Punto de Encuentro

El árbitro que explica las reglas cuando el partido ya terminó

Fernando Rodríguez Patrón

Resulta extraño que en una democracia el árbitro permita que un jugador entre al campo,  que el público vote por él y anuncia que recién después del partido explicará si podía jugar.

Eso es lo que está ocurriendo con Rafael López Aliaga y el JNE. Y lo verdaderamente preocupante no es solamente la candidatura de López Aliaga, es que el Tribunal Electoral parece haber descubierto una fórmula extraordinariamente cómoda para tratar los problemas difíciles: no resolverlos.

Repasemos la secuencia, porque en política la memoria es lo primero que se pierde. López Aliaga renunció a la alcaldía para postular a la presidencia. Quedó fuera de la segunda vuelta, desconoció los resultados y anunció que no recibiría la credencial ni juramentaría como senador. Con el escaño dejado de lado, reapareció como primer regidor en la lista de Renovación Popular, y en julio el Pleno del JNE le abrió la puerta postulatoria. Horas antes del cierre de listas, Luis Rubio, el candidato a alcalde, renunció por “razones estrictamente personales”, esa fórmula elástica que en el derecho electoral peruano abriga casi todo. Y el 4 de septiembre, el Pleno puso a López Aliaga en carrera. Resultado: si la lista gana, el primer regidor asciende solo a un sillón sin dueño.

La Constitución, por cierto, prohíbe la reelección inmediata de alcaldes.  Pero la política peruana tiene una vieja afición por las puertas laterales. Cuando la puerta principal está cerrada, siempre aparece alguien dispuesto a explicar jurídicamente que se puede entrar por la lateral

Y el rol que ha jugado Burneo es conmovedor. Concedámosle lo que hay que conceder: el presidente del JNE sostiene que no existe una prohibición expresa para que un alcalde, o un exalcalde, postule como regidor, tesis que, en el plano estrictamente formal, es sustentable. Un tribunal tiene derecho, incluso obligación, de sostener una interpretación aunque sea discutible. Nadie inscribió a López Aliaga como candidato a alcalde, postulaba como regidor. Qué delicadeza! Pero que el presidente del organismo que luego deberá resolver anuncie su lectura del problema por adelantado es otro asunto, pero dejémoslo en la columna de las curiosidades. Sin duda estaba mirando para otro lado y nunca vio la postulación de López como una forma de reelección encubierta.

Tengamos presente que el derecho no se agota en la inscripción del candidato, y fingir lo contrario es una manera muy sofisticada de silbar mirando el techo. Una cosa es resolver si alguien puede ser candidato a primer regidor. Otra, bastante distinta, es decidir s este puede recibir después la credencial de alcalde como consecuencia de una elección en la que quedó a la cabeza porque el titular “se hizo a un lado”. El propio JNE ha mantenido separadas ambas preguntas, y a la segunda, que es la que le importa al elector, Burneo, consultado por la prensa evitó adelantar posición y la remitió al Pleno. Pateó el problema para después.

Después. Qué palabra tan convenien para quien decide, pero perjudicial para el elector tiene que decidir antes. Ese “pequeño” detalle parece habérsele escapado al árbitro.

¿Quién gana con el después? El que ya está en la cédula. Un elector marca un símbolo creyendo que vota por un candidato y, luego descubre que accede a la alcaldía otra persona. Carlos Bruce lo planteó con claridad casi pedagógica: la gente cree que vota por López Aliaga y podría estar votando por quien viene después en la lista. Catorce listas a Lima llegaron a amenazar con plantar el debate del JNE si no se aclaraba el asunto. Catorce. Esto no es asunto menor. Cuando la mitad del salón le pide al profesor que por favor corrija la pizarra, el problema rara vez está en el alumnado. Y conviene decirlo sin vueltas: nadie pide al Jurado que le indique al ciudadano por quién votar. . Se trata de algo bastante más elemental: que el elector conozca las reglas jurídicas relevantes antes de depositar su voto.

Lo más fascinante es que el propio Burneo advirtió sobre las estrategias de ciertas autoridades para seguir en el cargo pese a la prohibición de reelección inmediata, y llegó a reconocer que el marco normativo “tiene esa permeabilidad”. Admirable lucidez: el vigía avisa del incendio pero guarda el extintor bajo llave hasta que termine la fiesta. Como quien ofrece un consuelo, propuso además repensar si esa prohibición debe mantenerse, con el argumento de que gobernar exige experiencia. La experiencia, sí. Un valor al que conviene rendir homenaje justo cuando uno está en pleno proceso de adquirirla.

Y aquí aparece la cuestión que trasciende a López Aliaga: ¿qué clase de personas necesitamos al frente de los organismos electorales?. Los organismos electorales no son una escuela de verano. Nadie le entrega el bisturí a quien “viene a aprender” en plena cirugía, ni deja que el piloto descubra el tren de aterrizaje a diez mil pies de altura. Y sin embargo, con el árbitro de la democracia aceptamos con una naturalidad conmovedora que lea el reglamento en pleno partido. Una elección no es un examen piloto, y el elector no debería convertirse, sin saberlo, en conejillo de un experimento jurídico. Un partido no se arbitra consultando el manual en el entretiempo. Si el árbitro necesita la repetición para saber si hubo mano, debió verla antes de la jugada, no cuando el balón ya está en la red.

¿Me dirán que un jurado no puede prejuzgar una credencial que aún no existe? Es el mejor argumento de Burneo, y lo concedo con gusto: hay una prudencia procesal legítima. Pero la prudencia tiene fecha de caducidad, y se llama día de la votación. Prejuzgar sería decir quién gana. Decir qué reglas valen, antes de que el elector las ejerza, es simplemente trabajo; para eso existe el cargo. Nadie sugiere resolver al compás de las encuestas ni de las exigencias de los candidatos: se trata de resolver conforme a Derecho, pero a tiempo. Una decisión correcta y tardía puede producir un problema democrático que una decisión oportuna habría evitado, y administrar la incertidumbre en lugar de disiparla es una vocación respetable en una casa de apuestas, no en un tribunal.

Las democracias casi nunca se rompen con estruendo. Se desgastan con un “después” dicho en voz baja, por quien sabe que nadie se lo va a reclamar a tiempo. Y así, a escasos días de votar, nos queda una pregunta que ningún formulario contesta: ¿para qué votamos si el JNE decidirá después qué significa nuestro voto?.

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