Punto de Encuentro

Que pena me da no ser sobrino de mi madre, para llamarla "tía María"

(Esta historia está inspirada en los sucesos derivados del proyecto minero "Tía María", pero toca otros temas del viejo aprismo y de la actualidad político partidaria)

CAPITULO I

Se llamaba María Rubio de Salcedo, fue la mayor de doce hermanos y murió a los ciento cinco años de edad. Ella, lo mismo que mi padre Emilio Salcedo Iparraguirre, y sus diez hermanos, lucharon ardorosamente en la Revolución de 1932, que alcanzó ribetes de supremo heroísmo en Trujillo, provincia que entregó a más de seis mil de sus mejores hijos a la causa de justicia y libertad que encarnaba el aprismo; y en la provincia de Cajabamba, donde había nacido don Raúl Edmundo Haya, padre del que después sería considerado la figura más importante del Siglo Veinte en el Perú, Víctor Raúl Haya de la Torre.

En en la Cajabamba de mis padres, constituida en el segundo escenario de la Revolución, cayeron bajo la torpe bota militar, más de cien heroicos muchachos, (suma equivalente al diez por ciento de la juventud de esa pequeña villa andina).

En mi familia que fue muy extensa y unida -aunque ahora ya no lo sea tanto -tuve, y en cierta medida tengo aún, decenas de primos hermanos a los que de niño solía escuchar llamando con entusiasmo y cariño - ¡Tía María, Tía María¡ a mi madre, que se había constituido en una suerte de líder familiar.

Hacia fines de la década de los treinta, empezó el éxodo de esa emblemática familia a Lima. Naturalmente que al frente de la odisea que supuso el traslado y el avecindamiento en la gran ciudad, estuvo la famosa "tía María".

Mi padre, fue un sobrino serrano del lambayecano presidente Augusto B. Leguia y Salcedo y el padre de él (mi abuelo) había sido cinco veces alcalde de Cajabamba. Por esa vía ingresó a mi familia el interés por los destinos del Perú. Nuestra predisposición política obviamente, fue afirmarnos en el "leguiismo"; sin embargo, la historia familiar cambió cuando, aún vivo Leguia, llegó a los pueblos de la sierra norte: Otuzco, Santiago de Chuco, Huamachuco y Cajabamba, la prédica social de Víctor Raúl, que aclaró la mente e inflamó los corazones de don Emilio Salcedo y sus once hermanos, llevando de la mano a su fiel María. Así, pasaron a formar parte activa de las filas del aprismo naciente.

Emilio y María habían nacido en los albores del siglo veinte. En aquellos tiempos no existían carreteras que unieran a las remotas sierras de La Libertad y Cajamarca, con la costa y menos con Lima; no obstante el adolescente Emilio Salcedo, se las arreglo para cruzar a pie y a caballo varias veces la cordillera, para terminar su primaria y estudiar su secundaria en el glorioso Colegio Guadalupe de Lima. En aquellos inacabables viajes él soñaba con el día en que se abrieran caminos carreteros entre los indomables picachos andinos, para integrar al Perú y llevar el desarrollo a la sierra. De está suerte, culminada su formación escolar, se hizo ingeniero civil, especializándose en la construcción de carreteras.

De vuelta a su nativa Cajabamba, se casó con María, se embarcó activamente en la Revolución del 32 y logró luego convencer a los diputados de la época, que ignoraban su filiación política, de la necesidad de hacer realidad sus sueños de unir su sierra norteña con la costa.

Dotado de minúsculo presupuesto, al frente de una cuadrilla de peones, dinamita, picos, palas, un teodolito, reglas, compases y unas cuantas mulas,

se dio a la tarea de doblegar montañas, para abrir caminos. Mi madre lo secundó, iniciándose así muchos años en que la pareja fue saltando de campamento en campamento, constituidos por pequeñas y precarias carpas de lona, situadas al filo de las cordilleras, al norte del sol y al sur del frío, en las que, sin más asistencia que las diestras manos de mi padre, nacimos saludables, sus seis hijos... Yo, el último de ellos, vine al mundo en un camastro de campaña al borde de una quebrada que nunca he podido identificar, razón por la cual jamás he conocido el lugar de mi nacimiento. Solo se que se produjo en parajes vecinos al Santiago de Chuco de César Vallejo y más o menos en los días en que el vate, volaba desde París al Monte Parnaso. Al cabo de esos años de heroica entrega, también había nacido la soñada carretera hacia la costa; de manera que cuando le preguntaban; "Emilio ¿cuanto tiempo te costo hacer esa carretera"?, él contestaba, "El mismo que me costó hacer seis hijos"

Esta maravillosa historia terminó el día que alguien denunció la inconmovible filiación aprista de ese bravo ingeniero, y cuando en esa misma tarde fue puesto en la LISTA NEGRA del Ministerio de Fomento, con lo cual no se le permitió construir un centímetro más de caminos en este Perú tan necesitado de la capacidad, temple y patriotismo de gentes como mi padre.

Así fuimos condenados a una vida plagada de carencias, que comenzó cuando al fin nos instalamos en Breña, un barrio pobre de la Lima periférica de aquellos tiempos. Mi madre nunca le reprochó aquella terca lealtad aprista que ella secundaba orgullosamente en medio de su pobreza

Cuantos son: ¿miles?, ¿decenas de miles? ¿centenas de miles? los dramas que están entretejidos en la historia del Aprismo. Nadie podrá precisarlo en realidad, pero sí es seguro que todos esos hombres y mujeres que ya no están, murieron cantando la marsellesa y soñando con el Perú que la vida no les dio tiempo para cambiar.

En lo personal, de mi padre heredé el amor a la tierra, mi dedicación a defenderla y estudiarla pliegue por pliegue, quebrada por quebrada, desierto por desierto, río por río, recurso por recurso, aunque no hiciera profesión de ello.

De mi madre tomé el sentido espiritual y místico de ese amor, proyectado sobre todo en favor de los desvalidos, de los que menos tienen. En homenaje a ella, un día escribí un poema, con una de cuyas partes pongo punto final a este capítulo.

Madre,

pero también te siento

crucificada

en el doliente rostro

de las madres pobres.

Indignada

al pie de su coraje

y su impaciencia.

Acumulada en la energía

de sus callos.

Que orgullo

de saberte

en el azul…

y en el rojo,

¡cogiendo una bandera!

Semanalmente, iré entregando uno a uno, los capítulos de esta breve historia, que he empezado a contar, con el intrigante título que ustedes han leído en el inicio. 

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