El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, siempre me ha traído sentimientos encontrados, por un lado el gusto del saludo, los regalos, por ahí el engreimiento y por otro la piconeria de que al tener un día en especial, en realidad no somos iguales.
Si somos iguales que los hombres, ¿Por qué ellos no tienen un día también? ¿Por qué se nos hace esa distinción? ¿Seguimos siendo seres oprimidos por el mundo? Y es acaso esa la razón para recordarle al mundo que somos iguales, que no salimos del pie del hombre si no de la costilla, lo que nos hace estar a la par y no en el piso
Seamos honestos, no somos iguales aún, en el mundo, hay mujeres que no pueden mostrar sus cabellos, que no pueden decidir el número de hijos que tendrán, ni saben leer o escribir.
Hay mujeres que no denuncian a sus maridos cuando las maltratan porque sin dependientes económicamente de ellos, porque tienen miedo a quedarse solas, porque son inferiores dentro de su mundo. Todavía existe, y no tenemos que pensar en las mujeres de Medio Oriente, tenemos que pensar en las desigualdades palpables de nuestro país.
En este día, invito a que no le den una rosa a sus mujeres, exaltando su femineidad, lo rico que cocinan, o lo bien que lucen, si no más bien que feliciten las fuerzas de salir día a día a las calles a luchar por ellas y por sus familias, vamos a recordar a las mujeres valientes que sacrificaron sus vidas en busca de la igualdad y de derechos comunes.
Comprométanse a enseñar con el ejemplo la igualdad, el respeto y la tolerancia, no solo para con las mujeres, si no también para el resto de poblaciones vulnerables.