Desde el 2014, en junio se conmemora el Mes de la Cultura Afroperuana. En diversos espacios, ya sean estatales o privados, se realiza una serie de actividades que buscan resaltar nuestra “tercera raíz”, como lo definió la africanista mexicana Luz Martínez Montiel. Sin duda, hay mucho para celebrar del aporte afrodescendiente a la construcción de la nación peruana, pero también hay mucho por reclamar y visibilizar. Desde el conocido perdón histórico del gobierno peruano en el año 2010, poco o nada se ha avanzado en la implementación de políticas públicas para la población afrodescendiente. El Estado carece de iniciativa para incorporar a este grupo humano y la exclusión sigue siendo la regla. Si bien existe en el Ministerio de Cultura un Viceministerio de Interculturalidad y una Dirección de Políticas para Población Afroperuana, más allá de los diagnósticos o consultorías no se existe nada tangible. Hace algunas semanas, el Ministerio de Cultura lanzó una campaña vía redes sociales. Esta incidía en las particularidades médicas de la población afroperuana e invitaba a tener un mayor cuidado frente a la pandemia. Científicamente se ha comprobado que es un grupo de riesgo, ya que desarrollan en mayor proporción algunas enfermedades como la diabetes, hipertensión, etc. Los comentarios fueron negativos a esta campaña y hubo burlas de todo calibre, sin tener nada de empatía con los afrodescendientes. Esto no hace más que revelar, por un lado, la ignorancia y un racismo latente en la sociedad peruana. Los afroperuanos sobrepasan el 3.6 % según Censo 2017 del total de la población peruana, pero permanecen marginados e invisibilizados. Esto no significa que no existan grupos de activistas que reclamen por salud y educación como derechos básicos y que el racismo sea punible. Entre los más destacados, tenemos al Cedet y Lundu, pero su peso político es débil desafortunadamente. Los representantes afrodescendientes en el congreso no asumieron un compromiso político. A esto se suman las propias diferencias internas de los grupos de activistas. En el caso de los académicos que investigan lo afroperuano desde perspectivas históricas, antropológicas, sociológicas, etc., han renunciado a tener a un papel activo en esta lucha. Al parecer, su objeto de estudio debe permanecer inerte en la sociedad; es hablar de ellos, pero pensando que son sujetos solo pertenecientes al pasado y no al presente. Esto es un hecho grave, pues según el Informe del Programa de Naciones Unidas del 2012, en pleno crecimiento económico, la población afroperuana fue la que más desertó de los colegios. Por ejemplo, el analfabetismo entre los años 2001 al 2010 se duplicó en los afroperuanos, pasando de 4% a 8.6%. En el caso de la población indígena fue diferente, ya que pasó de 11.3% a 9.6% en el mismo período. En el caso de la educación superior solo tuvo un leve crecimiento. Por ejemplo, en el año 2001, el 23% del total de la población afrodescendiente accedía a las universidades. En el 2010 paso a ser el 29%, creció solo un 5%, mientras que los indígenas y mestizos duplicaron este porcentaje. Así concluye este punto el mencionado informe: “Este comportamiento refuerza la hipótesis de que la población afroperuana no se benefició del crecimiento económico experimentado en los últimos diez años en Perú en la misma medida en que lo hicieron los mestizos o los indígenas. Estos últimos, si bien presentan indicadores que aún están muy por debajo de los correspondientes a la población mestiza, mostraron una mejora notable en la última década, llegando a superar en algunas ocasiones los valores alcanzados por los afrodescendientes” (Informe PNUD, 2012: 42). Ante esta situación nos preguntamos: ¿qué celebra el Estado peruano? Si sus políticas públicas siguen ausentes, si la marginalidad y el racismo son moneda corriente en los afroperuanos. Estos hechos condenan a una tríada cruel, a la pobreza, al robo y a la cárcel. Si se sobrepone un mapa de la pobreza del país al de la población afroperuana, calzan perfectamente. Como mencionamos, si bien desde el Estado las acciones son débiles, existe una iniciativa individual que nos enorgullece: un afrodescendiente proveniente de la periferia limeña, estudiante de una universidad pública, quien realizó el Primer Simposio Interdisciplinario de Estudios Afroperuanos en el año 2012, siendo aún estudiante. Dicho evento fue el gran primer paso para concretar un proyecto mayor que se llama “D'Palenque: literatura y afrodescendencia”, revista que este año 2020 llega a su quinta edición. Su fundador, Juan Manuel Olaya Rocha, ha logrado crear la primera - y única hasta el momento- revista de literatura afroperuana, la cual no solo se dedica a la gran literatura, sino también a la literatura popular. Esta revista ha venido a llenar una notoria ausencia, ya que no había existido en el Perú, hasta el 2016, un espacio para las diversas expresiones culturales de los afrodescendientes de América Latina. Es así que la revista ha ido ampliando sus temas, abarcando la historia, la crónica, entrevistas, etc. Asimismo, cuenta con una página web donde se difunden los contenidos de la revista y las diversas actividades de la comunidad afrodescendiente desde el activismo hasta el academicismo. Juan Manuel Olaya Rocha, si bien es un literato, no ha claudicado al activismo y ha creado un espacio con recursos propios. Cada año es una aventura complicada poder publicar la revista, sin apoyo público o privado, pero con mucho entusiasmo la revista ve la luz. Ahora ha cambiado al formato digital y recibe colaboraciones de todas las partes del mundo y cuenta con un comité académico diverso. Iniciativas como la presentada, suman a la visibilización de la población afrodescendiente, a comprenderlos como sujetos históricos y culturales. No obstante, sin la presencia del Estado no se podrá resarcir los años de marginación y exclusión, por ser quien tiene los recursos y cierta capacidad organizativa. Es hora de sumar acciones, de levantar la voz de forma coordinada entre los diversos actores académicos y activistas. No tienen que ser espacios contrapuestos. Por el contrario, se deben alimentar mutuamente e intercambiar experiencias y opiniones en busca de un objetivo común: establecer políticas públicas o acciones afirmativas a favor de la población afrodescendiente. Podemos mirarnos en el espejo brasileño, que ha permitido el incremento de afrodescendientes en las universidades y en los empleos mediante sus políticas públicas. Todo concurso público reserva vacantes para indígenas y afrobrasileños, y son castigados con cárcel los hechos de racismo y discriminación. Este puede ser el camino, pero reconociendo nuestras especificidades y problemáticas.