El Presidente de la República, por expreso mandato constitucional es el Jefe del Estado y personifica a la Nación, además de tener la más alta jerarquía en el servicio a la patria. Es elegido por los ciudadanos peruanos para conducir los destinos del país, debiendo respetar la Constitución y las leyes y hacer que ellas se cumplan.
Como vemos, el Presidente de la República tiene la responsabilidad de conducir al país, lo que importa liderazgo, es decir tiene labor directriz, por lo que su voz es sumamente importante al señalar metas y derroteros.
Tiene también el Presidente, que hacer sentir su voz reflexiva para lograr el seguimiento ciudadano, lo que contrario sensu significa que no debe ser conducido por la masa ciudadana y, con realismo no caer en populismos que no contribuyen a las buenas prácticas gubernamentales, sino a hacer caso a las emociones, muchas veces efímeras, de los compatriotas.
Es indispensable que quien ejerza la Presidencia de la República, se comunique con los electores con serenidad y seriedad, para que los ciudadanos peruanos y los residentes en el país, perciban reflexiones y no meramente emociones o veleidades populistas que son como se decía “pan para hoy y hambre para mañana”.
El Perú ha sufrido en muchas oportunidades, irresponsables acciones y omisiones de gobernantes que actuaban para la tribuna, en lugar de tomar decisiones sensatas que no siempre reciben aplauso inmediato, pero si el reconocimiento de la Historia con el pasar del tiempo, que es aliado de la racionalidad y de la verdad.
El facilismo conductual, las expresiones populacheras y las propuestas populistas, inexorablemente llevan a los países al descalabro social y económico, así como en el tiempo a la falta de confianza en quienes eligieron para actuar inteligentemente.
Nuestro querido Perú sufrió notoria crisis antes de la década del 90 en el pasado siglo, agravada con la activa acción terrorista que dejó miles de muertos y personas inválidas o seriamente lesionadas, además de pérdidas incalculables en bienes públicos y privados.
Un cuarto de siglo nos ha costado enmendar rumbos y, comprender que solamente las buenas prácticas gubernamentales nos ponen en la senda del desarrollo, con elevación de niveles de vida de la población y reducción sustancial de la pobreza, para lo que se tiene que facilitar la inversión que es la que genera puestos de trabajo para el bienestar general.
No tendría lógica alguna que, ante la desazón generalizada, motivada por la corrupción, se tomen medidas populistas, que con efímera aclamación de la población, nos lleve en el futuro a caminos ya recorridos en el mundo, con el fracaso como resultado del irresponsable proceder.
La Democracia exige madurez, y el ejercicio del poder: autoridad, que no es sinónimo de autoritarismo, pues es estricto cumplimiento de la ley. Sin dejar de ser severos con la corrupción, no perdamos en institucionalidad, que es el sostén de un futuro mejor.