Para Alan García Pérez
Por Germán Peralta Rivera
México, es el tercer país en calidad de deserrado al que arriba Víctor Raúl Haya de la Torre, lo hace a instancias del Secretario de Educación, quién lo había invitado para que resida y trabaje en tierra azteca. Allí se integrará al grupo de artistas e intelectuales jóvenes que colaboraban con José Vasconcelos, entre los que destacan Diego Rivera y Carlos Pellicer, entre otros. Pronto, Haya de la Torre pasa de ser estudiante a la de trabajador. A los pocos días se afirma una mutua admiración entre el Maestro- Ministro y el joven exiliado. Haya de la Torre admira en su mentor la capacidad de trabajo, su talante filosófico y el buen humor; por su lado, Vasconcelos se sorprende por la laboriosidad, responsabilidad y empeño del joven exiliado peruano, pronto afirmarán una mutua amistad. Gabriela Mistral Y Anne Graves, serán las amigas que le abren puertas y contactos con la intelectualidad mexicana, pero Vasconcelos es el gran promotor de Haya de la Torre; quien, por su parte, con agudeza viene observando el proceso revolucionario. Es así como no abandona su formación, acudiendo a recibir clases a la universidad.
Es en ese ambiente revolucionario que Haya de la Torre madura la idea de crear un movimiento generacional que exprese todas las ansias de renovación que ha captado en Argentina, Bolivia, Uruguay, Chile, Panamá, Cuba y México. Por varios meses va examinando todo lo ocurrido en el último quinquenio en el continente; comprende que, las juventudes han asumido un rol de vanguardia en las luchas por la justicia social y la democratización del continente. Planea fundar algo nuevo y diferente, las ideas principales son replantear el pensamiento integracionista y la necesidad de implementar una política de justicia social. Las juventudes latinoamericanas son las legatarias de la nueva independencia, esta vez contra el imperialismo y los grupos criollos de poder económico.
Es así como decide emprender la tarea, lo inicia en acto de juventudes, precisando que “el lírico intento de ayer, es hoy conciencia honda, proyectada en decisión, en ímpetu puro de idealidad y de empeño”. Para lo cual manda previamente confeccionar una bandera, un paño rojo, con los bordes de color dorado y a lo largo de todo el paño el continente desde Rio Grande hasta Chile en dorado, tomando como referencia el blasón vasconceliano. La ocasión más propicia es la ceremonia de entrega de cargos a la nueva dirigencia de la Federación de Estudiantes de México. El día del acto: el 7 de mayo, luego de la entrega de cargos, como ceremonia principal Haya de la Torre a nombre de la Federación de Estudiantes del Perú hace entrega de la bandera integracionista que encierra los sueños y la utopía de la nueva generación latinoamericana en su lucha por la integración latinoamericana y la justicia social. Al hacer uso de la palabra remarcará que “No solo queremos a Nuestra América unida, sino también a Nuestra América justa”.
El acto fue divulgado posteriormente en el Perú, llama la atención que los historiadores no hayan puesto atención a esta fuente, El Tiempo en la edición del 17 de junio de 1924, en su página 2, anuncia sobre el acontecimiento con el siguiente título “Los estudiantes mejicanos reciben una bandera y un saludo de sus camaradas del Perú”. En ella se dice: “hallamos en Excelsior importante rotativo mejicano, la información que enseguida reproducimos y en la que se reseña la ceremonia realizada en el salón de actos del Museo Nacional de México con motivo de la entrega de una bella y simbólica bandera que los estudiantes del Perú obsequiaron a sus camaradas de México por conducto del estudiante desterrado Víctor Raúl Haya de la Torre”. El acto se llevó a cabo a las 11.30 de la mañana.
La fundación es el acto que consagra la política como acción. Se realiza en tierras extranjeras, en México, por causa del encarcelamiento y destierro sufrido por Víctor Raúl Haya de la Torre, víctima de la dictadura de Augusto B. Leguía. El propósito de la ceremonia es amalgamar a las juventudes en torno a un proyecto integracionista y a la búsqueda de la justicia social y la democratización de nuestros países, esto es en oposición frente a las oprobiosas dictaduras que sufría la mayoría de nuestros países. La bandera que entregaba Haya de la Torre, era la bandera de la solidaridad para iniciar la lucha contra los regímenes que explotan a las clases productoras del continente. El sueño de Bolívar, Ugarte, Ingenieros y Rodo se patentizaba con este proyecto de cambio y ruptura. Los mecanismos de la organización y el marco teórico se diseñarían dos años después, luego que Víctor Raúl visitare el otro gran referente revolucionario, la revolución rusa.
La fundación del APRA, es el testimonio y afirmación de una lucha sin tregua. Hace 96 años que las juventudes que la enarbolaron ofrendaron en muchos casos con su sangre, su vida, el confinamiento y las ergástulas de las dictaduras, pero siempre fueron banderas de honor y de lucha que deben mantenerse firme en el combate contra los nuevos grupos de capitalistas dependientes del capital transnacional. Haya de la Torre nos enseñó a pensar por nosotros mismos, sin exaltar la xenofobia contra los norteamericanos, europeos o asiáticos. En un mundo interdependiente y globalizado el rol del aprismo debe ser el combate por la independencia, sin caer en la autarquía, ni en los criterios localistas y sin rumbo. Somos un partido del pueblo que se está modernizando, que no acepta dictadorcillos de papel. Debemos mantener inhiestas las banderas de combate contra la nueva oligarquía de nuestros tiempos y contra la corrupción y velar por el bien común de las clases productoras. El APRA debe continuar siendo el partido de la modernidad y la ética pública. Ese es el mensaje insobornable de hace 96 años y ese es el mejor tributo y homenaje al jefe y fundador: Víctor Raúl Haya de la Torre y a todos los hombres que cayeron en defensa de estos ideales.