¿Cuán patriotas somos? ¿Cuánto queremos a nuestro país? ¿Arriesgaríamos nuestra vida para salvar a otros o a la nación de una amenaza terrorista? Debo admitir que no sería capaz. Pensaría primero en mi familia y en mi futuro. No lo haría, por puro miedo. Se requiere más que amor a la patria para ingresar a un combate donde no se sabe si se saldrá con vida. Se requiere desprendimiento absoluto hasta de nosotros mismos, de nuestros anhelos personales y profesionales para ingresar a un lugar a rescatar a rehenes que habían sido secuestrados por personas que por años desataron la violencia, causaron dolor y vistieron de luto a nuestro país. Eso hicieron los Comandos Chavín de Huántar el 22 de abril de 1997. Eso que, probablemente, usted y yo no haríamos, arriesgar sus vidas para salvar a los demás. No pensaron solo en sus familias, pensaron en todas familias, en las que fueron ejecutadas, en las que fueron desaparecidas y las que aún vivían en zozobra. ¿Héroes nacionales? Sin ninguna duda.
Dicen que el peor enemigo de un peruano es otro peruano y también dicen que nadie es profeta en su propia tierra. Nada más cierto. El rescate a 72 rehenes realizado por los Comandos Chavín de Huántar ha sido elogiado por todo el mundo. Presidentes, militares, analistas, expertos en defensa y seguridad nacional han hablado sobre este operativo que permitió la liberación de aquellos que fueron secuestrados por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru MRTA al mando del terrorista Néstor Cerpa. Sin embargo, aquí poco nos duró el júbilo y la celebración por el exitoso operativo. La ONG Aprodeh demandó al Estado Peruano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por presuntas ejecuciones extrajudiciales a tres terroristas. Esta ONG argumenta que, tras el operativo, un grupo élite digitado por Vladimiro Montesinos, se encargó de “rematar” a tres terroristas que previamente se habían rendido.
La Comisión sostiene que el Perú no supo llevar adelante una investigación transparente y efectiva del proceso, que ya se encuentra a la espera de un fallo en la Corte Interamericana de Derechos Humanos pese a que el caso ya se había visto en el fuero militar y civil. Se busca, aunque suene irónico, que los comandos vuelvan a ser juzgados supuestamente con mayor diligencia por el Estado, se busca también que los familiares de las “victimas” es decir no los de los comandos Valer, Jiménez o del magistrado Guisti, quienes fallecieron en el operativo, sino de los sanguinarios emerretistas reciban una reparación moral y económica de parte del Perú. O sea, pedir mediante ceremonia de desagravio disculpas públicas por haber asesinado, supuestamente, de manera irregular a los terroristas. ¡La humillación en su máxima expresión! Nada más indignante para los rehenes y sus familiares el invitarlos a presenciar lo que sería un reconocimiento para quienes los tuvieron privados de la libertad por cuatro meses. Me pregunto si la abogada Gloria Cano, presidenta de Aprodeh y los que apoyaron esta causa están conscientes de lo que esto significaría para el Perú y para la ciudadanía en sí. Esta ONG ha sido cuestionada por apoyar legalmente a familiares de los terroristas y en más de una oportunidad se le ha calificado como “pro terrucos”, algo que me parece injusto si recordamos la participación que tuvieron para buscar justicia en los casos Barrios Altos y la Cantuta pero siendo sinceros hay diferencias abismales entre estos casos frente al operativo Chavín de Huántar.
En el caso Barrios Altos, el Grupo Colina (integrado por miembros de las FFAA) irrumpieron en una pollada y acribillaron a 15 personas y en el caso La Cantuta, el mismo grupo secuestró y desapareció a un profesor y nueve estudiantes de la universidad Enrique Guzmán Y Valle. Ambos casos representan una clara violación a los derechos humanos, ejemplo evidente de lo que no debe hacer el Estado. Pero en el operativo Chavín de Huántar, no fueron los militares quienes ingresaron a la embajada japonesa armados hasta los dientes para secuestrar a 800 personas. ¿Acaso fueron los comandos quienes exigían la liberación de 400 terroristas a cambio de soltar rehenes? ¿No fueron acaso los terroristas quienes, en su descabellado y sangriento intento de llegar al poder, causaron miles de muertes a su paso? ¿Sabían a qué iban si asaltaban la embajada? Por supuesto. Sabían que estaban en contra de las normas de un estado de derecho.
Al ingresar a dicha embajada, tanto los comandos como los terroristas buscaban la liberación de personas, los militares de los rehenes que estaban injustamente secuestrados y los emerretistas de sus camaradas quienes estaban presos por sus incontables crímenes. Los comandos buscaban la libertad para dar tranquilidad al país y los terroristas para seguir matando. Gran diferencia.
Aprodeh debería revisar qué pasó con los militares que participaron en ese exitoso operativo. ¿Cómo los trata el Estado ahora? ¿Cómo están sus familiares? ¿Han recibido un reconocimiento moral y económico como pretende la Corte que brindemos a familiares de terroristas? ¿Le importa a Aprodeh en qué condiciones se atienden los policías y militares en los hospitales, aquellos que acabaron con el terrorismo? ¿Han averiguado si tienen una pensión digna? Tanto Aprodeh como otras ONGs, no han hecho eso. Si enjuiciaran al Estado por estos puntos, apoyaría la iniciativa sin dudarlo, porque humillar, maltratar y olvidar a quienes dieron la vida por el país es también una violación a los derechos humanos. Por qué no dejamos, de una buena vez, que aquellos que nos salvaron del terror vivan en paz y dejen de ser sindicados como asesinos.
¿Los señores de Aprodeh hubieran sido capaces, en su momento, de ingresar a la embajada tomada por criminales, pararse siquiera unos segundos frente a ellos y abogar para que se respeten los derechos humanos de los rehenes? No lo creo.
Han pasado 18 años y seguimos en una persecución incesante a los militares sin poder asimilar que los terroristas fueron abatidos en un enfrentamiento directo que ellos mismos propiciaron y participaron. Mis respetos al Comando Chavín de Huántar. El Perú tiene una deuda de honor con ustedes que se pagará el día en que su dignidad y valentía sean rescatadas.