Uno de los dibujos animados favoritos de todos los que andamos en la base cuatro, es sin duda El Correcaminos. En él, un astuto pero desafortunado Coyote, trata infructuosamente de capturar al veloz Correcaminos, pero todos sus intentos son en vano, pues casi cuando esta por lograr su objetivo, el tiro, literalmente, siempre le sale por la culata.
Esta semana, la Comisión de Constitución y Reglamento del Congreso, ha aprobado una reforma a la Ley de Organizaciones Políticas mediante la cual se eliminarían a las organizaciones políticas locales, sean éstas de ámbito distrital o provincial y ello me ha traído a la memoria el recuerdo del simpático pero fatal Coyote. Ya veremos por qué.
Si bien el dictamen no se pronuncia respecto desde cuando se aplicaría dicha disposición, todo haría suponer que la misma regiríade inmediato, es decir, las organizaciones políticas locales no podrían participar en las próximas elecciones municipales del año 2018 y le correspondería, aunque esto tampoco lo dice el dictamen, al Registro de Organizaciones Políticas del Jurado Nacional de Elecciones cancelar la inscripción aquellas que a la fecha se encuentran inscritas.
Los congresistas que sustentan el dictamen, argumentan que normas como éstas buscan fortalecer a los partidos políticos, sin embargo, no encuentro fundamentos para coincidir con ello, pues pretender que unos se vean favorecidos por la desaparición de otros no resiste ningún análisis, más aún si en el espectro normativo partidista, no se ha efectuado ningún cambio respecto a temas medulares con vistas al próximo proceso electoral: se mantienen las débiles normas sobre democracia interna y seguimos teniendo vacíos respecto al financiamiento privado de campañas; en otra palabras, no se ha mejorado nuestro deficiente sistema normativo y sin embargo pretendemos cambiar las reglas de juego. Creo que el orden lógico de las cosas debió ser precisamente al revés, primero fortalecer a los partidos (comicios internos obligatorios supervisados por los organismos electorales, renovación periódica efectiva de sus cuadros directivos, establecimiento obligatorio de comités a nivel nacional, actualización obligatoria de sus padrones de afiliados, transparencia en sus cuentas, etc.) y luego pensemos en simplificar el partido y contar con menos actores.
En efecto, el descrédito partidista es tal, que la eliminación de sus competidores, por más pequeños que éstos sean, no solucionan en nada el problema, y quizás, acaben agravándolo y colocándonos en una situación similar a la del Coyote.
Me explico. Los partidos políticos en su gran mayoría, son organizaciones netamente limeñas y salvo uno que otro caso aislado, su nivel de penetración en el interior del país es, por decir algo, escasa, cuando no (en algunos casos) inexistente, prueba de ello son los precarios resultados obtenidos en las elecciones sub nacionales donde los movimientos regionales desde hace mucho tiempo sacan mejores resultados que las organizaciones de alcance nacional.
Siendo esto así, si a los partidos les cuesta lograr ganar gubernaturas, y más allá de las grandes ciudades, su nivel de participación y éxito frente a las alcaldías provinciales y distritales es precaria, ello nos evidencia que no se dan abasto ni tienen capacidad para colocar candidatos en la mayoría de distritos del país, con ello, los únicos que pueden sentirse beneficiados con medidas como ésta son los movimientos regionales, organizaciones caudillistas que se estructuran sobre la base de un líder y cuyo nivel de informalidad sobrepasa, largamente, al de los partidos políticos.
De otro lado, no se ha tomado en cuenta la necesaria migración que efectuarán todos aquellos que pensaban postular a través de una organización de alcance local que tendrán que virar ahora hacia los partidos o movimientos para lograr su postulación. Si a los partidos ya les costaba controlar a sus propios candidatos, imaginemos el escenario ahora con candidatos prestados y sin los filtros y controles que puedan tener sobre ellos.
Esperemos que no nos suceda lo que al simpático coyote y la norma acabe siendo más perjudicial que beneficiosa. El debate está abierto.