «las Jéssicas y las Nicoletas» para identificar un fenómeno que puede presentarse en distintos sistemas políticos: la conversión de los vínculos personales o sentimentales con quienes ejercen el poder en posibles vías de acceso a puestos, contratos y beneficios financiados con recursos públicos.

No se trata simplemente de una relación sentimental, de una amistad o de la cercanía con un funcionario. El problema aparece cuando esas relaciones desplazan el mérito, la capacidad y la transparencia, y terminan convirtiéndose en mecanismos de favoritismo o clientelismo.

Quienes observamos la política más allá de la noticia inmediata sabemos que las preguntas verdaderamente importantes no siempre son las más evidentes.

¿Por qué se contrató a determinada persona? ¿Qué méritos justificaban su nombramiento? ¿Habría obtenido esa posición sin su relación con quien tomó la decisión? Y, sobre todo, ¿quién se beneficia realmente de esa decisión?

En el Perú, estas interrogantes adquieren especial relevancia. Las controversias sobre contrataciones cuestionadas, puestos de confianza y presuntos favorecimientos a personas cercanas a funcionarios forman parte recurrente de nuestra realidad política. No afirmo que todos esos casos respondan al mismo patrón, pero considero que merecen examinarse con una perspectiva que permita identificar posibles mecanismos comunes.

Conviene precisar algo: no toda mujer vinculada sentimentalmente con un político participa en actos irregulares, ni toda contratación cuestionable constituye un delito. Lo determinante son los hechos, los procedimientos, los méritos acreditados y las responsabilidades individuales.

Mi interés no es estigmatizar a las mujeres. Es poner bajo observación a quienes, desde el ejercicio del poder, pudieran utilizar los recursos del Estado para satisfacer intereses particulares.

Mi propuesta es pasar de los nombres propios al fenómeno; de la anécdota al patrón y del patrón a una herramienta de análisis político. No pretendo presentar esta interpretación como una categoría internacional ya consolidada, sino plantear una perspectiva propia que permita examinar situaciones semejantes en España, el Perú y otros países.

Porque el Estado no es propiedad de quienes circunstancialmente lo administran. Los cargos públicos tampoco son agencias privadas de colocación, ni el presupuesto nacional una caja disponible para financiar preferencias personales.

La pregunta fundamental no es quién comparte la intimidad de un político. La pregunta es si esa cercanía se transforma en un privilegio indebido y quién termina pagando por él.

Y cuando la factura se carga al presupuesto público, no la paga únicamente quien ejerce el poder.

La pagamos todos.

Las opiniones expresadas en esta columna son de responsabilidad de quien la firma y no representan necesariamente la posición editorial de Punto de Encuentro.

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