Ayer ha sido un día muy difícil para el país.
En primer lugar, el cerrojo que Fuerza Popular ha impuesto sobre cualquier forma de ética y de grandeza política ha demostrado, una vez más, la imposibilidad formal de contener su terrible y absurdo ejercicio del poder.
Inclusive el hecho de haber desaforado a tres pésimos congresistas como Kenji Fujimori, Bienvenido Ramírez y Guillermo Bocángel, que en otras circunstancias sería un gesto de reivindicación y de honor para la institución congresal, debe pasar desapercibido no solo por la calidad de los que votaron a favor de este resultado sino porque, previamente, ni siquiera se consintió el debate acerca de la moción de censura en contra del Presidente del Congreso, Luis Galarreta, responsable de innumerables actos merecedores de sanción y de varias catilinarias en contra suya.
Por eso, mi impresión es que este Congreso no solo es malsano en torno a quienes ejercen la mayoría sino en relación a todos los que forman parte de él y pese a haber fallado en favor de un desafuero muy bien justificado, el blindaje a la persona de Galarreta, ha hecho que se pierda el mínimo de respeto que aún se le debería tener en tanto es una "institución democrática".
Soportar esta vergüenza hasta el 2021 será un ejercicio de resistencia antivómito y si la ciudadanía sigue apoyando este tipo de conductas tan despreciables, no habrá un futuro digno para nadie en este país.
Sin embargo, hemos de resistir la tentación de conformar un ejercicio militarizado y violento en contra suyo, no por temor a la revolución sino porque no existen condiciones, ni siquiera en la misma izquierda, para dar viabilidad a la misma y, por tanto, quienes se beneficiarían de este incremento de la violencia política serían las facciones más radicales de la izquierda que aún subsisten, es decir, las más acordes con el terrorismo como práctica revolucionaria.
Luego, la problematización respecto de las marchas antisistema ha mostrado el abismo que separa a los peruanos y ha degenerado en una “terroristización” generalizada que, desde luego, es una arbitrariedad y un engaño y, por otro lado, ha servido para indicar el ocultamiento y alcahuetería de los violentistas que siempre marchan en minoría.
Todo este problema nos lleva a preocuparnos por un incremento de la violencia en la oposición entre quienes deseamos y luchamos por una transformación del sistema y quienes están encargados de hacer que el mismo se mantenga y perdure.
En este sentido, buscar una justificación para el incendio de la camioneta policial que todos hemos visto es un despropósito. Y aunque para nadie es novedad que esa camioneta fue un señuelo que despertó la indignación, acaso justa, de algunos manifestantes, también, cabe la posibilidad de que hasta los mismos incendiarios hayan sido parte de una orquestación fujimorista.
Entonces, por razones de orden práctico, supongamos que haya sido absolutamente un escenario “armado” siguiendo la vieja escuela fujimontesinista de los psicosociales ideados por el tortuoso Segisfredo Luza. Muy bien, pese a que asumamos esta hipótesis como cierta, nada puede negar, luego de los cientos de manifiestos virtuales en favor de este acto de violencia, que existe una radicalización de las exigencias políticas del pueblo y si a eso se suma la falta de presencia y de tino del actual presidente Vizcarra – léase, provisional- podrían sobrevenir tiempos muy oscuros para todos.
En este orden de cosas: ¿deberíamos incidir en forzar un levantamiento popular violento que erradique a los entes nefastos que en la actualidad rigen el poder, circunstancia deseable pese a las reservas racionales y de principios que cualquiera pueda argüir en su contra, o deberíamos insistir en una transformación progresiva de la realidad y tener esperanza en que la gente desestime su enfermiza lealtad a Fujimori y a sus huestes y entiendan, así, el grave daño que representa para nuestra memoria histórica que el fujimorismo sea una fuerza política tan importante y al mismo tiempo tan indigna, en este momento,para mal de todos los ciudadanos peruanos?
Quienes sabemos de las consecuencias de la violencia y nos oponemos a ella, a la vez, que deseamos un país más honorable, luchamos y defendemos que se haga viable la segunda opción expuesta en el párrafo anterior,aunque es la más difícil.
Por ello, debemos estar de acuerdo con la indignación ciudadana pero nunca con los actos degenerados de violencia gratuita y torpe, además, que se realicen porque atentan contra nuestros principios e ideales.
Ante este escenario tan cercano a la tragedia solo nos queda seguir ejerciendo una voz crítica y empezar a forjar oportunidades y a hacer visibles a opciones más meritorias que las actuales a fin de que ejerzan de verdad una representación popular auténtica de cara a las elecciones del bicentenario yal resto de los procesos políticos del futuro.
Post Scriptum.
Hoy que es el Día de la Bandera y de la conmemoración del sacrificio de Bolognesi y todos los otros valientes que afrontaron la muerte, la derrota y la gloria al mismo tiempo, en el Morro de Arica, nuestro país no puede verse reflejado en los anhelos de aquellos héroes.
Por el contrario, y para mayor tortura de todos aquellos que se sacrificaron por el desarrollo y el progreso de nuestra patria, la camioneta de la Policía que fue incendiada ayer, representa, mejor que cualquier otro símbolo, al Perú, en este momento: un objeto víctima de violencia e intriga a partes iguales.