Siempre resulta una tarea compleja redactar una reseña sobre la historia del aprismo sin experimentar un nudo en la garganta. La lectura evoca un contraste continuo de emociones frente a un relato que explora las fibras más íntimas y interpela la propia militancia, planteando un examen personal sobre cuán lejos estamos dispuestos a llegar y cuál es el alcance del sacrificio al que nos debemos.
En esta ocasión, la obra nos recibe con una viñeta entrañable que el autor, Luis González Posada, expresa desde el fuego juvenil que guarda en el alma:
«De esa experiencia aprendí que tenía una familia sanguínea y otra más grande, extensa, multitudinaria, esparcida en costas y sierra: la familia aprista, a la que pertenezco al igual que mis padres, mi abuela materna, ahora mis hijos y, con la seguridad de que también lo harán, mis nietos. Porque el Apra no solo es historia e ideología, sino también un gran movimiento afirmado en recuerdos y afectos, en sentimientos y tradiciones.»
¿Cómo no sentirse identificado como lector y, fundamentalmente, como aprista que ha caminado, camina y caminará más allá de las coyunturas electorales y las tareas sociales? ¿Cómo no conmoverse ante una expresión tan pura de convicción juvenil que alberga la esperanza de las nuevas generaciones por ver un partido unido? Un partido que, reencontrándose con su esencia, se funde en un abrazo fraternal, carnal en lo político y supremamente expectante del destino histórico que aguarda a nuestro movimiento revolucionario. Resulta imposible no conmoverse con los recuerdos de un Luis González Posada niño frente a la persecución y el terror impuesto por quienes intentaron apagar la luz del aprismo, así como con el esfuerzo abnegado de madres, hermanas y compañeras que sostuvieron a pulso los momentos más agónicos de nuestra historia centenaria.
El devenir histórico y la dignidad frente a la persecución
El texto prosigue con el devenir de los acontecimientos históricos a través de una rigurosa selección de detalles para esclarecer, paso a paso, el trayecto del Partido Aprista Peruano. El punto culminante del relato se alcanza al abordar las postrimerías del Oncenio de Leguía, cuando el mandatario cae preso a manos de los mismos terratenientes, hacendados y banqueros que integraban la oligarquía más rancia del país. Aquellos sectores oligárquicos —cuyas ambiciones se vieron frustradas al perder hegemonía cuando Leguía asumió la presidencia y liquidó al civilismo que había controlado los ministerios y gobiernos en las décadas precedentes— hallaron en el golpe de estado comandado por el comandante Luis Sánchez Cerro la coyuntura idónea para consumar su venganza.
Se evidencia cómo esta élite civilista y oligárquica, una vez caído Leguía en desgracia, se encarnizó contra él, confinándolo en una celda reducida, insalubre, prácticamente en penumbras y con las ventanas tapiadas. Convirtieron a su otrora adversario en víctima de tratos inhumanos y vejámenes manifiestos, perpetrados incluso en presencia de su propio hijo. El relato deja al descubierto la naturaleza intrínseca de estos grupos de poder: la forma en que razonan, sienten y se expresan, instrumentalizando la venganza como su principal mecanismo de intimidación coactiva.
En este complejo escenario reluce la postura del Partido Aprista Peruano. Pese a haber sido duramente perseguido por Leguía durante su mandato, el aprismo no se sumó a la ola de encarnizamiento contra el rival caído, confinado inconstitucionalmente, sin juicio, en ropajes miserables y con la salud quebrantada. Por el contrario, Víctor Raúl Haya de la Torre —aquel que «probó la llave de la torre»— demandó un trato digno e humanitario para el expresidente. Así lo testimonió el propio Leguía en sus memorias póstumas:
«Por un periódico de hace una semana, que olvidó un centinela de vista en el momento del relevo, me he enterado de las gestiones del doctor Osores y del señor Víctor Raúl Haya de la Torre para obtener me dispensen mejor trato y consideración. Claramente emocionado por estas sinceras manifestaciones de ambos políticos...»
Con estas líneas, estampadas en las páginas de la obra que póstumamente se titularía Yo tirano, yo ladrón, Leguía dejó constancia de que, si bien sufrió destierro por su causa, Víctor Raúl Haya de la Torre no hizo del odio su norma de vida. Por el contrario, mantuvo una conducta signada por el humanismo y el respeto a la dignidad humana, virtudes poco frecuentes en la trayectoria política nacional. En dicha postura lo acompañó Arturo Osores Cabrera, líder del Partido
Constitucional, quien también había padecido prisión y exilio tras intentar derrocar a Leguía en 1924. Siendo ambos —Osores y Haya de la Torre— candidatos presidenciales al momento de emitir tales declaraciones, postergaron todo cálculo político para manifestar una preocupación genuina por el adversario vencido y enfermo.
¿Cómo no sentir orgullo de esta causa? ¿Cómo no experimentar la emoción en el latido cuando las páginas de la historia reconocen que el aprismo no ha sido mero discurso florido o elocuente, sino carne y sangre comprometida al lado del pueblo, capaz de mantener un carácter profundamente humanista e intransigente con la dignidad, incluso frente a sus perseguidores más feroces? Este libro constituye un testimonio de la reserva moral que hace falta en nuestros días y representa una lectura imprescindible para quienes concebimos la política como un sacerdocio de servicio y no como un medio para la satisfacción de personalismos o ambiciones subalternas.
Somos herederos de dicho legado. La obra de Luis González Posada nos invita a profundizar en el sentido de la dignidad humana y, de manera fundamental, en la proyección de nuestra mística, nuestro deber dogmático y el trabajo político. La consecución de este deber no es solo una consigna, sino un mandato ineludible para nuestra formación como militantes y ciudadanos de un mañana mejor. La historia demuestra que cuanto más firme sea el clamor del combatiente, más cercana estará la victoria; en ese camino, el Apra alcanzará la conciencia del pueblo y enarbolará la revolución social tantas veces postergada. La renovación y reconstrucción partidaria exigen comprender esta dimensión, y textos como este evocan el sentimiento primigenio, febril y revolucionario de aquel joven sanmarquino erguido al borde de la pileta frente al juicio de la historia.
«Le decían el Mocho»: Retrato de la reacción oligárquica
Merece especial mención el séptimo capítulo, titulado «Le decían el Mocho». En este apartado se expone, a partir de acuciosa documentación y testimonios históricos, la naturaleza psicopática, felona y acomplejada del dictador Luis M. Sánchez Cerro, cuyo odio visceral hacia sus compatriotas revelaba una conducta distante de los cánones de la civilidad.
Entre los testimonios más impactantes destaca el del comandante Gustavo Jiménez, quien conoció de cerca a Sánchez Cerro por haber participado junto a él en la rebelión contra Leguía y por haber ejercido el Ministerio de Gobierno. Sus palabras, crudas y directas, sentencian:
«Ya ni siquiera se le puede considerar fuera de la ley; ya no es un simple caso político, un mal reparable por un sencillo golpe revolucionario. Sánchez Cerro se ha puesto fuera de las leyes humanas, al margen de los convenios que celebran todos los hombres civilizados para convivir armoniosamente. Es un caso teratológico, angustioso y cruel.»
Las evaluaciones recogidas en este capítulo, provenientes de personalidades de diversos estratos sociales y campos del saber, retratan cómo los grupos oligárquicos articulados alrededor del diario El Comercio y la familia Miró Quesada instrumentalizaron la figura de Sánchez Cerro. Se devela así la dinámica de su ascenso al poder y la conversión de su régimen en un cadalso para dar rienda suelta a sus pasiones viles y a la humillación sistemática de sus semejantes.
Aquel militar que inició la asonada en Arequipa mediante un golpe de Estado —el mismo que tiempo atrás había suplicado clemencia a Leguía y que, tras ser perdonado y promovido en su carrera militar, dejó morir a su benefactor consumido por la neumonía en una celda miserable— queda retratado como un traidor falto de virtudes, pero dotado de la sagacidad picaresca para transar favores y servir de peón a las viejas élites. Sánchez Cerro encarnó así al adversario histórico del aprismo: la convergencia del dinero, la prepotencia y la oligarquía sempiterna que busca ejecutores para la opresión. En aquella etapa fue un dictador de extracción militar; en otras épocas ha adoptado rostros distintos, pero siempre caracterizado por su vileza e inhumanidad. Frente a ello, el aprismo se ha mantenido firme para combatir a las fuerzas que han avasallado el poder con la felonía como único mérito.
Conclusión
En suma, este texto resulta indispensable para las nuevas generaciones en aras de delimitar con claridad nuestra línea doctrinal e identificar a los adversarios históricos del pueblo peruano. Nuestro deber permanente consistirá en responder al llamado de nuestra causa, como un movimiento propositivo erigido en defensa de la dignidad, la verdad y la promesa histórica de la justicia social con pan y libertad.