Coyuntura difícil con decisiones que deben ser tomadas respecto del régimen y de la democracia. El gobierno caracterizado por un estilo vertical y castrense enfrenta una crisis de gobernabilidad aunque no quieran darse cuenta ni actuar en consecuencia. Incapacidad e irresponsabilidad casi siempre van juntas y en este caso se agrega la soberbia como mala consejera.
Lo triste es que no juegan solo su suerte sino la de todos los peruanos indignados con el estilo de hacer política que no dialoga e impone mandatos, designios u órdenes que supuestamente deberán ser acatados sin dudas ni murmuraciones. Pero Ollanta Humala y sus gonfaloneros se equivocan de medio a medio, la política no es un cuartel ni los ciudadanos que lo eligieron son soldados. Por el contrario, son mandantes y ahora lo confrontan exigentes, con desconcierto o indignación. Humala no quiere admitir que acaba de sufrir una derrota política de proporciones ante jóvenes que por miles en las calles han hecho retroceder la Ley Pulpín que él y su mujer se empeñaron personalmente en defender hasta las últimas consecuencias.
Y las consecuencias toman la forma de una crisis que encuentra al Presidente en acelerada deslegitimación y a una Primera Ministra sin autoridad. Jara no quiere recordar que logró la investidura raspando, con el voto dirimente de la Presidenta del Congreso, y que nunca ha podido controlar a ministros como Urresti, Figallo, Cateriano, Omonte y Mayorga, que han desacreditado a su gabinete sin vocación de renuncia oportuna.
Es decir que Ana Jara, la escudera máxima de Ollanta y de Nadine, se empeña en presidir un gabinete desgastado de un gobierno aún más desgastado. Por eso es absurdo que el presidente pretenda respaldarla cuando no cuentan con el respeto ni el apoyo popular.
Y en esta coyuntura la convocatoria de Jara al diálogo con las fuerzas políticas parece una broma de mal gusto desde que por un lado convocan y por otro persisten en los ataques que vienen del Ministro del Interior y del mismo Presidente de la República que no se ahorra las pullas. ¿Es así como ven la urgencia de la charla y el acuerdo? No se percibe por lado alguno vocación ni actitud ni voluntad de consensos. Todo parece servido para que la oposición se indigne y rechace todo acercamiento.
¿Quién o quiénes están detrás de la inviabilidad del diálogo? ¿Por qué forzar la situación? ¿A quién o quiénes favorecen los extremos que se están alcanzando? La responsabilidad de preservar la democracia recae en el gobierno intemperante pero también en la oposición vigilante. Toca al mismo Presidente tomar el teléfono -con urgencia y buenas maneras- para llamar al dialogo y ofrecer un gabinete de ancha base. Toca a la oposición olvidar agravios -ya que ha sido sistemáticamente atacada y vigilada- y pensando en el país aceptar participar, en torno a un programa mínimo, para superar la crisis de gobernabilidad que puede ir hacia más. Las premisas para este entendimiento deberán ser un interlocutor unitario sin facciones ni divisiones internas y una autoridad ejecutiva única para nada bifronte.
Si el gobierno persiste en su terquedad y soberbia suicidas, exacerbará los temores y las facciones al interior del Ejecutivo. Y en el Legislativo advertirá a quienes quieren abandonar el barco oficialista que llegó el momento de ubicar otro partidor. Mientras ello sucede la democracia podría estar yendo camino al despeñadero.