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Columna

Análisis del proceso brasileño

Para entender el resultado de la segunda vuelta en Brasil hay que mirar primero algunas circunstancias previas.

La primera es cómo un político de ochenta años, que buscaba la reelección inmediata y lo que sería su cuarto mandato al frente de la potencia emergente sudamericana, llegó a esta contienda con posibilidades reales. La respuesta está en la trayectoria de Luiz Inácio Lula da Silva.

Lula llega al poder al cuarto intento, después de haber sido un líder sindical prominente y de perder tres elecciones: la primera frente a Collor de Mello y las dos siguientes frente a Fernando Henrique Cardoso. Gana en 2002 y se reelige en 2006. Al cabo de esos dos mandatos, la gestión de sus programas sociales había reducido la pobreza de manera notable, y su aprobación superaba el 70%.

Luego vino la caída. Condenado en 2017 en el marco de Lava Jato, el gran escándalo de corrupción que sacudió al continente desde su epicentro brasileño, Lula entra en prisión en abril de 2018 y queda fuera de las elecciones de ese año, que gana Jair Bolsonaro en representación de la derecha. Tras más de un año y medio en la cárcel, recupera la libertad.

En 2022 enfrenta al propio Bolsonaro y lo derrota, ante una derecha duramente cuestionada por su manejo de la pandemia. Comienza así su tercer mandato. Ya en el gobierno, rechaza la presión de Estados Unidos para que se pusiera fin a los procesos contra el expresidente Jair Bolsonaro, y esa firmeza le suma popularidad.

Es decir, Lula llegaba a esta elección precedido por una obra social que había asistido a millones de brasileños, en un país polarizado frente a los sectores conservadores que encarna la familia Bolsonaro. Además, representaba a la izquierda en un continente donde la mayoría de los nuevos gobiernos son de signo de derecha y tienen vocación de trabajar de la mano de Estados Unidos.

Así llega a 2026. Naturalmente, no las tenía todas consigo. Era un hombre mayor, un presidente en busca de la reelección inmediata y, encima, de un cuarto mandato. Esa falta de novedad y ese cansancio político explican que Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente —hoy en arresto domiciliario, ironías de la política brasileña y latinoamericana—, quedara primero en la primera vuelta. Lula entraba así a la segunda en desventaja.

Hay que precisar que en la tradición política brasileña nunca un candidato que quedó segundo en la primera vuelta había ganado la segunda. Ese dato añadía complejidad al desgaste natural de Lula. Durante buena parte de la campaña, todo apuntaba a una victoria de Bolsonaro hijo.

En ese contexto hay que reconocer, sin lugar a dudas, lo bien que el Partido de los Trabajadores manejó la recta final. Primero, con una movilización digital y juvenil orientada a captar a quienes habían votado en blanco o nulo, o no habían ido a votar. Le habló al público donde podía cosechar.

Un momento crucial fue el debate presidencial, donde brillaron los reflejos políticos de Lula ante la burla de Flávio Bolsonaro, que lo llamó “nueve dedos”. Lula respondió en el acto: recordó que perdió el dedo trabajando desde muy joven y obligó a su rival a disculparse. La escena se viralizó, y estoy convencido de que generó empatía con Lula en los sectores populares y le dio nuevo aire. Error, grave error, de Flávio Bolsonaro, bien aprovechado por un político de dilatada trayectoria.

A ello se suma que Lula ofreció una plataforma propositiva, casi como si no fuera presidente sino un aspirante nuevo.

También es importante destacar que buscó instalarse en el centro del electorado, y eso tuvo varias manifestaciones. Una de las principales: Flávio Bolsonaro quedó asociado a los sectores religiosos más radicales, mientras que un grupo de 47 obispos católicos difundió una carta que, sin nombrar a los candidatos, cuestionaba la candidatura de Flávio y fue leída como un respaldo a Lula.

Finalmente, y no menos importante, en algún sector —quizá pequeño, aunque en un electorado de más de cien millones de votantes nada es pequeño— pudo pesar que el partido de Bolsonaro hubiera obtenido en la primera vuelta la mayor bancada en ambas cámaras. Tal vez parte del electorado quiso compensar con la presidencia y equilibrar el poder. Algo de eso ocurrió en el Perú en 2016, cuando en la segunda vuelta Kuczynski le ganó a Keiko Fujimori, pese a que ella ya tenía 73 congresistas electos.

Por lo tanto, el proceso brasileño se explica por cuatro factores: una base social construida a lo largo del tiempo, sobre todo con programas de asistencia y de reducción de la pobreza; un cambio de estrategia para la segunda vuelta, que movilizó a jóvenes, indecisos y abstencionistas; los errores del propio Flávio Bolsonaro; y una mejor capacidad que su adversario para captar el centro.

Lo que viene

Para la anécdota y el análisis posterior quedará la reacción de Flávio Bolsonaro, que intentó desconocer los resultados para luego recular. Quedará también el vacío que la izquierda brasileña deberá llenar en cuatro años, frente a una derecha que sigue fuerte: el PL tendrá 121 de los 513 diputados y 28 de los 81 senadores, la mayor bancada de un partido desde la Constitución de 1988 (Correio da Manhã). Gobernar no será sencillo.

En lo geopolítico se mantendrá el enfoque pragmático de Lula: una alianza fuerte con China, sin dejar de tratar a Estados Unidos como una realidad con la que hay que negociar. Si hubiese ganado Flávio Bolsonaro, estoy seguro de que se habría abierto incluso una discusión sobre la utilidad de los BRICS.

Las opiniones expresadas en esta columna son de responsabilidad de quien la firma y no representan necesariamente la posición editorial de Punto de Encuentro.

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